Atacó de nuevo, sin avisar, sin piedad. Ya no se oculta ni tiene reparo en hacerlo a los ojos de todos. Otro zarpazo me derribó, desgarrando mi cuerpo y deshaciéndome en trocitos que tuve que volver a juntar para ponerme de nuevo en pie. Lleva desde siempre ahí, agazapado, esperando el momento de asestar otro golpe. Era esporádico y lentamente ha ganado terreno hasta convertirse casi en rutinario. Fué de mañana y como el frío que ha llegado sin avisar, llegó él. Trepó por la espalda y desde ahí invadió el resto del cuerpo. Lo desmenuzó, desajustando cada una de las partes. Lo hizó pesado y aunque no dolía nada, nada estaba bién. Desamardo andé hasta recobrar las fuerzas, que regresaron en la misma proporción en la que la bestía se iba retirando. Se que ha de regresar pero ya no le tengo miedo. Ha pasado el día y aún sigo aquí, disfrutando de todo lo que me queda por vivir, por eso sigo siendo absoluto, descripción y melodía perfecta y por fin descubrí nuevos sabores, timidos e inseguros, en los que «lo real es, lo sabes bien, lo convenido…»