Para cambiar el mundo

Escalón tras escalón, fuimos descendiendo hasta llegar al cielo. No fuimos los últimos, pero casi, y sobre el escenario, Shinova, la estrella que todos querían ver. Arrancaron con la batería, retumbando en aquel teatro subterráneo, limpia, potente, solitaria, esperando guitarras, bajo y sobre todo, voz. Los gritos emergieron de nuestras gargantas cuando todo estalló al unísono. Las ganas se mezclaron con los saltos, los abrazos y la emoción. “La buena suerte” fue el eje central del concierto, que supieron llevar con maestría, arrancando de cada uno de nosotros sus letras, que sonaban como oraciones en aquel santuario, aunque alrededor las canciones que componían su últimos trabajo, hicieron brotar temas de sus anteriores discos, encajándolos todos, en un hilo conductor que contaba una historia. Y es en esa historia, dónde los que estuvimos allí, nos vemos reflejados. Por eso sus temas erizan la piel, por eso sus letras tocan el alma, por eso sus canciones, no se olvidan jamás. Sus estribillos se cantan al oído y se susurran a voces. Por eso su sonido te embauca, y te hace seguirlo, como al flautista de Hamelin. A todos nos faltó un tema por escuchar, cada uno el suyo, por eso aún nos deben una canción, pero no había tiempo para todas, y a pesar de todo, aquella fue otra noche mágica, de las de antes, de las de siempre. Salimos felices, radiantes en plena noche, insaciables de música, pero convencidos, de que tal vez conciertos como estos, sean la razón que nos hace falta, “para cambiar el mundo”.

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Exoplaneta

Volaba la cerveza libre de su vaso buscando cuerpos donde derramarse, mientras yo volaba de regreso de Barcelona, con la mochila repleta de ganas e impaciencia. Volvió en sí la cobertura que perdí en los cielos, trayendo consigo todos los mensajes y vídeos de golpe. Escenas y sonidos de una fiesta que no me esperó, pero a la que me sumé igualmente entre abrazos y besos. Volví a sentir el calor de la amistad, del amor. El regreso a todo lo que fue no hace tanto. A cantar juntos, a saltar juntos, a beber juntos. Litros de felicidad y chupitos de sonrisas, mientras el escenario atronaba de nuevo sin mascarillas, por fin. La música devuelta a la vida, atravesándonos, recargándonos, haciéndonos sentir felices otra vez más. Así llegamos hasta la Casa Azul, y todo reventó. Amigos de una y otra parte, incluido Sergio, ese Indie en Granada que vive en Barcelona, bailando todos, dejándonos las gargantas, porque era “El momento”, y mientras nos contaban el “Final del amor eterno”, descubrimos que “Podría ser peor” sino fuera por “La revolución sexual”. Hubo más, mucho más, entre un espectáculo de luces, buen sonido y una pantalla gigante que vistió de imágenes las letras de sus canciones convirtiendo su concierto en un verdadero espectáculo. Acabamos volando, por mucho que nos dijeran, que “Nunca nadie pudo volar”. Y aun faltaba lo mejor…

Despertó el sábado sin dormir para algunos y empezamos como buenos granaínos, entre cerveza y tapas, para reponer fuerzas y encarar el segundo asalto de este Órbita. Arrancamos con Delaporte, a pesar de los problemas técnicos, y ni el sol ni la calor nos impidió volver a saltar y cantar. Los vasos nunca estuvieron vacíos ni nuestras ganas agotadas, y volvimos a juntarnos los amigos, sellando día a día nuestra unión. Quizás no se entienda lo que digo sino tienes amigos como los que tengo. Y llegó la hora de que Bogotá ardiera. Arrancaron como los grandes en el escenario pequeño, y su voz atronó entre aquellas paredes, transportándonos a su propio “Exoplaneta” y nos apartó del mundo por un rato. No, no era la nueva Cartagena, pero se sintieron como en casa. Guitarras para dar potencia a su música y muy buena batería para no perder el ritmo. Nos sabíamos las canciones al dedillo y supieron llevarnos «A lo oscuro» por el lado de la locura desde el principio hasta el final. “Milennial” para mi hijo, como no podía ser de otro modo, “Dangerous” para mí, “Quiero casarme contigo” para Amanda. Canciones para todos con mucha “Virtud y castigo”, con la que les obligamos a retomar el estribillo. Arde Bogotá, lo mejor de este Órbita sin duda. Cerraron con su reflexión, esa que todos sabemos: “Te van a hacer cambiar el tiempo y la actitud”. O por lo menos, lo intentaran, porque por mucho que deambules y divagues, siempre volverás al mismo sitio, como nosotros volveremos a nuestros exoplanetas, a nuestros festivales y conciertos.

PD: A mis amigos, de ahora y de siempre. Hemos vuelto para no volver a irnos. Os quiero, siempre.

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Cíclico

Ahora sí que me había encontrado. Eso creías por enésima vez, y por enésima vez más una, te habías vuelto a equivocar.  Volviste a levantarte enmarañado en tus dudas. Esas dudas que aparecen pegadas a uno, como las legañas a los ojos, impidiendo ver bien hasta que no te lavas la cara. Despiertas y piensas en la pereza de los días, en el cansancio que acumulas por las obligaciones, por tener que aguantar lo que no quieres aguantar y no sabes porque lo aguantas. Por tener que madrugar más de lo que te gustaría, y es que no te gusta nada. Por las voces del vecino. Por las malas noticias del noticiario. En resumen, porque no terminas de ser feliz. Ni terminas, ni empiezas. Entonces piensas que necesitas un descanso, evadirte unos días y encontrar lejos y fuera, las respuestas que buscas. Imaginas entonces una escapada, tal vez un retiro, comida china para cenar y libros de autoayuda. Pero los días siguen enmarañados, como tus pensamientos. Quieres y no puedes. En realidad si puedes, pero no quieres. Y entras de nuevo en la rueda que nunca deja de girar. Vuelves a encontrarte donde estabas, pensando en la pereza de los días, cansado por las obligaciones, y aguantando lo que no quieres aguantar. Vuelves a darte cuenta de que sigues sin encontrarte, cuando pensabas que lo habías hecho, y sigues sin ser feliz. Toda la vida buscando y sigues sin encontrar. Pero como todo es cíclico, seguirás intentándolo, porque tus dudas siguen enmarañadas, tu cansancio aumenta…

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Lejos

Quedaba la distancia tan lejana, que tuvimos que hacerla en avión. Viajes de ida y vuelta, al comenzar y terminar la semana, aunque a estas alturas, ya no tengo claro cuál es cuál. Porque entre tanto kilómetro pierde uno la noción de cuando voy o cuando vengo. Bordeamos la costa, iluminada de noche, mostrando su contorno, desnudo, sin vergüenza, cómo la bailarina que seduce pero no se deja tocar. Casi invisible de día. Casi, porque si te fijas bien, podrás ver la misma silueta, pero esta vez sin artificios que enmascaren la sensual belleza de la tierra que plasman los mapas. Una tierra que se hace pequeña bajo la altitud de nuestro vuelo, que avanza suspendido en el cielo, colgado del aire que lo transporta de Granada y Barcelona y viceversa. Aviones cargados de pasajeros e historias. Trabajo, placer, o ambas cosas a la vez, todas incluidas en la ambigüedad de los vuelos que surcan el cielo. Y el cielo, infinito hacia arriba, frontera con el horizonte hacia abajo. Y cuánto más bajo, menos infinito. Llegamos a nuestro destino, aquí o allá, depende del día, pero allí, aún estando cómodo, no es aquí, y las cosas no huelen igual, no saben igual, no me siento igual. El viento no suena del mismo modo, el frío no hiela igual, por muy Pirineo que sea, ni tan siquiera la lluvia moja del mismo modo. No, Figueras no es Granada, y aquello queda tan lejos…

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Des(humanizados)

Llegó la evolución para mejorar la razas, y entre ellas, la humana. Nos atropelló el progreso, y subimos de nivel a pasos agigantados, dejando atrás a los demás animales y nos hicimos los dueños del mundo. Creímos que el progreso nos haría mejores, o por lo menos, de eso se trataba. Pero los años, y ese mismo paso del tiempo que nos hizo mejorar, trae consigo retrocesos. En un tiempo en el que estamos más conectados que nunca, nos comunicamos menos. La relaciones interpersonales, han quedado relevadas a un segundo plano. Nos cuesta mantener una conversación cara a cara, mirando a los ojos, y preferimos un móvil para hablar. Audios que surcan el aire cuando podríamos tomar un café juntos y sentir cerca nuestras presencias. La gente nos molesta, las personas nos estorban, y  preferimos tener mascotas para suplir las carencias afectivas que nos producen esta desconexión humana. Hemos retrocedido tanto en nuestra evolución, que nos preocupamos más de perros y gatos, que del vecino. Ahora duermen en nuestras camas, se tumban en nuestro sofá, y los cuidamos como a nuestros hijos. Les damos el papel de humanos, mientras deshumanizamos a la personas. Les damos todas las atenciones. Todas las que no damos a la gente que nos rodean. No, no es que no me gusten los animales, pero me gustan y me preocupan más las personas. Ahora que un estudio revela que en los hogares españoles se tienen más mascotas que hijos, quizás sería el momento de hacernos reflexionar, si de verdad hemos evolucionado…

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La caja de zapatos

No me dan miedo las alturas. Por eso subí seguro a la escalera para limpiar los altillos del armario y las cajas que reposan sobre él. La capa de polvo que descansaba sobre ellas, no era proporcional al tiempo que llevaba sin limpiarlas, porque no hacía tanto que la había limpiado, creo… Tal vez lo proporcional es el olvido y las pocas ganas de hacer algunas cosas. Y entre polvo, alturas y olvido, la encontré. Una caja de zapatos, sin zapatos. No recuerdo cuándo la puse ahí, pero estaba, con mi diario por bandera, aquel que comencé a escribir cuando la madurez parecía que jamás llegaría. Nombres de chicas por doquier asaltando mis días. Ya era un enamoradizo sin remedio. Los días contados por mi puño y letra para que no se perdieran, quizás el germen de lo que hago ahora, tal vez por entonces con menos idea pero con la misma pasión. Y junto al diario, cartas, de las de sobre y sello, de aquellas que esperábamos con impaciencia, que leíamos, y olíamos, porque olían a la colonia que poníamos junto a las palabras. Cartas lejanas, o cercanas, de novias y amigas. Confesiones de noches sin dormir, junto a postales y fotos. Declaraciones de amor escondidas bajo la máscara de la amistad y amores confesos de novias que dejaron se serlo. La vida y los recuerdos de un adolescente que alcanzó aquella madurez que veía tan lejana. Y todo guardado en esa caja de zapatos. Que poco ocupa la vida…

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Los resucitados

Todo comienza con la Luna, la primera Luna llena de primavera. Tras ella, una cuenta atrás que acabará en estruendo. Estruendo de rabia contenida durante tantos años, por lo que deseábamos hacer y lo que nos permitían. Pero este año, el Niño vuelve a las calles. Vuelve a llenar de vida la casa del mayordomo, que será refugio de todos los fieles que queremos ver a la Madre y su hijo. Vuelve a iluminarse la noche del sábado, preludio de la mañana de domingo. Bengalas  alumbrando el trayecto de vuelta, luz artificial para que no se pierda y den vida a una noche cómplice del traslado. Estallarán los castillos a su paso, entre vítores y lágrimas, y romperán a llorar los corazones después de tanto tiempo esperando ese momento. Arderá de nuevo el traidor, siempre el mismo, siempre Judas, pero esta vez deseoso de hacerlo, porque hasta para él, este tiempo ha sido largo. Amanecerá sin remedio, y sin lluvia;  con ganas, con pañuelos, con petardos entre las manos. Repicaran las campanas, resonaran los gritos, estallará el suelo y salpicaran los chinos. Reventaremos de ilusión hasta el último de los petardos entre sonrisas y lágrimas, mientras el Niño y su madre, vuelven a reverenciarse. Porque a pesar del tiempo, no hemos olvidado la tradición. Al contrario, ha crecido en nosotros cómo una llama incesante, esperando el momento de volver a prenderla, acumulando toda la pasión y condensándola en este próximo Domingo. Ya resuenan a los lejos la ilusión de todos los que hemos estado callados este tiempo, y que ahora podemos volver a la vida, como hace nuestro Niño, año tras año…

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No hemos aprendido nada

Vamos dejando atrás una pandemia que nos obligó a cambiar nuestra forma de vida, por un tiempo, porque pasada ella, olvidadas todas aquellas cosas que dijimos que íbamos a hacer y que ya no haremos. El mundo se desangra, herido por nuestros abusos y pocos cuidados. El mundo se apaga, por nuestro elevado consumo de energía, chupando recursos como una garrapata chupa la sangre de aquellos a los que se agarra. Consumimos más alimento del que necesitamos, y desperdiciamos tirando a la basura otro tanto, que podría salvar a aquellos que no tienen. Porque esa es otra, el reparto. Unos tantos y otros tan nada. El planeta se asfixia, producto de nuestros gases, y hemos cambiado el clima, para mal, llevando lentamente, y si no ponemos remedio, al fin de este nuestro mundo. El virus nos metió miedo y nos hizo recapacitar, pero ha durado lo que el miedo tarda en desaparecer. Y sí, antes o después nos iremos con él. Seremos verdugos y víctimas de nosotros mismos, porque no sabemos cuidar lo que tenemos, no queremos cuidar lo que tenemos, y lejos de arreglar nada, nos abocamos sin remedio, a nuestra propia desaparición. No vemos más allá de nuestro presente, y mira que ya de por si es malo, menos aun queremos ver el futuro. Ese futuro que dejamos a nuestros hijos y nietos, pero nuestro egoísmo nos impide hacer nada al respecto. Ya lo arreglaran ellos, pensamos. Y mira que nos avisan. El cambio climático, guerras, volcanes, cambios económicos. Cuánto aguantaremos? A saber… Pero lo cierto es, que no hemos aprendido nada, ni aprenderemos…

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El regreso

Yacía desparramado en la cama, ajeno al tiempo, que ausente de reloj avanzaba imparable, como siempre hace; yacía ajeno al frío que al amanecer, la exigua noche exhalaba como último aliento. Bajo las sábanas de coralina dormía agarrado a mi mismo, esclavo de mis sueños e inerte de conciencia, olvidando distinguir, entre deseo y necesidad. Todo era calma, todo era descanso. No había prisas, ni siquiera por saber si las había.

El tiempo seguía su curso, y yo ajeno a él dormitaba en sueños, o soñaba mientras dormía, sigo sin tenerlo claro, pero tenía claro que el despertador aun no había sonado, y eso me daba “tiempo extra” antes de levantarme. Pero las necesidades siempre aparecen en el momento más inoportuno. Y aprietan. Hay veces que se camuflan entre sueños, colándose en nuestras mentes, en un camino directo desde la realidad. Y así disfrazadas, martillean tu mente, y tu vejiga, obligándote a levantarte cuando más a gusto estás.

Apenas entraba luz por el balcón, reflejo quebrado de un amanecer que despertaba. Mis pies inestables me llevaron al baño, arrastrando el sueño medio despierto y un cuerpo casi moribundo. Me senté, sin encender la luz, palpando todo a mi alrededor, con la seguridad del que se conoce de memoria allí donde habita. Mis ojos seguían cerrados mientras expulsaba mi necesidad. Ya casi se podían escuchar los pájaros despertar. Ya casi se podía oler el café que desayunaría, pero mientras seguía allí sentado, sólo podía pensar en como sería el regreso a la cama…

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Un fantasma

Hoy el frío duele.

Se desató lo impensable y todos las peores posibles, ocurrieron. La noche se ilumina al son de los misiles que destruyen cuanto tocan. La vida huye de todos los que quieren abandonar la ciudad que hasta ayer, era su hogar. En realidad sigue siendo su hogar, pero el miedo a morir los empuja a dejar atrás esa vida, un tesoro que tenían y que le están arrebatando sin saber porqué. Las calles llenas de escombros, son testigos de los pocos que quedan, valientes que decidieron defender lo suyo y no abandonar a pesar de todo. Escaramuzas en las esquinas en pos de la defensa de su patria, mientras un ejército sin piedad, avanza irremisiblemente. Refugios improvisados cuando rugen las alarmas avisando del próximo ataque, que cada vez es más seguido, cada vez más inhumano. Cristales hechos añicos, edificios desnudos, parques desiertos. La vida huye de tanto espanto, y en el centro de todo, la caravanas de refugiados, cabalgando entre la desesperación por mantenerse vivos y la esperanza de que todo acabe pronto para poder regresar. Los trenes van y vienen, cargados de lágrimas, del dolor de personas como tú y como yo, que hasta hace una semana, tenían una vida como la tuya y como la mía. Imperfecta, dura, pero maravillosa. Hoy no tienen nada, y viajan a la frontera de países vecinos, para poder dormir tranquilos, sólo eso, dormir tranquilos una noche. Mañana ya verán que hacer.

Hoy el frío hiere. Más aun, a la intemperie. Más todavía, lejos de casa. Peor, porque nieva. Pero ni la nieve puede borrar las huellas de la huida, ni helar unos corazones que crecieron entre el frío. Ni la nieve consigue detener los ataques, ni las muertes, ni la irracionalidad de lo que está ocurriendo.

Nieva en Kiev, mientras la ciudad se desangra. Nieva en Kiev mientras la ciudad se vacía. Nieva en Kiev, cubriéndola con un fino manto blanco, convirtiéndola en un fantasma…

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