Huele a Madrid. Un sol cansado tiñe de cobre las últimas nubes, esas que se despistaron y aún aguantan despiertas sobre el cielo. La noche las tocará arrancando cualquier color hasta dejarlas negras, camuflándolas con la oscuridad. Lillo espera, más impaciente que yo, un nuevo salto, otro más de tantos para él, el único e inolvidable para mí. No hay miedo. Parece que huyó espantado por las ganas, que le pueden también al nerviosismo. Nos acercamos a Madrid, escala obligada antes flotar en brazos del viento, dejando atrás por unas horas, el lugar donde la nada, me hará libre…