Despertamos antes que el día intentando seducir a la Luna para que nos acompañara. Pero cansada de toda la noche cedió el testigo al Sol y con él partimos en busca de una Isla llena de Mágia. Una montaña a lo lejos era nuestra guía y aunque empezó el camino tumbada, a medida que nos acercabamos, se iba levantando, y al llegar junto a ella, ya no estaba. Se esfumó como las horas que nos llevaron hasta Sevilla y a cuando el Sol ya quemaba, llegamos a aquel recuerdo de lo que fué la Expo. Entramos como aventureros en busca de las atracciones, en las que nos mojamos en caidas vertiginosas, volamos sobre railes en giros impensables y bajamos sobre aguas tranquilas que con el paso del tiempo se volvieron indomables. Andamos una historia de piratas con aventuras de juguete, espantamos la calor a base de fuentes inacabables y disparamos a bucaneros que insistian en asustarnos. Y llegado el mediodia, cambiamos troncos por toboganes, por donde nos dejamos caer haciendo subir la adrenalina para luego volver a calmarla en una piscina en las que las olas eran las reinas. Cansados volvimos sobre nuestros pasos para volver a disfrutar de cada una de las atracciones apurando así las últimas horas y cuando la noche volvió a ser la dueña del día, vimos como las fuentes de El Lago, daban vida a unos caballos que bailaron al son de la música, poniendo belleza y punto final a un viaje al que sólo le faltó una cosa, haber subido a la caida libre y así haber estado más cerca aún del cielo, de lo que ya estuvimos…