De par en par (primera parte)

Llegamos a Somontín de tarde, entre el bochorno y la calor de un día de agosto. El plan trazado hace meses comenzaba su andadura solo con los miembros que conocen el verdadero significado de la amistad. Desembarcamos en un palacio de tres plantas desde dónde el horizonte parece más cercano, casi tanto como el cielo. Techos planos, edificios colgados del tajo que sirve de límite entre la naturaleza y nosotros. Abrimos puertas y ventanas para convertir el aire en corriente y poder alejar la calor de aquel viernes. Los más jóvenes salieron en busca de más juventud y nuevas amistades mientras los menos jóvenes buscamos una playa sin olas, espejo de la luna, y en su orilla cenamos, abriendo melones e iluminados por la compañía que nos damos los unos a los otros. Era la primera noche en la plaza del pueblo que nos esperaba para brindarnos los primeros Jager. El escenario vacío la presidía impaciente por verla repleta de las gentes del pueblo, que vienen cada verano a darle la vida que le falta el resto del año. Pero eso sería la siguiente noche.
Silencio y cantos de golondrinas en un amanecer fresco y con brisa, que mecía las hojas y las banderolas que adornaban la plaza recién levantada. Café para espabilar el día antes de conducir hasta Urrácal. Sonaba La Plazuela en el trayecto vertiendo sobre mí su demoniaco sonido, que yo escuchaba desde el inframundo del coche. El agua había erosionado el paisaje formando tajos, limando las montañas con su roce, moldeándolas a su antojo, y creando el refugio perfecto de la paz y la tranquilidad. Descendimos hasta sus entrañas agarrándonos a las piedras, apartando las ramas, y fotografiando los cortados que se erigían majestuosos sobre nosotros. La calor nos esperó a la entrada y y nos recibió al volver sobre nuestros pasos, así que para espantarla, nos sentamos alrededor de una mesa, y cerveza en mano, volvimos a abrir el melón, imaginamos un hastag que jamás usaremos, y descubrimos que no hay mejor forma de desenredar las cosas, que atando cabos. Volvimos a Somontín con el Karma y las ganas intactas.

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Promesa

Cinco años atrás, el Chavarino aún lucia. Refugio deseado de unos primos más jóvenes, a orillas de la acequia y al borde de los maizales, nos sirvió entre velas y la noche, el frescor que desprende el campo. Pusimos sobre la mesa nuestras vidas, y nos guardamos los secretos los unos a los otros. Cerró nuestro cuartel de verano, y otro 9 de agosto y por causalidad, nos volvemos a juntar, la rubia, la pelirroja y yo. Mismo día, distinto lugar, alardeando de la felicidad con la que afrontamos nuestra madurez. Convertimos la acequia en mar y el maíz en arena, y sobre una toallas, hablamos de todo lo que se puede hablar y de lo que no también. Nos reímos de los dramas y de sus dramáticas consecuencias. Recordamos pretéritos imperfectos, cuando aún creíamos que eran presentes perfectos. Descubrimos que desde arriba todo se ve mejor. Recontamos amantes, sumando o restando en función de las ganas. Murmuramos cómo somormujos que algunas cosas ya no importan, y las que importan son las que nos mantienen vivos. Frungimos con la mente, aunque no os contaré con quien, ni cuánto, pero siempre es poco. Fotos y arrebatos, para dar aire a nuestros secretos, que intentaron huir para no ser descubiertos. Así se nos fue la tarde. Entre arrumacos y serenidad. La que te da la vida cuando casi has conseguido que sea pluscuamperfecta. Regresamos con la noche, con la duda de si, vestido o mono, y con la promesa de que cada 9 de agosto, como siempre y sin tarjeta, inventaremos cualquier excusa para juntarnos y certificar que los primos aún sonreímos.

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Openheimmer

La memoria es frágil. Y corta. El tiempo se empeña en hacer lo olvidar lo más lejano como si recordar fuera un esfuerzo tiránico, y cuánto más atrás, más cuesta. Por eso tendemos a olvidar, porque no nos gusta esforzarnos. Pero recordar, es la única forma de no repetir errores.

78 años. Hiroshima quedó arrasada por la primera bomba atómica lanzada a este mundo. Le siguió Nagasaki el 9 de agosto. Los americanos quisieron zanjar así la Segunda Guerra Mundial, y dieron la estocada final a Japón. Casi 250000 personas fueron borradas de la faz de la tierra. Y algo que parecía el final de todo, sólo fue el principio. Una carrera armamentística para ver quien hacía mas armas nucleares. Rusia y EEUU, aliados de conveniencia contra los nazis, volvían a ser enemigos acérrimos. Y hasta hoy. La historia nos demuestra, que no hemos aprendido nada. Seguimos enfrentando al mundo. Formas dispares de pensamiento, distintos estilos de vida, diferentes creencias. Armas en vez de palabras. Bloqueos en vez de entendimiento. Egoísmo personificado en la sociedad que hemos creado, dónde lo mío, es más importante que lo tuyo. Y así nos va. Cada vez más alejados. Cada vez más distantes. Cada vez más intransigentes.

En Los Álamos dieron vida al Proyecto Manhattan, y bajo la dirección del físico nuclear, Robert Openheimmer, desarrollaron las bombas nucleares. Y aunque estuvo de acuerdo en que se lanzaran las bombas, el tiempo le demostró, que tal vez, no debería haberlas fabricado. Pero así son las reacciones en cadena. Una vez que empiezan, es difícil pararlas. Y para eso está la memoria. Para ponerle un poquito de freno a estas reacciones. Si no dejamos que empiecen, no habrá que parar nada. Estamos a tiempo de hacer un mundo mejor. Y esta es la mejor razón para hacer el esfuerzo de recordar…

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El chico de oro

Siempre he dicho que el destino es caprichoso. Que entre 10 pellejeros haya 2 que cumplan años el mismo día, es casualidad, o no. Pero aquí están.

Sonaba el chupinazo en Pamplona y San Fermín daba la bienvenida a Luis. Para algunos Jose Luis, para mí, Luison, de toda la vida. El hombre de los mil y un nombres, ha ido evolucionando, desde aquella Caramba, dónde tocó fondo y encontró el norte, hasta la persona que hoy tenemos con nosotros. Musicólogo a tiempo completo, complementado con faenero de su casa, cocinero de programas de radio, inventor de festivales, pellejero confeso y lo más importante, hacedor de felicidad. Ahora es presidente por un año y deberá improvisar planes, organizar fiestas y lo más importante, llevarnos de la mano a un viaje sorpresa, que tal vez, y solo tal vez, empiece con el chupinazo que lo vio nacer. Ha conseguido después de muchos años y aún más esfuerzo, fijar su trabajo, y que se lo reconozcan, dándole a su vida y su familia, la estabilidad y tranquilidad que merecían. El esfuerzo y el tesón siempre tienen premio. Por eso ahora que sonríes por doquier y la felicidad habita en ti, puedas apreciar, como apreciamos nosotros el valor que tienes, que casi, casi, te convierte, en un chico de oro.

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De aquí

Siempre he dicho que el destino es caprichoso. Que entre 10 pellejeros haya 2 que cumplan años el mismo día, es casualidad, o no. Pero aquí están.

Vivía al borde de la carretera, tapizando la vida con telas de colores mientras jugaba al fútbol con esa maestría que tiene para todos los deportes. Casi ficha por uno grande, aunque si lo hubiera hecho, quizás no lo tendríamos hoy con nosotros. Su vida hubiera virado hacía otros mares, y no hubiera conocido esta isla perdida que somos los Pellejeros. Hoy cocina con maestría su vida, bebiendo de la mano de su familia, a la que cuida devoción, dándoles lo que quieren a costa de sus propios deseos. Nunca la felicidad exigió tanto sacrificio y a la vez procuró placer. Anda por las américas de agosto a junio, hablándonos desde un coche (yo creo que vive en él), echando de menos su vida aquí, seguro que más que nosotros a él y no es poco, aprendiendo inglés, enseñando español, y adaptándose a unas costumbres que desde aquí nos resultan peculiares. Le queda el último achuchón y retornará el pellejero pródigo, trayendo con él calderetas añoradas, discusiones sin maldad y todas las ganas acumuladas. Una cosa sabemos seguro, ese año será presidente y con ello, uno de los hombres más felices del mundo. Texas te acogió pero nosotros te vimos crecer. Regresa y hazlo feliz, porque te esperamos siempre, y aunque algunos te llamen panchito, tú eres de aquí.

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Estrellas

Tenía prisa el sol por irse a dormir. Subíamos, curva tras curva, dirección Virgen de las Nieves, y tras la maleza y en cada hueco despejado, tratábamos de inmortalizar a un agonizante sol que buscaba acurrucarse en brazos del horizonte. El cielo vestido de rojo anaranjado aún daba luz, y teñía con su manto de atardecer a una Graná tan bella como las gentes que la habitan. Subíamos, metro a metro, kilómetro a kilómetro, dejando atrás la calor de este verano. Subíamos, y cuánto más alto, más bajaba la temperatura, enfriando una Sierra que nos maravilla en invierno y en verano. Los primos pusieron su música, la de ahora, la que no entiendo, pero la que a ellos les encanta. Y entre Saiko y varios más, llegamos a nuestro destino. Allá a lo lejos, a nuestros pies, Granada. Aquí más cerca, sobre nosotros, La virgen de las Nieves. Y en medio de todo, nosotros. Tío y sobrinos, buscando la noche y con ella las estrellas. Llegaron las motos. Una serpiente de luces en la lejanía dibujando el contorno de la carretera serpenteante que llegaba hasta allí, y allí descansaron. Charlas y risas para romper el silencio y la tranquilidad de una Sierra asaltada. Poco a poco se fueron marchando, y poco a poco, el cielo se moteó de estrellas. Nos tumbamos mirándolo, mientras los primos hablaban de sus planes. Conciertos, deporte, estudios y amores. Abrazos, risas y algún que otro susto por las vacas que andaban por allí sueltas. Yo los miraba y escuchaba como quién tiene un tesoro. Entonces me recorrió un sentimiento que erizó mi piel: era felicidad. De verlos unidos, seguros, disfrutando, felices… Allí en las alturas, más cerca del firmamento y con la noche sobre nosotros, nos miró el cielo, mientras nos arropábamos los unos a los otros. Disfrutamos de las estrellas, y vimos algunas fugaces. Yo pedí un deseo: que siguieran siempre tan unidos. Y mi piel volvió a erizarse…

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Tiempo de Dragones

Cuentan las leyendas, que hubo un época de caballeros, princesas y dragones. Batallas épicas en pos de conquistar nuevas tierras, dónde los caballeros de más valía, se alzaban con la victoria y el amor de las princesas, quisieran ellas o no. Matrimonios de conveniencia para unir familias y ganar poder. Traiciones y manos negras tras lo que ellos llamaban política, aquello de hacer lo que el rey diga, porque lo dice. Hasta que dejaba de ser rey. Las apariencias al servicio de la corte y los buenos modales hasta para acabar con la vida de los rivales. Alcobas repletas de infidelidades e incestos, donde la lujuria y la perversión campaban a sus anchas. Una forma de vida basada en la sumisión de los más débiles hacía sus dueños. Ni sus vidas les pertenecían.

Cuentan las leyendas, que los dragones arrasaban aldeas, luchaban contra los caballeros que partían a matarlos y que a veces, muy pocas veces, algún humano los domaba y conseguía montarlos. Sus fauces escupían fuego, incinerando todo cuanto tocaban, dejando un rastro de tierra quemada, olor a destrucción y sabor a azufre. Los cielos se teñían de rojo, dejando el ambiente pesado e irrespirable. Subía la temperatura, asfixiando la tierra y sus gentes, convirtiendo sus vidas en una pesadez constante.

Cuentan las leyendas que un día desaparecieron. Sin explicación, sin dejar rastro. No volvieron a verse. La temperatura bajó, los miedos se fueron perdiendo, y la sociedad evolucionó. Los Reyes y señores dejaron de serlo, la plebe se transformó en sociedad libre, pudiendo decidir su destino. Y la historia nos regaló una vida mejor, conforme pasó el tiempo.

Cuentan las malas lenguas, que los dragones no existieron, que la sociedad jamás fue libre, y que los poderosos siguen dirigiendo nuestras vidas. Yo solo sé, que esta calor debe venir de algún lugar, y a mi me pareció ver unas alas gigantes surcando los cielos. Quizás haya vuelto el tiempo de los Dragones…

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Últimas voluntades

Viaje tras viaje, hemos llegado aquí. Después de recorrer media península a lomos de la ilusión, en compañía de los Pellejeros, (unas veces fuimos más, otras menos), llevando siempre con nosotros el recuerdo de los buenos ratos y del tiempo ganado, dejamos atrás Portugal nos colamos de lleno en Ojén. Y Ojeando mucho, este año toca de nuevo festival. Durante el día, vamos de plaza en plaza rellenando nuestros vasos de música y cerveza. Buscamos los mejores sitios dónde comer, para copar las mesas de suculentos platos, aderezados con charlas y confesiones, de perdones y alguna que otra lágrima. Rodamos durante el día entre alcohol y risas, sabiendo que llegará una noche sin fin, que nos llevará hasta el escenario principal y el amanecer. Espero no equivocarme mucho un mes antes de que todo ocurra. En lo que no me equivocaré será en esto…
Casi cierra el círculo el más pequeño de los diez, aunque deberemos esperar un par de años para completarlo. Será justo el momento del regreso sin retorno del último de nosotros. Mientras tanto se entrecruzaran los círculos, comenzando otro que engarzará a la perfección con este sin cerrar, formando un infinito infinito que dejara nuestros nombres grabados a fuego en el tiempo. Quizás fuera casualidad que cada uno de nosotros estuviéramos en el mismo planeta que los demás y más importante aún, en ese mismo momento en que nuestras vidas coincidieron. Unidos desde que el recuerdo me permite, hemos conseguido pactar cuánto queremos perder cada uno para tener todos más. Envidiables y envidiados, es precioso oír hablar de nosotros como algo infinito pero tan reales cómo los miedos que tenemos. Porqué son los miedos los que hacen de nosotros algo imperfecto. Imperfección que encajamos a la perfección con el corazón de por medio. Ni las palabras ni las manos tuvieron nunca un enemigo tan feroz, ni el ruido una voz tan grande para acallarlo. Por eso ahora que estamos tan cerca de la costa, y un poco más lejos de la juventud, no dejemos pasar ni una sola ola pensando que volverá. No seamos como el resto. Presumamos del tiempo que pasó y de lo que hicimos con él. Enorgullezcámonos de lo que hemos construido, de lo que tenemos y del legado que dejaremos. Que el recuerdo de estos Pellejeros llegue tan lejos, que hasta las canciones hablen de nosotros. O eso me pareció a mi al escuchar esta. Por eso una de mis últimas voluntades, es que quiero que suene y nos recuerden con esta estrofa:
“Una vez brillamos, se que una vez tuvimos todo, una vez que fue una eternidad”

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Niño Pati

Te toca a ti.

Ahora que afeitaste la barba y dejas asomar la cara de niño, cumples un año más. Este 29 de Mayo es algo especial porque  coincides con la llegada del décimo miembro. No, no es tu Shaira, es Juanjo, y las coincidencias no existen. Tal vez sea una señal de buena suerte, de ahí que hayas vendido el piso, que lleves una temporada sin levantarte a las 5 de la mañana, y que se te vea más feliz que nunca. Porque quizás no lo has notado, pero los que te queremos nos hemos dado cuenta de que algo en ti ha cambiado. Lo mismo es madurez, a pesar de esa cara de niño o puede ser que te vayas dando cuenta de las cosas verdaderamente importantes de la vida. Una de ellas, la amistad, la verdadera. Esa con la que no se negocia, a la que no se le saca más beneficio que el tiempo que se comparte. De ahí que nos hayas abierto las puertas de tu casa, dándonos lo mejor de ti. Cobijo, hospitalidad y la mejor fideuá. Sí. Se te ve feliz y ojalá esa felicidad sea para siempre. Creo que ese deseo es el mejor regalo que te podemos dar tus Pellejeros. Porqué nos gusta verte así y porqué tu alegría es la nuestra. Como a todos, te queda mucho por vivir, por aprender y por mejorar. Sigue creciendo y sigue haciéndolo a nuestro lado.

Para el Niño Pati, de sus Pellejeros.

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Masini

14 de mayo de 2023. Domingo, cumpleaños. No podía ser de otra manera así que suena música. Cambié a Serrat, a Carlos Godoy y Alberto Cortez, por Arde Bogotá, Maryland o Luis Brea. Lo que sea, pero música. Uno de esos lazos que aún nos une. Tú allí. Yo aquí. Y en medio, todo lo demás. Los recuerdos con sonrisas asociadas. La imagen viva de un padre inteligente al que la suerte la dio la espalda. Tus manos apartando las cortinas tras las que nos escondíamos, los domingos de peña, la furgoneta de Phoskitos sin sillones atrás, en la que jugábamos a esquivar las luces que entraban por las ventanillas, el viaje a Valencia en el que descubrí lo largo que era un kilómetro y aquella subida al Veleta en la Honda, desde dónde casi tocamos el cielo. Años de felicidad en los que la inconsciencia de la edad no nos dejaba ver la otra parte de la historia. Y de ahí al infierno. Porque lo malo también tiene memoria aunque de lo malo ya hemos hablado muchas veces. Tantas, que ahora sé que no vale la pena recordarlo. Me quedo con la felicidad, con las sonrisas, con la música. Me quedo con el echarte de menos, con desearte que estés mejor de lo que estuviste por aquí y me quedo con el amor que aun te siento. Ahora que sé que vigilas mis noches, que cuidas mi casa, que me guardas, sabrás, que en un día como hoy, Masini sigue sonando…

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