Eran sólo trazos, minúsculos destellos que surcaban un cielo negro y estrellado. La búsqueda de deseos nos llevó a tumbarnos en el límite de lo urbanizable, tratando de encontrar el alfiler perdido. Nos abrazamos a la tranquilidad, oyendo al silencio bramar y al viento murmurar, conversaciones nocturnas, que acaban cuando amanece. Nos relajamos, después de brindar por otro encuentro futuro, que nos habrá de llevar al mismo sitio, un poco más viejos y cansados, más llenos de bollos, por dentro y por fuera. Esa será la señal de que hemos vivido, porque las heridas sólo se tienen si se lucha, si te arriesgas a perder, porque sólo así, se puede ganar. Claro que duele, pero todo sana, y antes o después, se encuentra la felicidad, a no ser que decidas no buscarla, pero entonces todo habrá sido en balde y pasarás por aquí preguntándote, que cojones pinto yo. Sencillo, VIVIR. No sé si rendirse es una opción pero por ahora no la quiero. Seguiré buscando en el cielo estrellas fugaces y me seguiré llenando de abolladuras, así al morir, nadie podrá decir, que no viví…