Nervioso, impaciente, deseoso. No llegaba la respuesta que esperaba y el tiempo corría. No se si en mi contra o a favor, pero corría. Demasiado rápido si lo pensaba, irritablemente lento cuando lo necesitaba. Levantaba el móvil esperando ver iluminada la pantalla, y seguidamente lo volvía a poner bocabajo. Nada. Ni una sola señal. El silencio más absoluto. Se colaba en esa espera la desesperación que aceleraba mi pulso aun más. Notaba como los nervios jugaban con mi corazón, haciéndolo querer salir de mi pecho y buscar un lugar más tranquilo dónde habitar. Mi pierna no dejaba de moverse. Movimientos regulares, rápidos, incansables, tratando de apaciguar unos nervios, que no entienden de tranquilidad. Resoplaba, respiraba hondo, expirando todo el aire que necesitaba para vivir y que ahora estorbaba dentro de mi.
Una vibración en la muñeca fue el aviso. Miré el reloj con desesperación y allí estaba. “Ya”, rezaba el mensaje. Había un momento tan largo por disfrutar tras aquella palabra tan corta, que ni la imaginación podía imaginarlo. Mi mujer seguía en el gimnasio y los niños en sus actividades, y todos tardarían en volver. Así que cogí unas cervezas bien frías y me dirigí a la casa del vecino. Caminé lento, tratando de disimular la impaciencia que me recorría. Toqué a su puerta. Un golpe firme y seco. Me abrió su mujer, que salía con sus hijos. Se iban al cine mientras nosotros veíamos el partido. Nos miramos con una sonrisa y se despidieron con un beso, que yo deseé con toda mi alma. Cerró la puerta cuando su familia hubo subido al coche y se alejaron. No hubo palabras, tan solo miradas mientras puso la tele, subió el volumen y dejó puesto el fútbol. Abrimos una cerveza cada uno, brindamos y aquel beso que había deseado hacía tan solo un momento, fue entonces mío. Ya no había impaciencia, ni nervios, ni esperas. Entre trago y trago nos desnudamos, dejando asomar nuestras ganas, y entre caricias, volvió a nacer la pasión. Nuestro secreto asomaba con cada partido, partidos que jamás veíamos, aprovechando el tiempo que nos brindaba la excusa del fútbol. Y no es que no nos gustara el fútbol, es que nuestros cuerpos, eran más interesantes…