Se mecen los recuerdos. Van y vienen, y como resortes hacen saltar los sentimientos que quedaron atrás, sepultados por esa perspectiva que da el tiempo y por la huida de aquellos frentes, en que se transformó el amor. Intranquilidad y desasosiego, asesinos sin piedad de toda aquella relación que se cruza en su camino. Amores tóxicos que ayudan a destrozar todo cuanto tocan y a abrir los ojos de todo aquel al que le toca vivirlos. Aparejadores del sufrimiento, construyendo castillos de naipes que con un soplo, se derribaron. Me transformé en una carga pesada que yo mismo tuve que aliviar en varias ocasiones dejando vía libre para los sueños de los demás. Ahora no hay cargas, ni obligaciones, tan solo las ganas de querer. Así se construye el camino de la felicidad, conociendo que rutas no se deben pisar jamás y descubriendo en el abandono, el verdadero valor…