De doce a doce y cuarto

Aún no ha amanecido y vuelve a gritar. Un día tras otro, sin descanso, sin importarle mi cansancio acumulado ni las pocas horas de sueño que he tenido. Egoísta como él sólo se empeña despertarme, arrancándome del descanso que todas las mañanas se me antoja escaso. Es el trabajo que le impuesto y obedece, aunque hay días que estamparía el despertador contra la pared para acallar su maldito pitido. Y así vuelvo a la rutina cada mañana, a contraluz, saliendo de las sombras que proyecta la Luna para abrazar la claridad que me brinda el Sol. Cuesta, abrir los ojos, dejar entrar la vida tras el letargo nocturno que me ha hecho desconectar de la realidad y llevarme a través de los sueños que cada noche inventa mi mente, y que luego, soy incapaz de recordar. Tengo claro que he estado en millones de sitios y que he vivido más de una aventura, pero nunca se ni dónde ni con quien. Mi cuerpo pesa, me puede el cansancio y hago promesas que luego no cumpliré. Me engaño diciendo que al caer la noche me acostaré antes, y haré todo lo que las noches anteriores no hice, que en realidad es sólo una cosa, dormir más horas. Así comienza mi día, entre mentiras, y así pasan las horas, convenciéndome de que estas noche si, está noche, me voy a dormir de doce a doce y cuarto…
A todos los que no sabemos dormirnos pronto, por mucho que nos pese…

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Sueños de sofá

No era la primera vez, tampoco será la última que tenga que huir al sofá para protegerme del fuego cruzado entre tu y yo. Días en blanco, de soledades impuestas por ti. Poco a poco has ido transformado en hielo todo lo que tocas, borraste la palabra “ilusión» de tu diccionario y pretendes arrastrar la mía también hacía la oscuridad de la rutina. Días sin sexo y sexo sin pasión, no se que es peor, cumpliendo a regañadientes por tapar mi boca y dejar de oírme pedir algún halago que vuelva hacerme sentir tan deseado como querido, dándome la ración necesaria que sacie mi sed de cariño y roces. Y hasta la próxima… Las salidas se han transformado en paseos, a solas con mis pensamientos, porque son los únicos que me acompañan. A ti esto de andar te cansa tanto como la vida que tenemos. Así que te limitas a sentarte, a no hacer nada, a dejar que los días mueran, lentos, dolorosos, como nosotros. Entreguerras que minan nuestro corazón sin saber que decir y donde pisar, para que no nos estalle en las manos. Me alejo de ti, otra noche más de discusiones, para ni siquiera, tener que olerte. Los olores siempre traen algún recuerdo, y no quiero que alguno de ellos, me juegue una mala pasada. Y es aquí, en el sofá, donde soy consciente de todo. Porque la distancia que hay entre tu y yo, no es sólo de unas habitaciones. El vacío se ha instalado, huele a desierto y aprieta la sed. Aquí lucho por sobrevivir y sueño con otra vida, con felicidad infinita, con mares de esperanza y por un momento pienso en poder reunir el valor suficiente para tomar decisiones y acabar con esta guerra silenciosa que está acabando por destruir nuestro mundo. La amenaza fantasma de nuestra cobardía nos llevado hasta aquí. Así que tumbado en mi sofá me pregunto, a quien podré consultar que hacer, si no tengo almohada…

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…y tres

Uno. El comienzo de todo, el primer paso, la salida. Tras él, la nada más redonda, todo lo negativo que puedas imaginar y que aún más, deseas olvidar. Aquello que dolió y que hoy te hace un poco más desconfiado, o cuidadoso, como lo quieras ver aunque ambas cosas te restan libertad para ser completamente feliz. Uno, impar, caminando sólo, buscando sumar para ser más, atisbo de esperanza de lo que ha de venir, que como mínimo, será el doble.
Dos. La continuación, el siguiente paso tras el primero, el segundo que no te puedes perder. El estrecho margen, par, por supuesto, que hay entre el principio y el final, la trama. Los besos en la frente, ahí, justo en medio, entre ceja y ceja. La inminente llegada del siguiente paso, el que nos ha de llevar al final. La pareja perfecta, el sonido constante en “D» mayor. El penúltimo, la casi acabada cuenta atrás.
…y tres. El final. El salto al vacío, la sorpresa esperada, repetida, reiterada. Alegría desbocada, sonrisas infinitas. El abandono de la paridad y la transformación en cada vez más. Resultado de la unión de los anteriores, que decidieron sumarse para dejar de ser uno o dos. La meta, la puerta que te lleva a todas tus ilusiones. Las promesas cumplidas y la ilusión de las que volverán a venir. Las caricias, las esperanzas, el beso inesperado.
Las cosas más bonitas ocurren tras el tres. Uno, dos y …
A mí sobrino Javi. Para que no olvide nunca contar hasta tres

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La maceta

Ellos, venidos de otras tierras, más pobres, más oscuras, más esclavas, menos esperanzadoras. Huyeron, no buscando el paraíso, si no tan sólo, un lugar donde sobrevivir y poniendo en peligro lo único que les pertenecía, su vida, llegaron aquí. No eran lo que soñaban pero les bastaba para comer. Una asociación se ocupa de los niños, de los más vulnerables, de aquellos que aún sueñan con ser felices, de los que a pesar de estar lejos de su país, luchan por mejorar en este. Llevan días en la calle, poniendo precio a algo que no debería tenerlo, la solidaridad, a la ayuda para poder cuidarlos, cambiando macetas por euros.
Ella, nació aquí y aquí sigue. En el negocio de su padre, aquel que empezó como algo pequeño y que hoy da trabajo a tanta gente. No descansa, juntando las mañanas con las tardes al borde de las noches. Dicen que tuvo un amor, que le arrancó la sonrisa. Dicen que luchó contra la muerte y salió vencedora, y que a partir de ahí, vio la vida de otra manera. Volvió entonces su sonrisa, esa con la que te atiende, la que no borra de su cara. La que acompaña al cariño con que te trata, la tranquilidad que desprende, la paz con la que te deslumbra.
Ella y ellos se unieron, se ayudaron sin saberlo, porque aquella maceta que compraron, fue, alimento para ellos y reconocimiento para ella…

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Amores de vida

Buscamos hasta dejado de la almohada pero no lo encontramos. Aquel amor que nos teníamos huyó, cansado de la rutina y de no ver claro el futuro. En realidad tenía pánico del futuro que veía y en vez de hablar, se puso su traje de cobardía y se largó. Quedó el lado vacío en la cama cuando me fui, el izquierdo, el mismo donde ahora duermo solo, y te dejé huérfana de amor, de promesas, de futuro juntos, de planes inconclusos. Te aboqué a la tormenta, al desierto de la soledad, y ese hueco que queda entre la esperanza y el nunca más, al infierno de la ruptura. No quiero saber cuantas lágrimas derramaste, muchas más que las mías, y te aseguro que fueron bastantes, porque puedo soportar mi dolor pero no el tuyo. Sobreviviste, sacaste adelante tu vida y la de él, y por encima de todo, perdonaste. Nunca os he dejado solos, a pesar de mis idas y venidas. Y hoy por fin, vuelves a sonreír. Te vistes de ilusión para salir a la calle y te has mudado muy cerca de mi. Ya nada será como antes, pero lo que ahora tenemos, no quiero perderlo jamás. He comprendido que aquellos “que si tú, que si yo» eran todo “nosotros», una batalla entre mis silencios y tu acomodamiento. Hicímos saltar todo por los aires y con los años hemos construido algo nuevo. Ambos sabemos que no volveremos a estar juntos pero siempre serás mi gran amor. Tu perdón me ha dado la vida. Espero que mis palabras, te devuelvan aún mas la sonrisa.
PD: A Encarni, mi ex, mi amiga, la madre de nuestro hijo

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Sin grumos

Pili y Elo. Fue en el instituto, en aquellos desayunos que alargábamos a costa de las clases, cuando aún creíamos que nos comeríamos el mundo. Venía de repetir, tercero de BUP, que por entonces ESO aún no se llevaba, ni tampoco seguir las normas a rajatabla. No éramos malos, traviesos si acaso y muy buenos amigos. Por aquellos entonces odiaba a Héroes tanto como Elo los amaba, o eso decía yo, porque en fondo y en la intimidad los escuchaba. La edad y sus mentiras para caer mejor y que no te dejasen de lado. Y la falta de personalidad para hacer lo que realmente quieres hacer. Pili era más pija. Rubia de pelo largo, encajaba muy bien con Elo, de pelo negro (o eso quiero recordar) y look a lo Bunbury. Siempre juntas, sin importarles lo que pensara las gente. Y el pardillo con ellas (yo). Conversaciones en la barra de aquellos desayunos en La Frontera , cuando aún no tomaba café. Tal vez era demasiado joven para beberlo y para tantas otras cosas. Así que Cola Cao y media, tampoco había presupuesto para más, y hablábamos, del presente, de sus amores, que los míos eran más aburridos. No se si del futuro, aquello pasó hace ya tanto, pero lo que sí recuerdo perfectamente, es que fueron ellas las que me enseñaron a preparar ese Cola Cao frio sin grumos…

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Palabra de honor

No me pidas que prometa. No quieras obligarme a llevarme por un camino que tal vez choque frontalmente con mis principios, que me haga tener que decidir entre varias opciones de las que no me gusta ninguna y acabe por romper mi promesa, o algo aún peor, hacer algo que dije que jamás haría. Si hago algo es porque quiero, porque se ajusta a mi código, porque entra en mis posibilidades. Cuando te doy mi palabra puedes confiar en mi, puedes estar tranquilo de que haré todo lo que esté en mi mano para hacerlo y lucharé con todas mis fuerzas para cumplir con lo que te dije. Es cuestión de honor, de darle valor a mi palabra, de demostrar y demostrarme, que soy de confianza. Así que no me pidas que prometa. Las promesas se quiebran con facilidad, los juramentos se olvidan pronto. Mírame a los ojos si buscas seguridad, susúrrame al oído los secretos que necesites guardar, agarra mi mano ni necesitas cruzar el precipicio. Te doy mi palabra, de que te protegeré, de que guardaré bajo llave esos secretos y de que no te soltaré cuando cruces…

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Pinceladas de Verano

Llegaron por fin los balcones abiertos, las ventanas de par en par, dejándose invadir por el viento que mueve la noche y que trata de enfriar todo aquello que calentó el día, las calles, la vida y mi mente. Volvieron las sábanas arrinconadas en los pies de la cama y que no quitamos por la vergüenza de no ver un colchón desnudo. Regresó la lectura a la luz del verano, a las noches vacías de silencio, al cielo picadito de estrellas, que siempre está ahí, pero que sólo le prestamos atención cuando llegan estas fechas. Volvieron los sueños cortos y los días largos, los paseos llenos de gente que caminan sin rumbo, como el resto del año, pero ahora en manga corta. Llegan de nuevo las ganas de no dormir de noche porque las gastaste con la siesta y el sofá. Ya está aquí el Verano, sentado en terrazas, bebiendo tintos que llevan su nombre, alargando el insomnio hasta dormirlo de madrugada con los primeros rayos de luz, que hacen inservibles las cortinas que tratan de impedir que traspasen sus límites. Vuelven las vueltas en la cama, la búsqueda interminable de la postura perfecta, las pelea constante con la almohada, que no quiere oír ni por asomo, hablar de consultas. Repetimos verano, otro año más, tan diferente y tan parecido a los demás, regalando calor y días despejados, playa y vacaciones en turnos que deseamos que lleguen lo antes posible pero que no se acaben jamás…

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La Torre y la Princesa

Había una vez una Torre, alta, tanto, que había veces que la Luna la pasaba a acariciar. De estructura perfecta, simétrica, de ladrillos tan iguales, que parecía los hubieran clonado, fuerte y robusta, como se le exige a una buena torre, para que ni la tormenta más feroz, ni el Dragón más temible, pueda acabar con ella. Anclada al mundo, inmóvil, mostrando su esplendor a todo aquel que pasaba por allí. Y allí residía, en un mundo lejano, sin nombre, escondida tras el anonimato del desconocimiento de su existencia. Fue feliz desde que la construyeron, más aún desde que le dijeron que su cometido sería proteger a la más bella Princesa del mundo. Se sintió orgullosa y halaga por haber puesto en ella tan noble confianza. Aún recuerda el día que la conoció, el color de sus ojos, azules como el cielo que tocaba a diario, aquel pelo ondulado, como las escaleras de caracol que la recorrían; su cuerpo, perfecto, moldeado, lleno de curvas como su propia estructura. Estaban hechos el uno para el otro. O eso pensaba la Torre…. La Princesa se adaptó rápido a su nueva vida. Era fácil. Sólo debía esperar al Príncipe que la sacara de allí. De lo demás se ocupaba la Torre. Cocinaba para ella, limpiaba para ella, la protegía, incluso había noches, de esas claras en las que se ve el cielo limpio, que intentaba dibujar nuevas constelaciones para la Princesa. No había nada que le hiciera sentir mejor, que complacerla. No se sabe cómo ocurrió, pero un buen día, la Torre, cansada de vivir solo para la Princesa, comenzó a soñar con ser libre, de abandonar aquel lugar lleno tan sólo de princesa y buscar un futuro mejor lejos de ella. Intentó caminar, huir de allí, y sin poder dar un paso, se dio cuenta entonces, quien era el verdadero prisionero de esta historia…

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Luciérnagas

Es en la completa oscuridad donde mejor se ve la Luz. Cuando piensas que todo está perdido, que la vida no te da un respiro y que todo se vuelve contra ti; cuando se acumulan los desastres y crecen los problemas, cuando hasta respirar duele y la salida la cerraron a cal y canto, suele suceder, que aparece algo o alguien, “que te rescata del naufragio». Cuando menos lo esperas es cuando suceden las cosas. No va a dejarte la vida sin aire, aunque a veces te corte la respiración, ni va el mundo a expulsarte de tu casa por mucho que achuche. Siempre va a haber un techo, alguien que se preocupe por ti, aquellos que jamás te dejarán caer. Me sobra luz, resplandor incombustible que prende la llama de otros, de todos aquellos que la necesiten. Hagamos una cadena de “faroles», convirtiendo lo excepcional en cotidiano, haciendo de nuestro alrededor algo mejor, tratando de crear así, vidas mejores que se conecten entre ellas, tratando de cambiar conciencias y mejorar a las personas. Empecemos por algo insignificante, por nosotros mismos, y contagiemos a los demás, engrandeciendo nuestra vida y la de los otros. Brillemos, en el infinito, iluminando la oscuridad, como luciérnagas…

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