INDIE AL DESCUBIERTO EL FESTIVAL NARANJA

Cuando elegimos el color naranja para la imagen del primer festival de Indie al descubierto, no pudimos estar más acertados. El naranja aporta espíritu de independencia, «indiependencia» en nuestro caso, los «Indiscubiertos». El naranja es el color de la energía constructiva y creativa. Esa energía que desprende mi querido «socio» y amigo José Luis, el creador de un gran programa de música indie nacional, del que tengo el honor de ser colaborador, y que juntos nos ha llevado a convertir un sueño en una realidad, y «construir» este festivalazo. El color naranja representa actividad creatividad y originalidad, así se define el arte de los músicos que pasaron por el escenario del festival. El naranja tiene relación con la sociabilidad, la extraversión, el entusiasmo y la cercanía. Atributos que sin duda definen a la buena gente de Cúllar Vega. El color naranja representa principalmente la alegría, el entusiasmo y lo divertido. Fue así como nosotros vivimos el festival, esperamos que también lo experimentaran todos los asistentes al evento. Al color naranja también se le atribuye la energía positiva y llena de vida, capaz de promover buenas conversaciones y momentos memorables, como los que sucedieron en esta primera edición. El naranja se ha relacionado con lo exótico, lo que no genera agrado para todas las personas, pero eso a los indies siempre nos ha dado igual…

Gracias por colorear con naranja este Festival Indie al descubierto: José Luis Borja Indie al descubierto Ayuntamiento de Cúllar Vega Diputación de Granada Nos Vemos En Primera Fila Estenopeica, D’Baldomeros, El Niño Erizo, Señor Torrance, Vanessa Villegas y Bazar de Duendes, Sombra Doble, Dj JaviRey y Staff de «Pellejeros».

Un relato de Sergio, Un Indie en Granada.

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El sueño

Era 6 de Mayo muchos días antes, y en la imaginación de Luis y de todos nosotros, desde hacía meses.

Sergio y su Indie en Granada aterrizó el viernes, y como caído del cielo, se ha convertido en la otra mitad, ayudando a convertir Indie al descubierto, en algo más que un programa de música. Las bandas llegaron al sábado entre calor, nervios e ilusión. Nosotros le sumamos el estrés de prepararlo todo para que saliera bien, intentando no dejar cabos sueltos aunque nunca se ata todo del todo. Escenario recortando el horizonte, trazando la línea entre el cielo y suelo, entre el artista y el público. Un altar desde dónde las bandas nos verían verían disfrutar con su música. Cielo luminoso para dar brillo a tanto cuanto habría de ocurrir. Sonorizaron a la par que montamos la barra. Calor desde primera hora que habríamos de acallar con cerveza fría y copas. Una tras otra la bandas afinaron, pasando las horas entre ensayos y un sol que quemaba tanto cómo la impaciencia de ver cada vez más cerca el momento. Frigoríficos repletos de ganas, cubiteras llenas de ilusión y camisetas negras recordándonos en todo momento dónde estábamos. Sonreímos nerviosos cuando dieron las 4 de la tarde.

Con Sergio empezó todo. Una sesión de dos horas repleta del indie transitado por el programa en unos pocos meses. Novedades casi recién paridas fueron el camino hacia “Niño Erizo”, que fueron los primeros en subir al escenario. Sobrios y potentes, sin dejarse apabullar por un sol que ardía, nos mostraron su mejor repertorio a pesar de una voz que le abandonó antes de tiempo.  Dieron paso a “Señor Torrance”, irónicos, divertidos, festivaleros. Guitarras dando cuerpo a su música, abrazados a un rock que hizo las delicias de un público que aumentaba por momentos. Llegó “Estenopeica” y su club de fans, haciéndolos bailar y regando el anochecer, con sus temas luminosos y reivindicativos. Su voz clara atrajo la noche, y con ella, “Vanesa Villegas y bazar de duendes”. Garganta prodigiosa para el grupo local, versionando con potencia canciones que todos conocían aderezándolas con las suyas propias. Para entonces ya éramos muchos los que allí estábamos, y la calor hacía tiempo que había huido. “D`baldomeros” emergieron de la oscuridad y mezclando su rock con la electrónica, hicieron bailar hasta la luna. Sonido para no dejar de moverte. Y lo consiguieron. A las hora bruja, “Sombra doble” tomó el control, versionando los  temas indies que todos conocemos. Canciones incombustibles moldeadas a su antojo, sin perder el espíritu original con que se crearon. Toda una oda a la música indie. El final vino de la mano de un debutante. “DJ Javi Rey” subió a un escenario repleto de miradas y expectativas, y supo con maestría, mezclar el indie patrio con un surtido de tecno, pinchando una sesión original e inolvidable.  Dicen las malas lenguas, que entre todos juntamos 1500 personas, todo un éxito para la primera edición del festival “Indie al descubierto”, porque repetiremos seguro, y el próximo año, otros grupos subirán al escenario, esperemos que con las mismas ganas e ilusión, que lo han hecho los de este.

Gracias a todos por hacer realidad un sueño.

Justo enfrente, andábamos nosotros, los Pellejeros. Detrás de una barra que vería el espectáculo de otra forma. Con los mismos nervios que las bandas, con las mismas ganas que las bandas y con la misma ilusión. Y salió bien, como no podía ser de otra forma. Tal vez la gente no sepa el significado de la verdadera amistad. Quizás nosotros mismos no seamos conscientes de lo que tenemos. Y a mi me faltan las palabras para describirlo. Pero estoy seguro que todos sabéis a lo que refiero. Sergio, alguien de fuera lo ha visto a la primera. Formamos parte de algo indescriptible. Días después sigo buscando recuerdos tras las sonrisas que me dejó el sábado, y me ilusiona saber que hemos conseguido cumplir un sueño. Eso no se hace todos los días ni lo hace todo el mundo. Quizás con el paso del tiempo, seamos conscientes de lo que hemos hecho y sobre todo de lo que tenemos. Gracias a tod@s por el esfuerzo y el trabajo realizado, antes, durante y después. Esto no ha hecho más que empezar. Este es el primero de muchos, y estoy seguro que con ese esfuerzo, trabajo, ganas e ilusión, haremos de este festival, algo tan grande como nuestra amistad.

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El chico

Tan guapo que parecías una niña. Esa niña que tanto deseaba mamá, aunque se ha tenido que conformar con 3 de nosotros. Y no es poco. Llegaste cuando Naranjito, precediendo un mundial que no ganamos. Eras nuestro juguete, el pequeño, al que cuidábamos y chinchábamos a partes iguales, demostraciones todas de amor. Te vimos crecer a pesar de dejar de comer, y de aquella medicina que te dieron y que arrasó con tus dientes. Años duros para ti y mamá, que ya sufría contigo. Preocupada desde el primer día y aun lo está, por mucho que hayas crecido y madurado. Porque por muchos 41 años que hayan pasado, sigues siendo el chico. Aquel chico que no conoció a bien a su padre. Aquel pequeño que abandonó el hogar, huyendo y buscando un futuro mejor. Rebelde y tozudo, inteligente y emprendedor. No te imaginas cuánto te pareces a tu padre, por mucho que quieras alejarte de él, ni te imaginas cómo siento que no lo conocieras bien, porque te perdiste una gran persona. Te aseguro que te quería mucho, aunque olvidara querernos a todos. No se lo tengas en cuenta. Todos cometemos errores y todos merecemos perdón. Espero que tú me hayas perdonado por los míos. Porque aunque pareciera lo contrario, te quise, te quiero y te querré. Para eso eres el chico…

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Capicua

Es uno de los nuestros por muy gabirro que sea. Desde su atalaya en lo más alto de un campo de golf, divisa un horizonte recortado por montañas y por la ciudad que duerme a los pies de la Alhambra. Barcalo es su grupo sin ser él artista, aunque su apellido inspiró para una serie. Y es que los Garcías dan para mucho. Fue el penúltimo de ellos, nexo de unión de todos. Tiene titulín y cree que con él puede domar el mar a bordo de su embarcación, esa que sólo unos pocos privilegiados han llegado a ver. Dice que juega bien al squash, esperemos que mejor que al pádel, aunque ahora le ha dado por el golf, en el que parece ser que también triunfa.  El pellejo es otro de sus hobbys, faltas incluidas, y los pellejeros sus amigos, o eso dice él. Y estoy seguro de que así es. Porque este Pedro de cabeza plateada, como los gorilas alfas, se hace querer. Hace años que unió Cúllar, Gabia y Churriana, y trenzó una amistad indeleble tras varios Veranos Azules. Aún se arrepiente del Portugal que no vivió, y ojalá no vuelva a perderse ningún viaje más, porque sin ti, no es lo mismo. Casi cullero y pellejero de facto, aunque aun tenga que aprender a jugar. Y es que por muy gabirro que sea, es uno de los nuestros.

De tus pellejeros que te quieren.

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La sonrisa

Lunes.

Despertó el día arrastrándome a mí con él, abandonando mis sueños a su suerte, mientras mis ojos trataban de abrirse paso entre la claridad de la mañana. Suelen ser los sueños reflejo de nuestra realidad. El cansancio, los agobios, las obligaciones, el estrés, la falta de lugar, o la simple falta…; todo aquello que nos reste felicidad y nos lleve por el sendero de la incomodidad y la infelicidad, tiene el poder de transformar nuestro sueño en pesadillas. Si, por el contrario, vivimos en un estado de tranquilidad, de paz rutinaria, de felicidad propia y ajena, de actitud positiva, conseguiremos que nuestro descanso se llene de buenos sueños. Ángeles y demonios conviviendo en el hueco de la almohada, esperando asomar cada noche al cerrar los ojos. Yo llevaba un tiempo en el que mis demonios ganaban la partida por goleada, y no encontraba ni una sola pluma que me dijera, que algún ángel, había pasado por allí.

Atronaba la alarma del móvil entre el murmullo incesante de la ciudad y yo era incapaz, aun, de alargar el brazo para acallarlo. Me sentía pesado, como los meses, o los años, ya había perdido la cuenta, que se habían vertido sobre mí, como una pequeña película de aceite que te vuelve resbaladizo e impermeable, impidiendo que nada entre, pero tampoco que salga. Yo era como una caja fuerte en la que no había nada de valor que guardar, tan solo indolencia y desesperanza. Así me encontraba y así me sentía, indolente e impermeable a la vida, desesperanzado y huidizo de ella. Quizás no quería reconocerlo, pero mi última ruptura me había dejado tocado, y su ausencia, había transformado mis sueños en pesadillas.

Mascullaba “otro día…” cuando por fin silencié la alarma, y mientras algunas pesadillas trataban de aferrarse a mi memoria, me dirigí al baño, tratando de espantarlas con el agua que lavó mi rostro e intentó espabilar mis sentidos. Traté de sacudirme aquel vacío mientras miraba mi reflejo en el espejo, ojeroso, cansado, e indeciso pensaba: afeitado o café. No tenía tiempo para ambas cosas, y su recuerdo volvió a la vida. Si ella estuviera aquí, no tendría que decidir, porque mientras me afeitaba, ella hubiera preparado el café y lo hubiéramos tomado entre risas y besos. Me engañaba maldiciendo el estrés, maldiciendo el trabajo, maldiciendo los lunes, los martes o cualquier otro día de la semana sin ella, y maldecía la vida que me ha tocado tras su marcha. Pero lo cierto, era que todo lo malo que me ocurría, era porque ella no estaba. Con ella a su lado, nada de esto era malo. Y ahora, necesitaba volver a respirar, a ser feliz, a sentirme vivo.

Entre pensamiento y pensamiento, me vestí, y afeitado, cerré la puerta de nuestro piso. Perdón, de mi ahora piso. Miré el reloj, llegaba justo para coger el bus, y mientras me dirigía al ascensor, repasaba mentalmente, las tareas pendientes. Trabajo, compras, limpieza, deporte y otras obligaciones impuestas y autoimpuestas. Necesitaba mantener mi mente ocupada para no caer en el vacío de su ausencia, ni en los recuerdos de una felicidad a su lado, ahora ficticia, porque si algo tienen los recuerdos, es que los sentimientos que despiertan, son todos mentira. Bajo la piel de lo que fue, no busques la carne que cubría, porque ya no existe. Sólo quedan los restos de un cuerpo deseado al que ahora no puedes tocar, ni tan siquiera ver. Sólo son vestigios del paraíso que habitabas y que ahora queda muy lejos, por muy real que parezca lo que sientes al rozar tu memoria, y es que, como dice la canción: “nunca fue real lo recordado”. “Ascensor averiado”, rezaba el folio de la puerta. “Maldita sea, maldita sea…” balbuceaba mientras bajaba las escaleras de tres en tres, desde el ático dónde vivía. Todo me salía mal de un tiempo a esta parte. Seamos sinceros, justo desde el día que abandonó el piso y mi vida.

El sol me embistió el salir del portal, y entre sus rayos, pude ver el autobús llegar. Corrí para no perderlo, mientras buscaba las gafas de sol. Me las había dejado en casa. En los bolsillos sólo encontré un pañuelo usado, calderilla y, de nuevo, un puñado de recuerdos. Ella siempre me preparaba todo lo que me haría falta al salir de casa, y siempre acertaba, hasta las veces que ponía en mis manos el paraguas asegurando que ese día llovería a pesar del cielo limpio de nubes. Jamás llegué a casa mojado cuando el cielo se tornaba negro, pero desde su partida, era raro el día que no llegaba empapado a pesar de no caer ni una sola gota. “Que mala suerte” pensé mientras pagaba y subía al bus. Tenía coche, pero de ella me quedó la costumbre de desplazarme en autobús. Decía que el transporte público, además de contaminar menos, era el refugio de miles de historias, y si prestabas atención, podrías descubrirlas todas en los rostros de los pasajeros, y quien sabe sino encontrarías a alguien que te salvara la vida cuando más lo necesitaras. Le encantaba cuchichearme al oído la vida que ella imaginaba para uno de nuestros compañeros de viaje, elegido al azar. Era un juego que nos hacía el trayecto más ameno y corto, porque entre risas y complicidad, el viaje pasaba volando, aunque yo deseaba que no terminara jamás. Nos agarrábamos fuerte de la mano para no caer y sentirnos seguros, y nunca imaginé que nos soltaríamos para siempre. Coger el autobús cada mañana era un arma de doble filo. Por un lado, no quería traicionar su recuerdo dejando de hacer algo que a ella le gustaba que hiciese, y, además, eso me la traía a la cabeza cada vez que subía al bus; pero por otro, ese mismo recuerdo me producía dolor, al pensar que lo subía solo, sin agarrones de manos, sin historias que descubrir, sin palabras al oído. Ahora lo tomaba sin ella y por eso lo hacía de mala gana.

Serio y enfadado, busqué donde sentarme, pero fue imposible. El autobús iba completo, y a cada arrancada y frenazo, los cuerpos de mis compañeros de viaje, se golpeaban entre sí, como bolos anclados que nunca llegan a caer. Mi enfado subía peldaños, enojado con el día, la vida, las responsabilidades y su ausencia. Mi malhumor subía de nivel, presa del miedo por el abandono, triste por no saber salir de este pozo y derrotado por no ser capaz de luchar. Me sentía derrotado por mi propia derrota. No sabía cómo escapar de aquella situación, no encontraba la forma, ni tenía las herramientas. Gozaba de buena salud, tenía un buen trabajo, un mejor sueldo, un piso ya pagado, un círculo de amigos envidiable, que me querían y a los que yo quería, y una familia maravillosa, y a pesar de todo esto, me sentía vacío, nada me llenaba, ni me hacía feliz, y aquella sonrisa que siempre me precedió, se tornó en semblante amargado, enfadado con todo y con todos. Para mí, la vida se había vuelto triste, hastía y condenadamente pesada.

Caminaba perdido entre mis pensamientos cuando su mirada me rescató. Nos separaban escasos metros y un mar de brazos en alto, todos agarrados a la barra del autobús, intentando mantener el equilibrio y tratando de impedir que la inercia los derribara. Entre nuestras miradas, se cruzaron cabezas y brazos al son de las curvas, cuerpos extraños que fueron incapaces de desconectarnos durante todo el trayecto. Ella sonreía, mientras me miraba, y yo enrojecía, sin apartarle la mirada. Aquella sonrisa, iluminó aún más el día, y una parada antes de la mía, sin emitir sonido alguno, pude leer en sus labios, “buenos días”. Las palabras resbalaron mudas por su boca, lentas, alegres, sanadoras. Y por un momento olvidé. Por un momento dejé de recordar. Y como por arte de magia, la sonrisa retornó a mi boca, contagiada por la suya, inundando mi rostro de felicidad. Las comisuras de los labios se estiraron, buscando mis orejas, dibujado un arco perfecto y dejando asomar mis dientes, en un ejercicio de risa que hacía tanto habían olvidado. De golpe, la maraña de malos sentimientos se desenredó. Uno a uno, fueron cayendo el nudo de la desesperanza, el enredo de la infelicidad, y el lazo del cansancio. Mi alma se sentía de nuevo libre, sin ataduras, y lo más importante, en paz. Sin esperarlo, se desplegó ante mí una sábana limpia, lisa y suave. De repente, volví a ver las cosas claras, y un nuevo lienzo de descubría ante mis ojos. La vida volvió a latir, al igual que mi corazón, y sentí de nuevo ganas. Ganas de seguir adelante, ganas de sentirme vivo, ganas de ser feliz y hacer feliz a los demás. Ganas, porque las ganas, son las razones que nos mantienen en pie, esa “hambre invisible” que nos lleva a seguir escalando por la montaña de la vida, a pesar de todas piedras en el camino.

 Anunciaron la siguiente parada y ella se dirigió a la puerta de salida. Fue entonces cuando me percaté de su muleta. Se manejaba perfectamente entre la jauría de piernas que la rodeaban, esquivándolas con elegancia y no tropezando ni una sola vez. Y todo, con su sonrisa en la boca. La pierna que le faltaba, no le restaba ni un gramo de belleza y menos aún, de felicidad, que la repartía sin complejos, inundando aquel autobús con su radiante luz. Nos detuvimos y bajó en aquella parada con agilidad inusitada, sin que aquella falta fuera un obstáculo para ella, todo lo contrario, se le veía la persona más ágil y feliz del mundo. La busqué entre la maraña de brazos y cabezas para no olvidar su rostro, y a través de una de las ventanas, pude ver, como me buscaba, sonrisa en mano. No podía dejar de mirarla y ella lo sabía. Sonrió aún más y me sacó la lengua, de forma cariñosa y burlona a la vez, y volvió a hacerme sonreír. No recuerdo como fue el trabajo aquel lunes, ni recuerdo el ajetreo, si es que es lo hubo, ni el estrés, si es que lo tuve, ni me hicieron falta mis gafas de sol. Sólo pensaba en su sonrisa, en cómo me cambió el día y mi actitud, y como unas palabras dichas con cariño pueden borrar enfados, enojos y malos sueños.

Martes y el resto de la vida.

Desperté antes de que amaneciera el día, sin ángeles ni demonios en mi cama, sólo yo. Había descansado como no lo hacía en mucho tiempo y una tranquilidad casi olvidada, me regaba, dotándome de la paz y la felicidad que llevaba buscando tanto tiempo. Me senté a desayunar tranquilo, y mientras rememoraba lo ocurrido, ella volvió a mi mente. Pero esta vez, no hubo sentimiento de culpa, ni pesadez en su ausencia, ni su abandono me causó desasosiego. Mientras tomaba café, pude desprenderme de aquella película impermeable que tanto me había aislado del mundo y de la vida, y a pesar de ser tan temprano, mandé unos mensajes de “buenos días” a mis amigos y familiares. Sonreí pensando que a alguno despertaría con aquel mensaje. Mientras me afeitaba, miraba mi rostro en el espejo, pensando en lo rápido que pasa el tiempo y cuánto lo había perdido yo. Pero la tristeza es lo que tiene: te hace perder lo más valioso que tenemos. Salí de mi casa con las gafas de sol en la mano y me bajé directamente por las escaleras, de dos en dos, rumbo a la calle, directo a la vida, que ya empezaba a despertar otra mañana más. Cogí el autobús, a estas horas casi vacío, y saludé con una sonrisa en la boca, a los pocos que allí estábamos. Algunos respondieron, otros apenas podían abrir los ojos, presas aún del sueño. Pasé el trayecto intentando adivinar la vida da alguno de los pasajeros, y cuando me quise dar cuenta, ya había llegado a mi destino. Una lástima, porque ya tenía casi confeccionada la vida de más de uno. Bajé y fui en su busca. Atravesé la puerta de entrada y me dirigí a ella. Llevaba mucho tiempo sin visitarla, pero no había olvidado el camino. Los primeros rayos de sol comenzaron a asomar y me puse las gafas de sol. Su lápida se tornó de un tono rojizo con ellos. Le pedí perdón por no haberla visitado durante todo este tiempo. El dolor no era excusa para no haberlo hecho, pero me había perdido tras su muerte, y no tenía ni la fuerza, ni el valor para venir. Le hablé de mis demonios, de cuanto la echaba de menos, del dolor que me producía su ausencia y de cuanto sabía yo, que le dolía verme así. Y le di las gracias, por el tiempo a su lado, por la felicidad que me brindó y por venir a rescatarme más allá de la muerte. Le conté que llevaba razón (como siempre) cuando decía que en un autobús podríamos conocer a alguien que nos salvara la vida. Hablamos de mil cosas y le hice la promesa de que volvería a visitarla. El sol lo inundaba todo cuando regresé a la parada. Miré la hora y subí al autobús, sabiendo perfectamente donde debía bajarme. Volví a sonreír. Iba radiante, feliz y en paz, pensando en aquella chica y su  muleta.

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Leyenda y tradición

Cuenta la leyenda, que resucitó hecho niño. Que regresó a los brazos de su madre entre lágrimas de alegría, porque encontró lo perdido, porque le devolvieron lo arrebatado, porque la vida retornó tras la muerte. El hombre crucificado y la madre devota. Niño Jesús y María Madre, resucitando en domingo, bailando frente a frente celebrando la felicidad.

Cuenta la leyenda, que en un pueblecito de la Vega de Granada, lo hicieron a su imagen y semejanza, aupándolo a lo más alto, y junto a San Miguel, guardan nuestra iglesia. Escoltado por culleros, sube a las alturas cada Semana Santa, y en su último día, prende las calles, convirtiéndonos a todos en petarderos.

Cuenta la leyenda, que en Cúllar Vega, el ruido se convierte en espectáculo y que el humo viste de gala el Domingo de Resurrección. Que los petardos son girones de sentimientos que se lanzan al paso del Resucitado, lágrimas vestidas de pólvora y chinos, tronando de alegría año tras año. El suelo nos teme y el cielo nos adora, y él, bueno, él, quiere resucitar otro año más, para sentir el calor de la gente de su pueblo, que a fuerza de recordar ha convertido una leyenda en tradición.  

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Indiscubiertos

Se avecina futuro.

El 6 de mayo está a la vuelta de la esquina. Cargado de comuniones, con una final de Copa del Rey aún por definir, pero sobre todo marcado por el nacimiento de un festival de música indie de bandas emergentes. En este rinconcito de la Vega granadina, la ilusión le puede al miedo, el riesgo es un mal menor, y que coño, nos encanta la música. Por eso se han lanzado a la piscina, y con un presupuesto pequeño han organizado un gran festival, el primer festival de Cúllar Vega. Londres, Cantabria, Barcelona y Cúllar Vega, cuatro patas para organizar y sostener este evento, que más pronto que tarde crecerá como la espuma y dará que hablar, más de lo que ya se habla. Muchos son los que quieren acudir y mostrarse, y muchos son los que se quedaran fuera. Sólo (con tilde) unos pocos son los privilegiados que prenderán la mecha de lo que ha de venir.

Porque se avecina futuro.

El 6 de mayo es sólo el principio y espero veros a todos allí. Apoyando y disfrutando. Haciendo que un sueño se cumpla. El de las bandas que tocan, queriendo llegar tan alto que los recuerden como Supersubmarinas, Vetustas o Shinovas; bandas que sueñan con escenarios gigantes, miles de fans y los mejores festivales. Quizás este sea el trampolín que les impulse a dónde ellos quieren llegar. Y el sueño de aquel que hace años imaginó un programa de radio que hoy se ha hecho carne. Indie al descubierto nació sin otra pretensión que la de dar a conocer este estilo de música. Y vaya si lo está consiguiendo. Año tras año ha crecido, madurado y cambiado, sin olvidar su esencia. Hasta llegar aquí. No. Esto no es un festival más. Es una reunión de amigos a quiénes le gusta la música y quieren que siga sonando. Savia nueva en el panorama musical y un pequeño empujón para los que quieren vivir de esto. Hagamos del 6 de mayo un día inolvidable y llenemos este pequeño pueblo, de Indiscubiertos.

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Millennial

Me cuesta comenzar. Borro lo escrito y vuelvo a empezar, rebuscando las palabras adecuadas para describirte, para describir los sentimientos que me arrancas. Le doy vueltas a la cabeza abriéndome paso entre la maraña de letras que se enredan a mi paso, tratando de desenredarlas y encajarlas para hacerte entender cómo has llenado la vida de tantos y trayendo contigo una felicidad que sólo comprenderás cuando tengas hijos. Allá vamos…
Fuiste el cuarto de nosotros, heredando el nombre de tu bisabuelo, abuelo y padre, una línea temporal que te toca continuar cuando yo ya no esté. Santi siempre fue y será un gran nombre. Naciste pequeño, como todos, aunque yo te veía más chiquito que a ninguno. Creciste, feliz, sin duda, marcándose esa felicidad en tu rostro, con dos hoyuelos que asoman cada vez que sonríes. Y lo haces mucho. Espero que no pierdas esa costumbre nunca, porque con el tiempo descubrirás, que una sonrisa, es sanadora. Has desarrollado unas cualidades envidiables. Constancia, tesón, fuerza de voluntad. Todo unido a esa inteligencia de la que gozas. Aprovéchalas, sácales partido y demuestra de lo que eres capaz. No sigas mi camino en ese aspecto, y no desperdicies lo que tienes. Ojalá puedas llegar tan lejos como tú desees, y consigas la vida que sueñes. Has luchado mucho y deberás seguir haciéndolo, pero ya sabes que mamá y yo, estaremos siempre ahí, para ayudarte y verte triunfar, para consolarte cuando lo necesites y sobre todo, para seguir viéndote sonreír. Fuiste nuestra “pequeña gran revolución” y ahora eres nuestro “Millennial”. Con que canción te definirá el futuro?
PD: A mi Millennial. Que se preparen los Titanes, porque vas a comértelos a todos.

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A ciegas (y los sentidos abiertos)

Un antifaz ocultó el camino de baldosas que nos habría de llevar hasta la oscuridad menos temida. Despertó el oído al cruzar la entrada, persiguiendo la música relajante que inundaba una estancia que imaginamos sin acierto y afloró el tacto cuando el agua caliente rozó nuestros poros al lavarnos las manos. Delicadamente, sin prisa, cómo si quien lo hiciera, se lavara las suyas propias y esas mismas manos (creo), fueron el faro que nos guio hasta nuestro lugar. Sentados, intentamos afinar la vista, que perseguía sombras luminosas tras la máscara. Pequeños faros que trazaban un mapa de las mesas que conformaban nuestras cercanías (o eso me parecía a mi). Las voces fueron el ariete de nuestra imaginación, derribando cualquier imagen que creíamos tener de la compañía que teníamos alrededor. Nombres y voces sin rostro compartiendo inseguridades. El menú comenzó a desfilar y con él prendió el olfato. Platos de comida delante de nuestros invidentes ojos que comíamos torpemente, haciendo explotar al gusto, mientras tratábamos de averiguar qué sabores eran aquellos que rondaban nuestro paladar. Un ejercicio de fe y adivinanza, dónde el secreto quedará en secreto. El vino no faltó, reposando en copas invisibles, sólo hechas carne cuando mis manos las descubría. La música no dejó de sonar, ni las palabras que nos acompañaron en aquella historia, hecha experiencia. Fueron asomando las sorpresas que encerraba la oscuridad, erizándonos, emocionándonos, antes de levantar el telón de nuestros ojos y que todo acabara. Y todo esto nos dejó abierta la puerta de la memoria para grabar con una sonrisa una cena llena de sensaciones, de la que aún queda mucho por descubrir…

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Desconexión

Llegó “Mi primer atraco” y con él, todo lo que había de venir. Volvíamos de Almería, escuchando kilómetro tras kilómetro, cada uno de los temas que nos regalaron con su primer LP. El fin de las vacaciones tenía una banda sonora: Full. Regresamos con la ilusión de nuestro primer Granada Sound, al que fuimos sobre todo, por verlos a ellos. Y es que ellos, fueron la salida de todo lo que hemos vivido después. Conciertos, festivales y ratos inolvidables de música sin descanso. Ahora nos dicen “Adiós”, por tiempo indefinido, aunque a mi me suena a despedida de por vida. Sólo basta con haber estado en su última actuación en Granada, para darse cuenta de que entre ellos, se han desconectado.

No eligieron la mejor sala para su última actuación en esta mágica ciudad, mi ciudad, mi Graná. El cine de antaño, Aliatar, es una sala amplia, circular, con gradas en alto y decoración llamativa, pero con una acústica poco apropiada para conciertos. Desde el fondo, se escuchaba un zumbido constante y los instrumentos, se solapaban por momentos, ahogando la voz de Javi, que a veces parecía que gritaba más que cantaba. No. No es que ellos lo hicieran mal. Son una banda con hechuras, que saben lo que hacen, pero aquella sala, les restó. Y aun así, supieron manejar los tiempos, engarzando temas de sus tres trabajos en estudio con maestría. Un público entregado coreó sus canciones, caldeando el ambiente entre saltos y bailes, y aun así, sobre el escenario, había frialdad. Estaban desconectados entre ellos, cada uno a lo suyo, cumpliendo con su instrumento sin pasión, sin divertirse, pasando el trámite sin pena ni gloria, y todo pese a los esfuerzos de Javi por intentar explicar la despedida y convencernos de que lo importante de Full no son ellos, sino su música. Tanta es la distancia que hay entre ellos, que ni siquiera presentó a los miembros de la banda. No hubo nombres, sólo algo genérico llamado Full.

No fue el mejor de los conciertos, pero en el fondo, por lo que representaba, fue bonito. Nos despedimos de una banda alejada más que desconectada y que ahora más que nunca, siguen sin saber “Quiénes son realmente”…

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