Centro, aunque seguimos alejados. Pero las distancias no importan cuando nos tenemos tan cerca, cuando respiramos el mismo aire. Los años te hacen más independiente, o deberían. Por eso hemos aprendido a vivir con el miedo a lo desconocido, a tomarlo como un reto, a necesitar estar sólo y desenvolverse por uno mismo, estés donde estés. Incluso puedes notar, como se vuelve necesidad. Y es que esas escapadas en solitario, mochila al hombro, rodeado de tanta gente, turistas amarrados a sus cámaras, inmortalizando cada rincón de esta ciudad, cada monumento de historia, cada huella de piedra; esas huidas sin despegar, en las que el barullo se vuelve silencio, en el que todo existe y nada tiene importancia, en el que consigues el relax entre tanto ajetreo, tranquilidad entre la multitud. Paseos de unos pocos metros en los que respiras libertad perdido en la marea humana. Nadie te ve, ni quieres que lo hagan. No se fijan porque no existes para ellos, y así debe ser. Sólo tú y el momento. Subir al Duomo y ver Florencia, cuajada de tejados y de calles estrechas. Museos y parques que no dejan morir la historia y su recuerdo. Edificios que llevan ahí desde casi siempre y la visita incansable de todos los que venimos a llenarnos de su belleza. Parada y fonda en la ciudad de los Medici. Desconexiones para recuperar la historia. Introspecciones de uno mismo y espeleología del alma. Otra escala más en nuestra vida…