Punto y casi final

Y acabó, no sin antes gastar las últimas fuerzas, de quemar los últimos cartuchos. Todo empezó a terminar con el inicio del día, viendo como unas piedras dan títulos con solo levantarlas o como inventar un balancín con un hombre y unos sacos. No eramos los más cansados pero sí los más sedientos así que pusimos rumbo al restaurante en busca de calmar nuestra sed antes de comer. Parada y fonda entre barricas de sidra que ponían limite al barracòn donde unas brasas nos dieron de comer. Comida en familia con desconocidos, con los que no nos importó compartir mesa. Expulsados y borrachos, no nos quedó más remedio que buscar otro lugar más «Zentrico» y fué allí donde nos sorprendimos persiguiendo Dianas, como ratones a flautistas, bailando de pared a pared, hipnotizados por ritmos pegadizos que jamás acabaron en precipios. Y así quemamos el día, y sin darnos cuenta, la noche multiplicó la fiesta y la gente. Los sonidos se agolpaban, barriendo el silencio y las horas. Ya no había calles solitarias, ni silencios sin música. Sólo una ciudad vestida de gala para todo aquel que quisiera divertirse. Y a media noche decidimos volver, antes de que la carroza se transformara en calabaza, dejando tras de nosotros ecos de un viaje, que otro año, no es más, que un punto casi final…

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