Hablaban sin decir nada. Un código morse indescifrable, vacío de sentido y sentimiento. Vueltas y más vueltas a los significados para no significar nada. Mandaron el contenido a paseo a la vez que disfrazaban las palabras de importancia para conseguir hacer creer que de verdad sentían lo que decían. Y sin acabar de decír nada, secaron sus bocas de tanto hablar, charlas interminables, que acaban como empezaban, aburridas y tediosas. Movían sus labios, dejando escapar lo indispendable para ocultar lo importante. Porque tras cada palabra pronunciada, se escondía la que de verdad querían decir pero jamás se descubrió. Y tras la ambigüedad de sus palabras, la certeza de sus gestos. Aquellos que dieron verdadero sentido, a las palabras que se dijeron, pero sobretodo, a las que nunca pronunciaron…