El miedo es lo que tiene, que nos hace desconfiados. Más aún los errores y sus repeticiones. Así que solemos huir al lugar más oscuro y frío de nuestras almas, creyendo encontrar allí, el consuelo y el refugio, donde sentirnos a salvo de todos, y salvar a todos, de nosotros mismos. Que burda mentira inventada por los cobardes. Tan solo nos dedicamos a levantar muros, restando luz a nuestras vidas, apagándonos lentamente, hasta convertirnos en las sombras de lo fuimos. Y así nacen los demonios, los que nos atormentan a diario, haciéndonos creer, que jamás recuperaremos el control de nuestras vidas y sobre todo, nuestra felicidad. Somos hacedores de fantasmas y destructores de presentes. Construimos nuestros propios muros para encerrar a nuestros demonios. Somos nosotros mismos los que nos oscurecemos, ahuyentando de nuestro lado, cualquier sospecha de posible daño, perdiendo así la oportunidad de saber si ese rayo de luz, viene a iluminado todo, oscureciendo la oscuridad, y si podría destruir, los muros y los demonios…