Es esa mano que se enreda con la tuya, sin que las palabras tengan que acudir a traducir. Es esa sonrisa que se dibuja tras tu aparición, sin explicación y sin peajes que pagar. Es un “¿sabes que te quiero?” nacido en la boca de quien va abandonado el barco de la niñez para perderse en la selva de la pubertad. Es la mirada cómplice, de quién no necesita nada y lo quiere todo. Es una llamada, de esas tontas, sin venir a cuento, porque el único cuento que importa, es a quien llamas. Son vídeos, cargados de fiesta, de música y de “nos acordamos de ti”. Son mensajes, monosílabos interminables, ahorrando explicaciones, en el juego del “se que estas ahí”. Es abrígate, ten cuidado, no corras, cena, me encantas… las mil y una formas de decir sin decirlo, que importas, que alguien duerme más tranquilo porque estas ahí, que tu compañía, cercana o lejana, reconforta, que no quieren que desaparezcas y que contigo, todo es más fácil. Son te quieros de todos los colores y de todos los tamaños, ayudando a otros a no sentirse solos. Pero sobre todo, es enorgullecer a quien los recibe, porque le hace pensar que algo bueno debe estar haciendo…