Abrió las puertas el restaurante y allí me encontraba yo, solo y hambriento. Apremiaba la necesidad. Las ganas me desesperaban tanto como me excitaban, y entre tanto dónde elegir, me costaba decidir. Sólo tenía clara una cosa, debía saciarme, necesitaba saciarme. Recorrí todas las mesas, mirando, observando, presa de un deseo incontenible, que me nublaba. No podía dejar de imaginar a que sabría todo aquello, que haría cuando me sentara a la mesa. La fruta desataba toda mi pasión. Podía sentir ese mordisco a piel abierta, chorreando todo su jugo por mis labios, sabrosa y tierna, aromática y fresca. Quizás la saborearía en mi boca, jugando con ella, haciendo que se deshiciera lentamente hasta perderse entre mi lengua. Tal vez la carne me saciara más. Desgarrándola sin piedad. Agarrándola sin vergüenza. Abusando de su tersura antes de arañarla, y hacerle saber, que era ella, la comida más contundente. Y así, bocado tras bocado, la devoraría, hasta convertirla, en parte de mí. O tal vez me decantaría por el pescado, suave y tierno, peligroso y entretenido. Con él olvidaría la tierra firme y su sequedad. Su olor me llevaría lejos, a mares perdidos y océanos olvidados, allí donde las Sirenas te embaucan, para hacerte prisionero de sus cantos.
Sigo merodeando por el restaurante, enganchado a mi deseo y a mis ganas, imaginando que haré cuando por fin me decida a tomar asiento. Pero el tiempo pasa, y la vida es efímera. Y si eres de los que piensas que comer no lo es todo, tal vez lleves razón, pero es una parte muy importante…