Maravillosa Minoría

El verdadero poder no está en destruir a alguién cuando puedes hacerlo, sino en perdonarle la vida. Dos equipos de una misma ciudad, dos formas diferentes de entender el fútbol y la vida. Unos, dedicados sólo al fútbol, porque para eso se creó aquel club, dejándose el alma en el terreno de juego y aún así sin titulos que festejar. Un sentimiento que ha ido creciendo a base de tropiezos y de derrotas y por eso ha calado tanto entre sus aficionados, que a pesar de todo no los dejan sólos pase lo que pase. No entienden de política, ni quieren entender, porque lo único que quieren es hacer por lo que le pagan, jugar al fútbol. Un club tan independiente, que no se avergüenza a la hora de decir que se siente español y tan catalán a la vez, como la prensa de esa región que los machaca por no proclamar el catalanismo como ellos quieren que lo hagan. Periquitos en terreno hóstil, enfrentados a unos culés, ensalzados a los cielos por esa prensa, que más que Catalanista es Barcelonista. En sus vitrinas lucen los títulos ganados a lo largo de su historia y desde hace años, son los valedores (o creen ellos que lo son) de unos valores ejemplares. Respeto y juego limpio. Eso exigen a los demás equipos porque ellos son los mejores. Y cuando uno ve que entre sus jugadores hay provocadores, que se rien de sus propios compañeros de profesión, faltan el respeto a los equipos rivales recordando cuánto han ganado ellos y que poco los demás, descubres que les falta mucho para llegar a ser «Mas que un Club». Porque no se consigue ser un gran club mezclando política con deporte, ni teniendo en sus manos una maquinaria periodística que los alaba tanto como machaca a los demás, olvidando la ética y la objetividad. Por eso y a pesar de tanto trofeo hay uno que jamás conseguirán, el del Señorio que tienen otros equipos a pesar de ser Maravillosa Minoría.

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