Trenes

Llueve Roma. Se rompió el cielo anegando de belleza la ciudad eterna. Sigue el Imperio en pie, aunque se desmoronen sus construcciones, restos de recuerdos de una ciudad que aún sigue siendo grande. Nadie pensó que una Loba daría para tanto y que de dos hermanos, nacería la leyenda. Altos, los techos y sus tejados, y majestuosidad allí por donde pisamos. Todo un despliegue de magia para acabar de embaucar a todos los que se atreven a visitarla. No saldrán ilesos de allí y mucho menos con mal sabor de boca. Trevi y su Fontana les dejará pedir deseos. Que se cumplan, dependerá de las monedas que arrojen a sus aguas. Y en la Plaza de España, contarás escalones. Lo de subirlos ya hablaremos más adelante. Y todo bajo la luz de la noche, esa tenue y que no deslumbra, la que perfila más que dibuja y esconde más que muestra. El juego de la seducción.
Habla Roma, en un murmullo constante que no cesa ni al morir el sol. Un sonido incesante de palabras en la lejanía que ahogan el silencio para que no pueda callar. Esa Roma oscura, desconocida, al margen del Coliseo y el Vaticano, actores de renombre en la gran Opera. No escucharás sus voces a menos que los busques, quedando mudos en la ignorancia de quien jamás los conocerá. Secretos por descubrir y toda una ciudad por conocer. Nos trajeron hasta ella los trenes que surcan este país, cordones umbilicales que nutren a sus hijos, ciudades enteras a merced de ellos. Y desde un balcón de esta ciudad, como los hermanos que la crearon, brindan hoy otros hermanos, intentando alargar esta visita y disfrutando de estos momentos que no saben si se repetirán, y pensado, “que hoy, es siempre todavía…”

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