No podría ser de otra forma. El bagaje de mi vida me ha hecho ser el que soy y tratar de cambiar a estas alturas, sería un suicidio a la vez que imposible. Tampoco hay porque, pero uno trata siempre de mejorar para sentirse bien con él mismo, no para los demás. Todos cometemos errores, perdonables, la gran mayoría, inolvidables, los menos, y hacemos propósito de enmienda para no volver a repetirlos. Promesas que no valen nada, porque no escarmentamos y volvemos a delinquir, repitiendo una y otra vez, los mismos delitos. Tal vez, si la condena fuera más dura, nos obligaría a cambiar algo, plantearnos si seguir por ese camino, pero al no haber cárcel, tan sólo un leve castigo, volvemos a las andadas. Me planteo a diario que cambios debo exigirme, como atajar esta estupidez que rezumo, por ofrecer lo que tengo a quien no lo merece. Y es que, en este corto espacio de tiempo, se ha demostrado, que el bueno no era tan bueno. Detalles, como siempre, mostrando las respuestas que tenemos delante y no queremos ver. Del todo a la nada en un segundo, llevándome al fondo, a través de la forma, y rompiendo así el encantamiento, que transformará la carroza en calabaza. No brillaba tanto el tesoro. El problema es que somos de memorias fugaces y nos gusta reincidir…