Ha marcado el tiempo su paso en nuestro rostro y nuestros cuerpos. Arrugas que tiñen de vejez una caras, que hasta anteayer, eran tersas y jóvenes; achaques y pequeños dolores, que aparecen cuando menos te esperas y donde menos lo imaginas. Es el precio de cumplir años y de seguir vivos. Ahora construimos relatos más sólidos para convencernos de que estamos bien, excusas estudiadas que tratan de hacernos parecer más jóvenes de lo que somos. Y es que lo que somos, tiene poco que ver con lo que fuimos, aunque sin aquellos mimbres, no existiría esta cesta. El tiempo erosiona, puliendo cuánto toca, madurando todo allí por donde pasa, evolucionando lo que rodea, transformando el pasado endeble, en presente constante. Aquellos que fuimos, jamás regresan, eternos rezagados, y quedan quienes somos, fugaces y efímeros, antes de cruzar el futuro. Si miras atrás, te verás, tan diferente y tan tú a la vez. Hemos corregido nuestros errores, no todos, pero sí, la gran mayoría. Ahora que soy más parecido a lo que siempre quise ser, trato de entender lo que fui, para dejar de inventarme. Fuimos y somos, pero lo más importante, es saber, quiénes seremos…