Capicua

Es uno de los nuestros por muy gabirro que sea. Desde su atalaya en lo más alto de un campo de golf, divisa un horizonte recortado por montañas y por la ciudad que duerme a los pies de la Alhambra. Barcalo es su grupo sin ser él artista, aunque su apellido inspiró para una serie. Y es que los Garcías dan para mucho. Fue el penúltimo de ellos, nexo de unión de todos. Tiene titulín y cree que con él puede domar el mar a bordo de su embarcación, esa que sólo unos pocos privilegiados han llegado a ver. Dice que juega bien al squash, esperemos que mejor que al pádel, aunque ahora le ha dado por el golf, en el que parece ser que también triunfa.  El pellejo es otro de sus hobbys, faltas incluidas, y los pellejeros sus amigos, o eso dice él. Y estoy seguro de que así es. Porque este Pedro de cabeza plateada, como los gorilas alfas, se hace querer. Hace años que unió Cúllar, Gabia y Churriana, y trenzó una amistad indeleble tras varios Veranos Azules. Aún se arrepiente del Portugal que no vivió, y ojalá no vuelva a perderse ningún viaje más, porque sin ti, no es lo mismo. Casi cullero y pellejero de facto, aunque aun tenga que aprender a jugar. Y es que por muy gabirro que sea, es uno de los nuestros.

De tus pellejeros que te quieren.

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La sonrisa

Lunes.

Despertó el día arrastrándome a mí con él, abandonando mis sueños a su suerte, mientras mis ojos trataban de abrirse paso entre la claridad de la mañana. Suelen ser los sueños reflejo de nuestra realidad. El cansancio, los agobios, las obligaciones, el estrés, la falta de lugar, o la simple falta…; todo aquello que nos reste felicidad y nos lleve por el sendero de la incomodidad y la infelicidad, tiene el poder de transformar nuestro sueño en pesadillas. Si, por el contrario, vivimos en un estado de tranquilidad, de paz rutinaria, de felicidad propia y ajena, de actitud positiva, conseguiremos que nuestro descanso se llene de buenos sueños. Ángeles y demonios conviviendo en el hueco de la almohada, esperando asomar cada noche al cerrar los ojos. Yo llevaba un tiempo en el que mis demonios ganaban la partida por goleada, y no encontraba ni una sola pluma que me dijera, que algún ángel, había pasado por allí.

Atronaba la alarma del móvil entre el murmullo incesante de la ciudad y yo era incapaz, aun, de alargar el brazo para acallarlo. Me sentía pesado, como los meses, o los años, ya había perdido la cuenta, que se habían vertido sobre mí, como una pequeña película de aceite que te vuelve resbaladizo e impermeable, impidiendo que nada entre, pero tampoco que salga. Yo era como una caja fuerte en la que no había nada de valor que guardar, tan solo indolencia y desesperanza. Así me encontraba y así me sentía, indolente e impermeable a la vida, desesperanzado y huidizo de ella. Quizás no quería reconocerlo, pero mi última ruptura me había dejado tocado, y su ausencia, había transformado mis sueños en pesadillas.

Mascullaba “otro día…” cuando por fin silencié la alarma, y mientras algunas pesadillas trataban de aferrarse a mi memoria, me dirigí al baño, tratando de espantarlas con el agua que lavó mi rostro e intentó espabilar mis sentidos. Traté de sacudirme aquel vacío mientras miraba mi reflejo en el espejo, ojeroso, cansado, e indeciso pensaba: afeitado o café. No tenía tiempo para ambas cosas, y su recuerdo volvió a la vida. Si ella estuviera aquí, no tendría que decidir, porque mientras me afeitaba, ella hubiera preparado el café y lo hubiéramos tomado entre risas y besos. Me engañaba maldiciendo el estrés, maldiciendo el trabajo, maldiciendo los lunes, los martes o cualquier otro día de la semana sin ella, y maldecía la vida que me ha tocado tras su marcha. Pero lo cierto, era que todo lo malo que me ocurría, era porque ella no estaba. Con ella a su lado, nada de esto era malo. Y ahora, necesitaba volver a respirar, a ser feliz, a sentirme vivo.

Entre pensamiento y pensamiento, me vestí, y afeitado, cerré la puerta de nuestro piso. Perdón, de mi ahora piso. Miré el reloj, llegaba justo para coger el bus, y mientras me dirigía al ascensor, repasaba mentalmente, las tareas pendientes. Trabajo, compras, limpieza, deporte y otras obligaciones impuestas y autoimpuestas. Necesitaba mantener mi mente ocupada para no caer en el vacío de su ausencia, ni en los recuerdos de una felicidad a su lado, ahora ficticia, porque si algo tienen los recuerdos, es que los sentimientos que despiertan, son todos mentira. Bajo la piel de lo que fue, no busques la carne que cubría, porque ya no existe. Sólo quedan los restos de un cuerpo deseado al que ahora no puedes tocar, ni tan siquiera ver. Sólo son vestigios del paraíso que habitabas y que ahora queda muy lejos, por muy real que parezca lo que sientes al rozar tu memoria, y es que, como dice la canción: “nunca fue real lo recordado”. “Ascensor averiado”, rezaba el folio de la puerta. “Maldita sea, maldita sea…” balbuceaba mientras bajaba las escaleras de tres en tres, desde el ático dónde vivía. Todo me salía mal de un tiempo a esta parte. Seamos sinceros, justo desde el día que abandonó el piso y mi vida.

El sol me embistió el salir del portal, y entre sus rayos, pude ver el autobús llegar. Corrí para no perderlo, mientras buscaba las gafas de sol. Me las había dejado en casa. En los bolsillos sólo encontré un pañuelo usado, calderilla y, de nuevo, un puñado de recuerdos. Ella siempre me preparaba todo lo que me haría falta al salir de casa, y siempre acertaba, hasta las veces que ponía en mis manos el paraguas asegurando que ese día llovería a pesar del cielo limpio de nubes. Jamás llegué a casa mojado cuando el cielo se tornaba negro, pero desde su partida, era raro el día que no llegaba empapado a pesar de no caer ni una sola gota. “Que mala suerte” pensé mientras pagaba y subía al bus. Tenía coche, pero de ella me quedó la costumbre de desplazarme en autobús. Decía que el transporte público, además de contaminar menos, era el refugio de miles de historias, y si prestabas atención, podrías descubrirlas todas en los rostros de los pasajeros, y quien sabe sino encontrarías a alguien que te salvara la vida cuando más lo necesitaras. Le encantaba cuchichearme al oído la vida que ella imaginaba para uno de nuestros compañeros de viaje, elegido al azar. Era un juego que nos hacía el trayecto más ameno y corto, porque entre risas y complicidad, el viaje pasaba volando, aunque yo deseaba que no terminara jamás. Nos agarrábamos fuerte de la mano para no caer y sentirnos seguros, y nunca imaginé que nos soltaríamos para siempre. Coger el autobús cada mañana era un arma de doble filo. Por un lado, no quería traicionar su recuerdo dejando de hacer algo que a ella le gustaba que hiciese, y, además, eso me la traía a la cabeza cada vez que subía al bus; pero por otro, ese mismo recuerdo me producía dolor, al pensar que lo subía solo, sin agarrones de manos, sin historias que descubrir, sin palabras al oído. Ahora lo tomaba sin ella y por eso lo hacía de mala gana.

Serio y enfadado, busqué donde sentarme, pero fue imposible. El autobús iba completo, y a cada arrancada y frenazo, los cuerpos de mis compañeros de viaje, se golpeaban entre sí, como bolos anclados que nunca llegan a caer. Mi enfado subía peldaños, enojado con el día, la vida, las responsabilidades y su ausencia. Mi malhumor subía de nivel, presa del miedo por el abandono, triste por no saber salir de este pozo y derrotado por no ser capaz de luchar. Me sentía derrotado por mi propia derrota. No sabía cómo escapar de aquella situación, no encontraba la forma, ni tenía las herramientas. Gozaba de buena salud, tenía un buen trabajo, un mejor sueldo, un piso ya pagado, un círculo de amigos envidiable, que me querían y a los que yo quería, y una familia maravillosa, y a pesar de todo esto, me sentía vacío, nada me llenaba, ni me hacía feliz, y aquella sonrisa que siempre me precedió, se tornó en semblante amargado, enfadado con todo y con todos. Para mí, la vida se había vuelto triste, hastía y condenadamente pesada.

Caminaba perdido entre mis pensamientos cuando su mirada me rescató. Nos separaban escasos metros y un mar de brazos en alto, todos agarrados a la barra del autobús, intentando mantener el equilibrio y tratando de impedir que la inercia los derribara. Entre nuestras miradas, se cruzaron cabezas y brazos al son de las curvas, cuerpos extraños que fueron incapaces de desconectarnos durante todo el trayecto. Ella sonreía, mientras me miraba, y yo enrojecía, sin apartarle la mirada. Aquella sonrisa, iluminó aún más el día, y una parada antes de la mía, sin emitir sonido alguno, pude leer en sus labios, “buenos días”. Las palabras resbalaron mudas por su boca, lentas, alegres, sanadoras. Y por un momento olvidé. Por un momento dejé de recordar. Y como por arte de magia, la sonrisa retornó a mi boca, contagiada por la suya, inundando mi rostro de felicidad. Las comisuras de los labios se estiraron, buscando mis orejas, dibujado un arco perfecto y dejando asomar mis dientes, en un ejercicio de risa que hacía tanto habían olvidado. De golpe, la maraña de malos sentimientos se desenredó. Uno a uno, fueron cayendo el nudo de la desesperanza, el enredo de la infelicidad, y el lazo del cansancio. Mi alma se sentía de nuevo libre, sin ataduras, y lo más importante, en paz. Sin esperarlo, se desplegó ante mí una sábana limpia, lisa y suave. De repente, volví a ver las cosas claras, y un nuevo lienzo de descubría ante mis ojos. La vida volvió a latir, al igual que mi corazón, y sentí de nuevo ganas. Ganas de seguir adelante, ganas de sentirme vivo, ganas de ser feliz y hacer feliz a los demás. Ganas, porque las ganas, son las razones que nos mantienen en pie, esa “hambre invisible” que nos lleva a seguir escalando por la montaña de la vida, a pesar de todas piedras en el camino.

 Anunciaron la siguiente parada y ella se dirigió a la puerta de salida. Fue entonces cuando me percaté de su muleta. Se manejaba perfectamente entre la jauría de piernas que la rodeaban, esquivándolas con elegancia y no tropezando ni una sola vez. Y todo, con su sonrisa en la boca. La pierna que le faltaba, no le restaba ni un gramo de belleza y menos aún, de felicidad, que la repartía sin complejos, inundando aquel autobús con su radiante luz. Nos detuvimos y bajó en aquella parada con agilidad inusitada, sin que aquella falta fuera un obstáculo para ella, todo lo contrario, se le veía la persona más ágil y feliz del mundo. La busqué entre la maraña de brazos y cabezas para no olvidar su rostro, y a través de una de las ventanas, pude ver, como me buscaba, sonrisa en mano. No podía dejar de mirarla y ella lo sabía. Sonrió aún más y me sacó la lengua, de forma cariñosa y burlona a la vez, y volvió a hacerme sonreír. No recuerdo como fue el trabajo aquel lunes, ni recuerdo el ajetreo, si es que es lo hubo, ni el estrés, si es que lo tuve, ni me hicieron falta mis gafas de sol. Sólo pensaba en su sonrisa, en cómo me cambió el día y mi actitud, y como unas palabras dichas con cariño pueden borrar enfados, enojos y malos sueños.

Martes y el resto de la vida.

Desperté antes de que amaneciera el día, sin ángeles ni demonios en mi cama, sólo yo. Había descansado como no lo hacía en mucho tiempo y una tranquilidad casi olvidada, me regaba, dotándome de la paz y la felicidad que llevaba buscando tanto tiempo. Me senté a desayunar tranquilo, y mientras rememoraba lo ocurrido, ella volvió a mi mente. Pero esta vez, no hubo sentimiento de culpa, ni pesadez en su ausencia, ni su abandono me causó desasosiego. Mientras tomaba café, pude desprenderme de aquella película impermeable que tanto me había aislado del mundo y de la vida, y a pesar de ser tan temprano, mandé unos mensajes de “buenos días” a mis amigos y familiares. Sonreí pensando que a alguno despertaría con aquel mensaje. Mientras me afeitaba, miraba mi rostro en el espejo, pensando en lo rápido que pasa el tiempo y cuánto lo había perdido yo. Pero la tristeza es lo que tiene: te hace perder lo más valioso que tenemos. Salí de mi casa con las gafas de sol en la mano y me bajé directamente por las escaleras, de dos en dos, rumbo a la calle, directo a la vida, que ya empezaba a despertar otra mañana más. Cogí el autobús, a estas horas casi vacío, y saludé con una sonrisa en la boca, a los pocos que allí estábamos. Algunos respondieron, otros apenas podían abrir los ojos, presas aún del sueño. Pasé el trayecto intentando adivinar la vida da alguno de los pasajeros, y cuando me quise dar cuenta, ya había llegado a mi destino. Una lástima, porque ya tenía casi confeccionada la vida de más de uno. Bajé y fui en su busca. Atravesé la puerta de entrada y me dirigí a ella. Llevaba mucho tiempo sin visitarla, pero no había olvidado el camino. Los primeros rayos de sol comenzaron a asomar y me puse las gafas de sol. Su lápida se tornó de un tono rojizo con ellos. Le pedí perdón por no haberla visitado durante todo este tiempo. El dolor no era excusa para no haberlo hecho, pero me había perdido tras su muerte, y no tenía ni la fuerza, ni el valor para venir. Le hablé de mis demonios, de cuanto la echaba de menos, del dolor que me producía su ausencia y de cuanto sabía yo, que le dolía verme así. Y le di las gracias, por el tiempo a su lado, por la felicidad que me brindó y por venir a rescatarme más allá de la muerte. Le conté que llevaba razón (como siempre) cuando decía que en un autobús podríamos conocer a alguien que nos salvara la vida. Hablamos de mil cosas y le hice la promesa de que volvería a visitarla. El sol lo inundaba todo cuando regresé a la parada. Miré la hora y subí al autobús, sabiendo perfectamente donde debía bajarme. Volví a sonreír. Iba radiante, feliz y en paz, pensando en aquella chica y su  muleta.

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Leyenda y tradición

Cuenta la leyenda, que resucitó hecho niño. Que regresó a los brazos de su madre entre lágrimas de alegría, porque encontró lo perdido, porque le devolvieron lo arrebatado, porque la vida retornó tras la muerte. El hombre crucificado y la madre devota. Niño Jesús y María Madre, resucitando en domingo, bailando frente a frente celebrando la felicidad.

Cuenta la leyenda, que en un pueblecito de la Vega de Granada, lo hicieron a su imagen y semejanza, aupándolo a lo más alto, y junto a San Miguel, guardan nuestra iglesia. Escoltado por culleros, sube a las alturas cada Semana Santa, y en su último día, prende las calles, convirtiéndonos a todos en petarderos.

Cuenta la leyenda, que en Cúllar Vega, el ruido se convierte en espectáculo y que el humo viste de gala el Domingo de Resurrección. Que los petardos son girones de sentimientos que se lanzan al paso del Resucitado, lágrimas vestidas de pólvora y chinos, tronando de alegría año tras año. El suelo nos teme y el cielo nos adora, y él, bueno, él, quiere resucitar otro año más, para sentir el calor de la gente de su pueblo, que a fuerza de recordar ha convertido una leyenda en tradición.  

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Indiscubiertos

Se avecina futuro.

El 6 de mayo está a la vuelta de la esquina. Cargado de comuniones, con una final de Copa del Rey aún por definir, pero sobre todo marcado por el nacimiento de un festival de música indie de bandas emergentes. En este rinconcito de la Vega granadina, la ilusión le puede al miedo, el riesgo es un mal menor, y que coño, nos encanta la música. Por eso se han lanzado a la piscina, y con un presupuesto pequeño han organizado un gran festival, el primer festival de Cúllar Vega. Londres, Cantabria, Barcelona y Cúllar Vega, cuatro patas para organizar y sostener este evento, que más pronto que tarde crecerá como la espuma y dará que hablar, más de lo que ya se habla. Muchos son los que quieren acudir y mostrarse, y muchos son los que se quedaran fuera. Sólo (con tilde) unos pocos son los privilegiados que prenderán la mecha de lo que ha de venir.

Porque se avecina futuro.

El 6 de mayo es sólo el principio y espero veros a todos allí. Apoyando y disfrutando. Haciendo que un sueño se cumpla. El de las bandas que tocan, queriendo llegar tan alto que los recuerden como Supersubmarinas, Vetustas o Shinovas; bandas que sueñan con escenarios gigantes, miles de fans y los mejores festivales. Quizás este sea el trampolín que les impulse a dónde ellos quieren llegar. Y el sueño de aquel que hace años imaginó un programa de radio que hoy se ha hecho carne. Indie al descubierto nació sin otra pretensión que la de dar a conocer este estilo de música. Y vaya si lo está consiguiendo. Año tras año ha crecido, madurado y cambiado, sin olvidar su esencia. Hasta llegar aquí. No. Esto no es un festival más. Es una reunión de amigos a quiénes le gusta la música y quieren que siga sonando. Savia nueva en el panorama musical y un pequeño empujón para los que quieren vivir de esto. Hagamos del 6 de mayo un día inolvidable y llenemos este pequeño pueblo, de Indiscubiertos.

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Millennial

Me cuesta comenzar. Borro lo escrito y vuelvo a empezar, rebuscando las palabras adecuadas para describirte, para describir los sentimientos que me arrancas. Le doy vueltas a la cabeza abriéndome paso entre la maraña de letras que se enredan a mi paso, tratando de desenredarlas y encajarlas para hacerte entender cómo has llenado la vida de tantos y trayendo contigo una felicidad que sólo comprenderás cuando tengas hijos. Allá vamos…
Fuiste el cuarto de nosotros, heredando el nombre de tu bisabuelo, abuelo y padre, una línea temporal que te toca continuar cuando yo ya no esté. Santi siempre fue y será un gran nombre. Naciste pequeño, como todos, aunque yo te veía más chiquito que a ninguno. Creciste, feliz, sin duda, marcándose esa felicidad en tu rostro, con dos hoyuelos que asoman cada vez que sonríes. Y lo haces mucho. Espero que no pierdas esa costumbre nunca, porque con el tiempo descubrirás, que una sonrisa, es sanadora. Has desarrollado unas cualidades envidiables. Constancia, tesón, fuerza de voluntad. Todo unido a esa inteligencia de la que gozas. Aprovéchalas, sácales partido y demuestra de lo que eres capaz. No sigas mi camino en ese aspecto, y no desperdicies lo que tienes. Ojalá puedas llegar tan lejos como tú desees, y consigas la vida que sueñes. Has luchado mucho y deberás seguir haciéndolo, pero ya sabes que mamá y yo, estaremos siempre ahí, para ayudarte y verte triunfar, para consolarte cuando lo necesites y sobre todo, para seguir viéndote sonreír. Fuiste nuestra “pequeña gran revolución” y ahora eres nuestro “Millennial”. Con que canción te definirá el futuro?
PD: A mi Millennial. Que se preparen los Titanes, porque vas a comértelos a todos.

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A ciegas (y los sentidos abiertos)

Un antifaz ocultó el camino de baldosas que nos habría de llevar hasta la oscuridad menos temida. Despertó el oído al cruzar la entrada, persiguiendo la música relajante que inundaba una estancia que imaginamos sin acierto y afloró el tacto cuando el agua caliente rozó nuestros poros al lavarnos las manos. Delicadamente, sin prisa, cómo si quien lo hiciera, se lavara las suyas propias y esas mismas manos (creo), fueron el faro que nos guio hasta nuestro lugar. Sentados, intentamos afinar la vista, que perseguía sombras luminosas tras la máscara. Pequeños faros que trazaban un mapa de las mesas que conformaban nuestras cercanías (o eso me parecía a mi). Las voces fueron el ariete de nuestra imaginación, derribando cualquier imagen que creíamos tener de la compañía que teníamos alrededor. Nombres y voces sin rostro compartiendo inseguridades. El menú comenzó a desfilar y con él prendió el olfato. Platos de comida delante de nuestros invidentes ojos que comíamos torpemente, haciendo explotar al gusto, mientras tratábamos de averiguar qué sabores eran aquellos que rondaban nuestro paladar. Un ejercicio de fe y adivinanza, dónde el secreto quedará en secreto. El vino no faltó, reposando en copas invisibles, sólo hechas carne cuando mis manos las descubría. La música no dejó de sonar, ni las palabras que nos acompañaron en aquella historia, hecha experiencia. Fueron asomando las sorpresas que encerraba la oscuridad, erizándonos, emocionándonos, antes de levantar el telón de nuestros ojos y que todo acabara. Y todo esto nos dejó abierta la puerta de la memoria para grabar con una sonrisa una cena llena de sensaciones, de la que aún queda mucho por descubrir…

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Desconexión

Llegó “Mi primer atraco” y con él, todo lo que había de venir. Volvíamos de Almería, escuchando kilómetro tras kilómetro, cada uno de los temas que nos regalaron con su primer LP. El fin de las vacaciones tenía una banda sonora: Full. Regresamos con la ilusión de nuestro primer Granada Sound, al que fuimos sobre todo, por verlos a ellos. Y es que ellos, fueron la salida de todo lo que hemos vivido después. Conciertos, festivales y ratos inolvidables de música sin descanso. Ahora nos dicen “Adiós”, por tiempo indefinido, aunque a mi me suena a despedida de por vida. Sólo basta con haber estado en su última actuación en Granada, para darse cuenta de que entre ellos, se han desconectado.

No eligieron la mejor sala para su última actuación en esta mágica ciudad, mi ciudad, mi Graná. El cine de antaño, Aliatar, es una sala amplia, circular, con gradas en alto y decoración llamativa, pero con una acústica poco apropiada para conciertos. Desde el fondo, se escuchaba un zumbido constante y los instrumentos, se solapaban por momentos, ahogando la voz de Javi, que a veces parecía que gritaba más que cantaba. No. No es que ellos lo hicieran mal. Son una banda con hechuras, que saben lo que hacen, pero aquella sala, les restó. Y aun así, supieron manejar los tiempos, engarzando temas de sus tres trabajos en estudio con maestría. Un público entregado coreó sus canciones, caldeando el ambiente entre saltos y bailes, y aun así, sobre el escenario, había frialdad. Estaban desconectados entre ellos, cada uno a lo suyo, cumpliendo con su instrumento sin pasión, sin divertirse, pasando el trámite sin pena ni gloria, y todo pese a los esfuerzos de Javi por intentar explicar la despedida y convencernos de que lo importante de Full no son ellos, sino su música. Tanta es la distancia que hay entre ellos, que ni siquiera presentó a los miembros de la banda. No hubo nombres, sólo algo genérico llamado Full.

No fue el mejor de los conciertos, pero en el fondo, por lo que representaba, fue bonito. Nos despedimos de una banda alejada más que desconectada y que ahora más que nunca, siguen sin saber “Quiénes son realmente”…

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Día de partido

Nervioso, impaciente, deseoso. No llegaba la respuesta que esperaba y el tiempo corría. No se si en mi contra o a favor, pero corría. Demasiado rápido si lo pensaba, irritablemente lento cuando lo necesitaba. Levantaba el móvil esperando ver iluminada la pantalla, y seguidamente lo volvía a poner bocabajo. Nada. Ni una sola señal. El silencio más absoluto. Se colaba en esa espera la desesperación que aceleraba mi pulso aun más. Notaba como los nervios jugaban con mi corazón, haciéndolo querer salir de mi pecho y buscar un lugar más tranquilo dónde habitar. Mi pierna no dejaba de moverse. Movimientos regulares, rápidos, incansables, tratando de apaciguar unos nervios, que no entienden de tranquilidad. Resoplaba, respiraba hondo, expirando todo el aire que necesitaba para vivir y que ahora estorbaba dentro de mi.

Una vibración en la muñeca fue el aviso. Miré el reloj con desesperación y allí estaba. “Ya”, rezaba el mensaje. Había un momento tan largo por disfrutar tras aquella palabra tan corta, que ni la imaginación podía imaginarlo. Mi mujer seguía en el gimnasio y los niños en sus actividades, y todos tardarían en volver. Así que cogí unas cervezas bien frías y me dirigí a la casa del vecino. Caminé lento, tratando de disimular la impaciencia que me recorría. Toqué a su puerta. Un golpe firme y seco. Me abrió su mujer, que salía con sus hijos. Se iban al cine mientras nosotros veíamos el partido. Nos miramos con una sonrisa y se despidieron con un beso, que yo deseé con toda mi alma. Cerró la puerta cuando su familia hubo subido al coche y se alejaron. No hubo palabras, tan solo miradas mientras puso la tele, subió el volumen y dejó puesto el fútbol. Abrimos una cerveza cada uno, brindamos y aquel beso que había deseado hacía tan solo un momento, fue entonces mío. Ya no había impaciencia, ni nervios, ni esperas. Entre trago y trago nos desnudamos, dejando asomar nuestras ganas, y entre caricias, volvió a nacer la pasión. Nuestro secreto asomaba con cada partido, partidos que jamás veíamos, aprovechando el tiempo que nos brindaba la excusa del fútbol. Y no es que no nos gustara el fútbol, es que nuestros cuerpos, eran más interesantes…

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Sentimiento y sensibilidad (by Sienna)

Con él, empezó todo. Hace ya un tiempo indefinido que volaban sus canciones a través de mensajes. Lo descubrimos y nos descubrimos en cada una de sus letras, que nos rozaron la piel y el alma, como ahora nos rozamos cuando nos tenemos frente a frente. Fue la excusa y la razón de lo que tenemos ahora.

Como no hay dos sin tres, el viernes repetimos. Volvimos a caer en las redes de Sienna y volvimos a descender esas escaleras plateadas, que conducen al escenario de la Planta Baja. Da igual izquierda o derecha, porque al llegar abajo, todo lleva al centro. Llegamos a tiempo, abandonando al retraso que nos quería liar de nuevo, para no perdernos ni una sola nota esta vez. La sala llena y el ambiente impaciente. Gente conocida y otros muchos desconocidos abriendo los sentidos para lo que comenzó puntualmente.

Camisa negra transparente. Sonrisa gigante hundiendo para siempre la melancolía sobre la que lo vimos en su último concierto. Comenzó con lo último, y a ello, le fue añadiendo temas de uno y otro disco, sin desafinar, sin desmerecer ni una sola canción. Una garganta envidiable para llenar de sentido y sensibilidad sus letras. Nos habló, contando los porqués de sus letras, agradeciendo nuestra presencia, como si nosotros fuéramos los artistas, pero sobre todo, disfrutó. Se notaba en su sonrisa, en sus gestos. No se dejó nada en el camino. Las luces acompañaron con maestría cada tema, que rozaba su corazón de vez en vez, haciéndole cerrar los ojos a cada tono que nos regalaba. Temas lentos transformados en potentes, que nos hicieron bailar a ritmo de la batería que por momentos ocultaba su voz, y unas guitarras y bajos, que jamás se saltaron el guion. Se apoyó en el piano para dar comienzo a algunos de sus temas, pero lo abandonaba cuando todo cobraba fuerza. Y todo en “petit comité”, todo cercano, todo inolvidable.

Me acordé de ti, Sergio. En como escribir esta crónica y poder llenarla del sentimiento y la sensibilidad, que él tiene. Eso que tanto te gusta (nos gusta) de él y que cuesta plasmar con palabras. Se que te hubiera encantado verlo y sentido junto a nosotros, pero valga este resumen como regalo para un mínimo acercamiento a todo aquello que sentimos, otro viernes de concierto.

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Viva Suecia

Caliente. Así fue la noche del sábado.

Casi un año después asaltamos de nuevo La Copera, esta vez como impostores. Dijimos ser quiénes no éramos para colarnos en el primer concierto de la temporada, y uno de los mejores en mucho tiempo, aunque eso no lo sabríamos hasta que hubo terminado.  Palpitaba la incertidumbre por no saber que nos encontraríamos. Y es que “El amor de la clase que sea”, se convirtió en controversia nada más publicarse. Viva Suecia cambiaron de discográfica y arriesgaron con evolucionar, dando un salto hacia el pop en su sonido, que aunque siempre reconocible, perdió su identidad cuando aflojaron las guitarras y la batería. No sabía como encajarían toda la potencia de sus trabajos anteriores con la “suavidad” de estos últimos temas. Y he de reconocer, que lo supieron hacer a la perfección. Recorrieron el disco casi entero. Sólo faltó una canción por tocar. Y sonaron bien. Fueron conscientes de quienes fueron y quienes son, así que en la mayoría de ellas, sumaron las guitarras de siempre, aunque fuera de fondo, en un estridente pero fantástico eco de su sonido, para llenar de Viva Suecia sus nuevas melodías. Batería potente a pesar de todo y un bajo que no perdía ritmo. Buen hacer en el escenario, con risas, besos y bromas. Todo delante de una pantalla gigante que vistió el espectáculo de inolvidable. Supieron encajar a la perfección todos sus temas, llevando al público en volandas hasta el éxtasis. Tarareamos sus letras, gritamos sus canciones, saltamos, bailamos. Bajaron hasta nosotros y nos llevaron a lo más alto. Hicieron guiños a temas de otros grupos y Niños Mutantes les acompañaron en el escenario en unos de sus mejores temas del último disco. Y Gema, llevabas razón. Para acabar, ya sabes cuánto me gusta “Amar el conflicto”.

Fría. Así nos recibió la noche al abandonar el local. Después de hacernos arder los de Murcia, regresamos con una sonrisa en la boca y con ganas de más. Porque Viva Suecia, han sido sólo el principio…

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