El gimnasio

Parece que fue ayer, pero han pasado 15 años ya. Caminamos juntos por la calle. No va de mi mano. Ya no necesita la vigilancia de antaño, aunque mi preocupación siga siendo la misma, pero a él no se lo digo. Ha aprendido a defenderse, a pensar, a decidir por él mismo, siguiendo tal vez, lo que ha visto de mí, pero con iniciativa propia, con ideas propias, con decisiones propias. Habla conmigo mientras caminamos, contándome lo que él quiere contarme, nada más, porque el resto, como de todos, pertenece a su intimidad. Secretos que tuve y que ahora le toca a él guardar. Camina a mi lado, mirándome desde las alturas, porque ya me sobrepasó, desde ese lugar desde el cual yo lo miraba no hace tanto. Casi metro ochenta de felicidad, de bondad, de ganas, de vivir, de mejorar, de querer seguir creciendo. Y crece, por días, no sólo en altura, en ese tipo de persona en la que se ha convertido. Atrás quedó el niño, y el adolescente está a un paso, de convertirse en un hombre. Caminamos, cada vez más cerca del gimnasio. Hora y media de ejercicio, hora y media de compartir lo que tanto deseaba compartir con él. Padre e hijo, amigos de tantas cosas. Y sonríe, orgulloso de su padre, de tenerme junto a él. Lo que no sabe, es que la mayor sonrisa y el mayor orgullo, lo siento yo, al poder estar a su lado…

PD: A mi hijo, Santi, por ser sobre todo, buena persona. Eres capaz de lo que te propongas y eres mi mayor orgullo.

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Todo el tiempo. Siempre

Acabamos en el centro, allí dónde confluyen todos los caminos.

Pero habíamos empezado en la periferia. Pitufo en mano, acompañado de café o cola cao, eso lo decidió la edad. Nos volvimos a ver, tras mucho tiempo, con la misma sonrisa, con las mismas ganas, con el mismo cariño. Amistad en la distancia, incombustible, inacabable. Arrancamos en el piso de la abuela, hoy tuyo, reformado, pequeñito, acogedor. El hogar de un gato y su dueña. A partir de ahí, nos encaminamos al centro de la ciudad. Una Málaga desconocida para mí, se fue descubriendo majestuosa, urbanita, modernamente antigua, familiarmente parecida a mi Granada en algunos tramos, y tan diferente en otros. Una catedral a medio terminar, rodeada de miles de calles, formando una tela de araña, donde sobrevivían pequeños bares, dando de beber y comer a los visitantes. Iglesias , teatros y cines, dando personalidad a una ciudad, que late con fuerza, y se reinventa, año tras año. La Alcazaba fue la parada antes de dirigirnos al puerto. La vimos de cerca, y de lejos, imaginándola en la noche, iluminada bajo un cielo estrellado. Olía a mar, y sus aguas embadurnaban todo con la humedad que se les presume. Barcos, y veleros descansaban en los muelles, esperando que alguien los dejara libres para volver a navegar. Nosotros buscamos un lugar de avituallamiento, y lo encontramos en el Muelle 1. Allí, comimos, bebimos y reímos, recordando historias, imaginando finales más felices, y uniendo aquella amistad un poquito más. Regresamos sin la brisa que había refrescado nuestra ida, y más cansados. Café en mano nos despedimos, emplazándonos para la siguiente, aquí o allí, da igual, porque lo importante era volver a vernos. Y es que esta amistad que nació casi por casualidad, la mantenemos hoy viva, y espero que así sea todo el tiempo, siempre…

PD: Para Fany y Alicia. Por no dejar que la distancia nos separe.

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Allí donde solíamos buscar…

De nuevo en estado anterior. Otra vez soltero, que no solo, porque nunca estamos solos, y de nuevo repetimos patrones. Mostrarle al mundo lo maravillosa que es ahora nuestra vida, la de cosas que hacemos desde que ya no estan con nosotros, las metas que somos capaces de alcanzar, como si antes hubiéramos tenido un freno que no nos dejaba avanzar. Estados en los buscamos o damos excusas, para mitigar el dolor de la ausencia, para vestirnos de mentiras y no reconocer que nos gustaría seguir a su lado y que la vida sin él/ella, es un poquito menos feliz. Entramos en el juego de tratar de hacer daño sin que se note, de empujar a que pique, a ver si despiertan unos celos que nos tranquilicen y se abra una puerta a la esperanza. Nos olvidamos de todo aquello que dijimos que jamás haríamos, y lo hacemos a diario, dañándonos, más que dañamos. Entramos de lleno en suelo de la incoherencia, lodos inestables que desmoronan nuestro mundo sin querer. Buscamos en resumen, sobrevivir, que no duela. Andamos tras la felicidad en lugares distintos, en variadas personas, en multitud de eventos, olvidando el único lugar donde la encontraremos: nosotros mismos. Olvida, aunque cueste. Piensa sólo en ti, aunque parezca egoísta. Demuéstrate de lo que eres capaz, sin importarte los demás. Vivir para que te vean, te distrae de verte como eres realmente. Y es justo ahí, donde deberías buscarte…

PD: A Yampi, y su dolor pasajero. Todo pasa y todo sana. No te pierdas en el camino de regreso.

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Nuncas y siempres

Llegamos como salimos, a cuentagotas. Un desfile constante y finito de amigos, devorando kilómetros en busca de nuestro particular Verano Azul. Siempre fuimos los mismos, o casi, y nunca perdemos la oportunidad de escapar en Julio, dando rienda suelta a la diversión y a la desconexión. Nos parecía mentira poder estar allí, huyendo del estrés, de la rutina, de la vida que nos toca durante los 362 días restantes; deshaciendo de nuevo las maletas, sacando de ellas la ilusión y las ganas acumuladas. Así aterrizamos en nuestro castillo de arena, tan lejos y cerca a la vez del mar, y como siempre, fueron los restaurantes, refugio y testigo de nuestra compañía. Comidas y cenas alimentando a unos Pellejeros ávidos de risas, abrazos, confesiones y alcohol. Casi nunca tuvimos el vaso vacío, sólo justo antes de llenarlo, para empezar de nuevo. Fueron los kayaks sufridores de nuestros cachondeo, y aún así, nos llevaron hasta Maro, viaje de ida y vuelta, hacía la costa de Nerja. Pasó España a pesar de algunos, aunque esa victoria no nos llevara a ninguna parte, y entre baño y baño, en un agua desnuda y transparente, jugamos a las cartas, salimos a la plaza con sabor a helado, y comprobamos como siempre,  que nunca dejaremos de ser invisibles. Hubo comida, como cada sábado y se volvieron a colar las lágrimas, y el nuevo presidente, asumió su cargo con una ilusión jamás vista. Ilusión y responsabilidad a partes iguales, y un bastón de mando, que no deja de pasar de mano en mano. Y se nos fueron los días, alargando las noches, estirando las horas, tratando de detener el tiempo para no tener que regresar. Misión imposible… Pero creo, que podemos decir, que como siempre, lo pasamos como nunca…

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Rompeolas

Gritan las olas al tocar tierra, dejando tras de sí, un manto de espuma blanca. Murmullo constante de agua, en un vaivén infinito, que trata de mecer al tiempo, para dormirlo y que se detenga  aunque sólo sea un momento. Se deshace el mar al final de su recorrido, y se vuelve a recoger, recomponiéndose, siendo lo que siempre fue y lo que siempre será. El viento, que mueve los hilos elevando las olas, contándolos y dejando caer las mismas aguas, que hace tan sólo un momento, él levantó. Es carne de mareas mientras la Luna mande, extendiendo o acortando sus aguas, bajo el influjo del satélite.

La arena, testigo mudo de travesuras, de amores, de antaños y de futuros. Tierra mojada, húmeda de mar, balcón de horizonte y descanso de viajeros, soporta estoica las embestidas del mar que quiere ablandarla, someterla, pero sólo consigue compactarla, convirtiéndola en masa de futuros castillos. Imaginación e ilusión llenando cubos y moldes, construyendo diques o piscinas, para contener lo incontenible.

Y así pasan la vida, enzarzados en  la eterna lucha, agua y arena, olas contra tierra, discusión sin consenso. Acunándose el uno al otro, porque en realidad, no pueden ser uno, sin ser dos…

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Ruinas

Regresó el primitivo a su playa. Dibujó el perfil del mar, a través de la carretera que lo recorría. Kilómetros de asfalto que alejaban de un lugar, en la misma proporción que acercaban a otro. Escoltado por un horizonte constante, se fue acercando segundo a segundo, atraído por el olor a sal y la parsimoniosa quietud, de aquel tranquilo pueblo. Desembarcó en su Isla, como siempre hizo, y saludó a sus gentes, recogiendo y dando recíprocamente, el cariño que ni siquiera la distancia logró borrar. Palabras, gestos, relatos de vida, que pusieron contexto a aquella nueva visita. Secretos y confesiones, entre las que descubrieron el verdadero valor de algunas personas, y la decepción que dejan a su paso otras.

Volvió el primitivo a su paz, a redescubrir lo que ya conocía, a través, esta vez, de otros ojos, con la misma ilusión y ganas que los de él. Con la compresión por bandera, y el respeto siempre por delante, anduvieron hasta el Castillo, dónde una vez Daneris, dicen que habitó. El Faro giraba sin parar, avisando de la tierra a los más ciegos, y alumbrando la tarde que ya caía. Subieron un poco más, y pasearon sobre la historia. Minas huérfanas hoy de hierro, de las que sólo quedaban restos y ruinas. Un sol ya casi apagado, languidecía sobre ellas, tintando todo de serenidad y belleza. Nos esperaba la Playa de los Muertos, virgen e inmaculada, por los siglos de los siglos. Regresaron, felices, entre sonrisas, sin nada que esconder. Porque el tiempo pasa sin remedio, para la vida, para los hombres, para los sueños y las ilusiones. Los castillos, las piedras, los recuerdos de otros momentos en el mismo sitio, son hoy, ruinas, y comienzos a la vez…

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Nunca te canses de oír

Acabamos como acaban los conciertos, con la luna como testigo, repletos de satisfacción y con el deseo de más, de mucho más, de repetir lo que durante tanto tiempo se nos negó. Pero habíamos empezado horas antes, allí dónde la hospitalidad se hace carne, y la fiesta cobra su significado. Con una barra por bandera, la música desplegó sus alas, convirtiendo una tarde cualquiera, en inolvidable. Unas manos expertas, fueron regalando canciones sin cesar, colándose entre las copas que siempre estaban llenas. Cristales llenos de contenido, que fueron despertando nuestras ganas de seguir escuchando ese Indie, que tanto nos da. Y cargados de euforia, llegamos al Cortijo, y vimos como se obró El Milagro. Retornaron las guitarras, asaltando el silencio que tanto tiempo fue, cubriendo aquel descampado de música, de nuevo. Se notaba que había ganas, sobre, y frente el escenario. Volvieron los puños al aire, los coros al cielo, y la cerveza a brotar. Y amarrados a nuestras sillas, coreamos cada una de sus canciones, devolviendo a la vida unas gargantas que parecían apagadas. Repasaron antiguas y nuevas, himnos reconocibles que nos abrieron en canal y deseamos que aquel concierto no tuviera fin. Y volveremos, a verlos, a Viva Suecia y a otros, porque mientras no nos cansemos de oír, seguirá viva la música…

PD: A Choco, Ana, Gema y Amanda, abanderados del retorno.

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Sábados

Lunes, recuerdos… Se amontonan las ideas en mi cabeza, tratando de hilarlas para que cobren sentido, y conseguir con ellas, que el olvido no se imponga.

Sábado. Despertamos antes que el sol, dispuestos a subir nuestra Sierra, camino de los Lavaderos de la Reina, buscando en ellos, la belleza del deshielo. Paso a paso, ascendimos lomas y picos, dejándonos caer hacia los valles que se escondían tras ellos, resbalando por neveros casi perpetuos y pisando suelos empapados, que lentamente, y con la incesante ayuda de hielo derretido y del tiempo, se transformaran en pequeños ríos, transportando el agua, que no hace tanto tiempo, fue nieve. La naturaleza había marcado aquel lugar, regándolo con el sonido continuo del agua. Pequeños riachuelos aquí y allá, en busca de una desembocadura mayor, y cascadas que rompían un silencio, surcado por el entrometido viento, que borra todo rastro de tranquilidad. La paz de la naturaleza nos envolvió, y entonces apareciste tú…

Sábado. Nerviosismo y miedo aupados a la Honda, junto a la ilusión del primer viaje en moto. Me amarré a tú cintura, seguro de que agarrado a ti, nada malo podría suceder. Nos esperaba el Veleta, meta de nuestro viaje. Serpenteábamos al ritmo de la carretera, escoltados por roca y pinos, cada más cerca, cada vez más alto, agrandando mi amor por ti, a cada metro que subíamos. No había nadie como mi padre. Eras mi ídolo, un casi Dios, que me llevó a la cumbre Nevada, dónde casi tocamos el cielo, allí dónde los deseos se podían cumplir. Quién imaginaba entonces, lo que había de venir…

Sábado. Comimos con mamá, y tu silencio de días, nos arrancó un pellizco en el estómago. De aquel día recuerdo mi enfado hacia ti. Por destrozar el pedestal en el que te había puesto, por demostrarme incasablemente que yo estaba equivocado, cuando ponía la más mínima esperanza en ti. La destrozabas sin remordimientos, desatando en mí tormentas de rencor y de odio, alentando deseos malignos para ti, sin tener que ascender a ninguna cumbre. Ya no protegía tanto tu regazo, y la magia que despertabas en tus hijos, no surtía efecto.  Recuerdo que subí con desgana, pero protegiendo al mediano. Si había de encontrarte alguien, debía ser yo. Y te encontré…

Y te volví a encontrar el Sábado, de nuevo en las cumbres, entre la belleza de la Sierra, esa que tan bien conocías y tanto amabas. Te encontré entre los sentimientos que despertaron en el ascenso, en tu recuerdo, en el paisaje, incluso en el silencio y en la tranquilidad de la soledad que busqué, cuando nadie miraba. Y te encontré, en paz, sin odio ya, con el único deseo de que hayas encontrado lo que buscabas. Y espero encontrarte una mil veces, entre la música, en los libros, en las lecciones, pero nunca más, como te encontré aquel sábado…

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El olvido que seremos

Felicidades otro año más, papá. No estoy seguro de cuántos te hubieran caído, pero si sé, que hubieras dado lo que fuera por cumplirlos. Por aquí todo sigue igual, incluido lo extraño de los años, que parecieran inmóviles, y en realidad no dejan de avanzar. Evoluciona el mundo, y nosotros, aunque no seamos conscientes, pero en este año que ha pasado, hemos sobrevivido a una pandemia, que nos mantuvo confinados, como a ti, pero con la diferencia de que estamos regresando a nuestras vidas lentamente, y la tuya jamás volverá. Esperábamos ser mejores tras este tiempo, haber aprendido a ser más humanos, a ayudarnos más, escuchar y tener paciencia, pero mucho me temo que no es así. Incluso hemos empeorado, me atrevería a decir. Bastaría con que escucharas a nuestros políticos para saber, que seguimos en guerra civil, esta vez sin armas, en este bendito país. Partió en tu busca Alberto Cortez, flotando sobre su música, dejándome tu  recuerdo en cada canción, nostalgia contenida de domingos ausentes de ti. Siempre se van los mejores. La familia sigue creciendo, tu familia, porque siempre serás parte de ella; no en número, pero aquellos nietos pequeñitos que dejaste, son ya adolescentes que apuntan alto, y el más pequeño, va por el mismo camino. Y yo, bueno… encontré otro trabajo, sigo siendo la misma persona nerviosa que era, y en cuestiones de mujeres, ya sabes, soy como Clodomiro, me defiendo panza arriba. Escribí mi primer libro. Estoy seguro que te hubiera encantado leerlo, aunque alguna pega le hubieras puesto. Supongo que seguiría sin cumplir tus expectativas, aunque sé que estarías orgulloso de mi. Porqué tal vez no fui el hijo que esperabas que fuera, pero te aseguro, que te quise como el mejor de los hijos. Y aquí sigo, recordándote año tras año, porque mientras yo siga vivo, tu no serás jamás, ese olvido, que en algún momento, todos seremos…

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Parkour

Miro el paisaje, calculando cómo lo atravesaré, imaginando cada valle, cada montaña, cada obstáculo que deberé salvar, y midiendo milimétricamente, el esfuerzo que tendré que hacer para llegar a mi objetivo. Respiro hondo, hinchando mis pulmones de ilusión, de ganas, cogiendo todo el aire que puedo, mientras froto mis manos de deseo y de reto. Y ahí vamos…
Empiezo por lo más bajo. A tus pies comienza todo. Rozo con mis labios unos dedos pequeños, mientras mis manos rozan tu empeine, buscando un lugar donde asirme, y así poder trepar al siguiente escalón. Esas son tus piernas, cortitas pero fuertes, fruto del esfuerzo diario. Doloridas pero incansables, las escalo lentamente, midiendo cada uno de mis tactos, para no dañarlas más, pero trazando un avance hacia arriba. Me apoyo en ellas mientras me agarro con fuerza a tu cintura, desde donde veo la infinita belleza que me espera aun más arriba. Busco recovecos en cada pliegue de tu piel, para no caer, y porqué no decirlo, para sentir la belleza que esconden. Me aupo, otro tanto más, y ruedo por torso, sintiendo su esponjosidad, y allí quisiera quedarme para siempre, sino fuera porque quiero seguir subiendo. Continúo, llegando a tus montañas. Me siento en ellas, a contemplarlas, y ver el acantilado que dejé bajo ellas, allí donde rompen las aguas de mi deseo. Me recuesto en ellas, cálidas y acogedoras, robustas y preciosas. Las recorro sin miedo, sin pudor, sabiendo que después de ellas, sólo queda el cielo…

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