Baila la toalla al ritmo de la brisa, agitada por su invisible mano. Viento lento, pausado, que refresca el ambiente con su aliento, y tiñe de frescor, un ardiente día. Juega con el agua, arrancándole unas olas, que pacen tranquilas a la orilla de la playa. Llega hasta mí amortiguado, su suspiro al romper, mezclado con los sonidos de miles de voces ininteligibles en la lejanía, conversaciones ajenas, cuyo significado se va perdiendo con la distancia. Una amalgama de ruidos placenteros que me proveen de esta tranquilidad idílica en la que me encuentro. Por un lado, el horizonte se parte en dos por una línea invisible, dejando ver nítidamente el cielo y el mar, conflicto de azules a plena luz del día; por el otro, la montaña, haciendo de parapeto, tratando de proteger a este pueblo de los envites del viento, y del desierto amenazador. Nadie sabe cuánto resistirá. Y el sol, y la calor, apretando a pesar de la brisa, aplastando todo a su paso, arañando con sus manos nuestra piel, que se enciende y prende, y que tratamos de apagar con baños furtivos. Cada vez es menos eficaz la protección con la que nos cubrimos, o eso nos parece, por eso huimos, veloces, del mar a nuestro refugio, sombrillas inmóviles que nos proporcionan las sombras que tanto ansiamos…