Tres

Escala el sol lentamente hacía las alturas, trepando sobre los tejados, los árboles o el asfalto, pintando todo de luz, mientras la mañana se derrama sobre este nuevo día, y mientras avanzamos dirección costa, recuerdo lo de anoche. Podría parecer otra noche más, sexo cualquiera, pero contigo nunca lo es. Continuamos dónde lo dejamos la noche anterior, justo ahí, cuando la secretaria fue abordada por su jefe y sobre la mesa, había más que papeles desordenados. Mientras, nosotros a lo nuestro. Antes, habíamos hablado de posibles candidatas, unas con cara de ganas, otras de cuerpos mejorados, o de miradas que asesinan. Todas buenas opciones, si ellas quisieran. Porque si ellas quisieran…

Podríamos esposarlas, o amarrarlas con el arnés, para nada malo, por si leen esto. Las dejaríamos mirar, si sólo quisieran mirar, pero quien quiere solo mirar? Podrían jugar, a lo que quisieran, hasta dónde quisieran, sin pedir permiso, o si, depende del morbo. Y es que la excitación es proporcional al morbo infringido porque son inescrutables los caminos del morbo. Tal vez alguien sueñe con lluvias doradas que terminen en eyaculaciones y ganas de volver a empezar. Quizás otras deseen comer, lamer, morder y arañar, mientras les comen, les lamen, les muerden y arañan, terminando como todo acaba, vaciando su deseo para volver a empezar de nuevo. Habrá miradas lascivas, bocas deseosas, manos traviesas y caricias furtivas, roces obscenos, besos húmedos, y tocamientos consentidos. Una batería de sexo compartido para conseguir nuestros sueños y cumplir los deseos de los tres…

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Justo cuando el mundo apriete

12 años ya y otro año más sin ti. Al final van a llevar razón cuando dicen que el tiempo lo cura todo, incluso la culpabilidad y el odio. Es un pesado equipaje, del que es mejor irse deshaciendo. Pero es complicado hacerlo de golpe, porque la maleta no suele coger por la ventana cuando quieres lazarla, ni puedes abandonarla en cualquier rincón porque acabas tropezando con ella. Así que lo mejor es tirar poco a poco el peso que llevaba. Año tras año, digiriendo, comprendiendo y perdonando, deshaciéndome de la maldita carga antes de que acabara conmigo. Y llegado este punto, después de los suspensivos dejados atrás, tras tantas lágrimas y dolor, afloran sonrisas al pensar en ti, recuerdos envueltos en belleza por el padre que fuiste, el de la música, el de la lectura, el de la escritura, el de los viajes. Dejo atrás el retrato difuminado de la marioneta sin control en que te convertiste, los dardos envenenados y las palabras dañinas que nos lanzamos cuando no entendíamos nada. Era complicado, nosotros intentándolo y tú no, cuando eras tú el que tenías que hacerlo, y a pesar de todo, y aunque no lo pareciera, te quería, como te quiero ahora. Ha llegado Mario, ampliando la familia, sumando y uniendo. Cinco nietos para el abuelo y una historia que contar. Procuraré que sea lo más justa y bonita. Y ahora puedes descansar tranquilo porque justo cuando el mundo apriete, estaremos ahí, unidos, para cuidar que no nos pase nada, y decirnos los unos a los otros, “puedes agarrarte a mi”.

PD: A ti papá, otro año más. Ya me encargo de que ni tu recuerdo ni la familia, desaparezca.

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Reecuentros y recuerdos en comunión

Llegó mayo disfrazado de agosto, blandiendo una calor que no es suya y asfixiándonos cuando aun no estábamos preparados para ella. Por eso, a pesar de no ser todavía 40, dejamos el sayo en casa, nos enfundamos nuestras mejores galas y acudimos en peregrinación a la Iglesia a esperar a que el marinero huyera de ella, y poder felicitarlo por su recién comunión. Enhorabuenas envueltas en calima y besos calurosos para Marco y la familia, y reencuentros cargados de vergüenza e inseguridad antes de partir, buscando un lugar más fresco.
Bienvenidas de cerveza y vino, y bandejas que pesaban menos conforme hacían su ronda. Un festín de besos, abrazos, charlas y presentaciones. Viejas amistades unidas por una celebración, y todos dispuestos a pasarlo bien a pesar del tiempo. Fotos para el recuerdo, y recuerdos que revivíamos, ahora sin miedo. Vidas pasadas, de unos y de otros. Pasado y presente conviviendo juntos aquel día. El futuro, ya se verá. Lo que fuimos y lo que somos. Quiénes fuimos y quiénes somos. No sé si mejores (espero que si), pero más maduros (eso seguro), y sonrisas, muchas sonrisas, seguros de que la vida nos ha tratado bien, y que la felicidad que desprendemos, es la que merecemos. La música nos acompañó, refrescada por el hielo que jamás faltó en nuestros vasos, y entre confesiones inconfesables y largas conversaciones, pasó el tiempo, apenas sin darnos cuenta. Para entonces, la noche había difuminado la calima, ahogado la calor, y tuvimos que abandonar aquel lugar, con más ganas que fuerzas. Fue otro día inolvidable, en el que estuvimos los que debíamos, a pesar de las ausencias, y la felicidad de sus mujeres fueron el mejor homenaje que le podían dar. Porque él, al igual que esta comunión, no merecía menos.

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El contorno de tu tristeza

Ahora que todo terminó, no haces más que revivirla, sabiendo como sabes, que no va a regresar. Acabó el sufrimiento, la agonía, y la edad la cogió fuerte de la mano, y se la llevó con ella. Como todo en esta vida, la fortaleza es un don que sucumbe con el tiempo, que erosiona, deteriora y cansa al más valiente y fuerte de los humanos, triste e irremediablemente. La tristeza que te embarga, no deja de lanzarte preguntas, malditos porqués. Te gustaría cambiar lo ocurrido, retroceder en el tiempo y sobre todo, encontrar unas respuestas que se esconden y huyen de ti. Y en el fondo, las tienes todas, pero ninguna calmará tu dolor, porque los vacíos, las ausencias que dejan las personas que queremos, jamás se vuelven a rellenar. Hay que aprender a vivir con ellas, y tratar de superarlas, porque la vida no se detiene, ni por ti, ni por mi, ni por los que se fueron. Vivieron su momento, lo que debían, y dejaron su legado, maravilloso e imborrable, y la mejor forma de honrarlos, es vivir como ellos lo hicieron. Hacer que se sientan orgullosos de lo que crearon, y sobre todo, recordarlos, con alegría, con una sonrisa, sabiendo que su vida aquí dio sus frutos, y que nosotros continuaremos su legado. Se que es duro, sé que lo sabes, porque yo también perdí, pero ahora debes ser tan fuerte como ella y vivir, porque los demás siguen aquí, y no quieren verte sufrir. Ojalá estas palabras ayuden y te hagan olvidar poco a poco, el contorno de tu tristeza…

PD: Para Ana. Nada dura eternamente, ni siquiera la tristeza. Espero verte sonreir de nuevo muy pronto.

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Para cambiar el mundo

Escalón tras escalón, fuimos descendiendo hasta llegar al cielo. No fuimos los últimos, pero casi, y sobre el escenario, Shinova, la estrella que todos querían ver. Arrancaron con la batería, retumbando en aquel teatro subterráneo, limpia, potente, solitaria, esperando guitarras, bajo y sobre todo, voz. Los gritos emergieron de nuestras gargantas cuando todo estalló al unísono. Las ganas se mezclaron con los saltos, los abrazos y la emoción. “La buena suerte” fue el eje central del concierto, que supieron llevar con maestría, arrancando de cada uno de nosotros sus letras, que sonaban como oraciones en aquel santuario, aunque alrededor las canciones que componían su últimos trabajo, hicieron brotar temas de sus anteriores discos, encajándolos todos, en un hilo conductor que contaba una historia. Y es en esa historia, dónde los que estuvimos allí, nos vemos reflejados. Por eso sus temas erizan la piel, por eso sus letras tocan el alma, por eso sus canciones, no se olvidan jamás. Sus estribillos se cantan al oído y se susurran a voces. Por eso su sonido te embauca, y te hace seguirlo, como al flautista de Hamelin. A todos nos faltó un tema por escuchar, cada uno el suyo, por eso aún nos deben una canción, pero no había tiempo para todas, y a pesar de todo, aquella fue otra noche mágica, de las de antes, de las de siempre. Salimos felices, radiantes en plena noche, insaciables de música, pero convencidos, de que tal vez conciertos como estos, sean la razón que nos hace falta, “para cambiar el mundo”.

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Exoplaneta

Volaba la cerveza libre de su vaso buscando cuerpos donde derramarse, mientras yo volaba de regreso de Barcelona, con la mochila repleta de ganas e impaciencia. Volvió en sí la cobertura que perdí en los cielos, trayendo consigo todos los mensajes y vídeos de golpe. Escenas y sonidos de una fiesta que no me esperó, pero a la que me sumé igualmente entre abrazos y besos. Volví a sentir el calor de la amistad, del amor. El regreso a todo lo que fue no hace tanto. A cantar juntos, a saltar juntos, a beber juntos. Litros de felicidad y chupitos de sonrisas, mientras el escenario atronaba de nuevo sin mascarillas, por fin. La música devuelta a la vida, atravesándonos, recargándonos, haciéndonos sentir felices otra vez más. Así llegamos hasta la Casa Azul, y todo reventó. Amigos de una y otra parte, incluido Sergio, ese Indie en Granada que vive en Barcelona, bailando todos, dejándonos las gargantas, porque era “El momento”, y mientras nos contaban el “Final del amor eterno”, descubrimos que “Podría ser peor” sino fuera por “La revolución sexual”. Hubo más, mucho más, entre un espectáculo de luces, buen sonido y una pantalla gigante que vistió de imágenes las letras de sus canciones convirtiendo su concierto en un verdadero espectáculo. Acabamos volando, por mucho que nos dijeran, que “Nunca nadie pudo volar”. Y aun faltaba lo mejor…

Despertó el sábado sin dormir para algunos y empezamos como buenos granaínos, entre cerveza y tapas, para reponer fuerzas y encarar el segundo asalto de este Órbita. Arrancamos con Delaporte, a pesar de los problemas técnicos, y ni el sol ni la calor nos impidió volver a saltar y cantar. Los vasos nunca estuvieron vacíos ni nuestras ganas agotadas, y volvimos a juntarnos los amigos, sellando día a día nuestra unión. Quizás no se entienda lo que digo sino tienes amigos como los que tengo. Y llegó la hora de que Bogotá ardiera. Arrancaron como los grandes en el escenario pequeño, y su voz atronó entre aquellas paredes, transportándonos a su propio “Exoplaneta” y nos apartó del mundo por un rato. No, no era la nueva Cartagena, pero se sintieron como en casa. Guitarras para dar potencia a su música y muy buena batería para no perder el ritmo. Nos sabíamos las canciones al dedillo y supieron llevarnos «A lo oscuro» por el lado de la locura desde el principio hasta el final. “Milennial” para mi hijo, como no podía ser de otro modo, “Dangerous” para mí, “Quiero casarme contigo” para Amanda. Canciones para todos con mucha “Virtud y castigo”, con la que les obligamos a retomar el estribillo. Arde Bogotá, lo mejor de este Órbita sin duda. Cerraron con su reflexión, esa que todos sabemos: “Te van a hacer cambiar el tiempo y la actitud”. O por lo menos, lo intentaran, porque por mucho que deambules y divagues, siempre volverás al mismo sitio, como nosotros volveremos a nuestros exoplanetas, a nuestros festivales y conciertos.

PD: A mis amigos, de ahora y de siempre. Hemos vuelto para no volver a irnos. Os quiero, siempre.

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Cíclico

Ahora sí que me había encontrado. Eso creías por enésima vez, y por enésima vez más una, te habías vuelto a equivocar.  Volviste a levantarte enmarañado en tus dudas. Esas dudas que aparecen pegadas a uno, como las legañas a los ojos, impidiendo ver bien hasta que no te lavas la cara. Despiertas y piensas en la pereza de los días, en el cansancio que acumulas por las obligaciones, por tener que aguantar lo que no quieres aguantar y no sabes porque lo aguantas. Por tener que madrugar más de lo que te gustaría, y es que no te gusta nada. Por las voces del vecino. Por las malas noticias del noticiario. En resumen, porque no terminas de ser feliz. Ni terminas, ni empiezas. Entonces piensas que necesitas un descanso, evadirte unos días y encontrar lejos y fuera, las respuestas que buscas. Imaginas entonces una escapada, tal vez un retiro, comida china para cenar y libros de autoayuda. Pero los días siguen enmarañados, como tus pensamientos. Quieres y no puedes. En realidad si puedes, pero no quieres. Y entras de nuevo en la rueda que nunca deja de girar. Vuelves a encontrarte donde estabas, pensando en la pereza de los días, cansado por las obligaciones, y aguantando lo que no quieres aguantar. Vuelves a darte cuenta de que sigues sin encontrarte, cuando pensabas que lo habías hecho, y sigues sin ser feliz. Toda la vida buscando y sigues sin encontrar. Pero como todo es cíclico, seguirás intentándolo, porque tus dudas siguen enmarañadas, tu cansancio aumenta…

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Lejos

Quedaba la distancia tan lejana, que tuvimos que hacerla en avión. Viajes de ida y vuelta, al comenzar y terminar la semana, aunque a estas alturas, ya no tengo claro cuál es cuál. Porque entre tanto kilómetro pierde uno la noción de cuando voy o cuando vengo. Bordeamos la costa, iluminada de noche, mostrando su contorno, desnudo, sin vergüenza, cómo la bailarina que seduce pero no se deja tocar. Casi invisible de día. Casi, porque si te fijas bien, podrás ver la misma silueta, pero esta vez sin artificios que enmascaren la sensual belleza de la tierra que plasman los mapas. Una tierra que se hace pequeña bajo la altitud de nuestro vuelo, que avanza suspendido en el cielo, colgado del aire que lo transporta de Granada y Barcelona y viceversa. Aviones cargados de pasajeros e historias. Trabajo, placer, o ambas cosas a la vez, todas incluidas en la ambigüedad de los vuelos que surcan el cielo. Y el cielo, infinito hacia arriba, frontera con el horizonte hacia abajo. Y cuánto más bajo, menos infinito. Llegamos a nuestro destino, aquí o allá, depende del día, pero allí, aún estando cómodo, no es aquí, y las cosas no huelen igual, no saben igual, no me siento igual. El viento no suena del mismo modo, el frío no hiela igual, por muy Pirineo que sea, ni tan siquiera la lluvia moja del mismo modo. No, Figueras no es Granada, y aquello queda tan lejos…

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Des(humanizados)

Llegó la evolución para mejorar la razas, y entre ellas, la humana. Nos atropelló el progreso, y subimos de nivel a pasos agigantados, dejando atrás a los demás animales y nos hicimos los dueños del mundo. Creímos que el progreso nos haría mejores, o por lo menos, de eso se trataba. Pero los años, y ese mismo paso del tiempo que nos hizo mejorar, trae consigo retrocesos. En un tiempo en el que estamos más conectados que nunca, nos comunicamos menos. La relaciones interpersonales, han quedado relevadas a un segundo plano. Nos cuesta mantener una conversación cara a cara, mirando a los ojos, y preferimos un móvil para hablar. Audios que surcan el aire cuando podríamos tomar un café juntos y sentir cerca nuestras presencias. La gente nos molesta, las personas nos estorban, y  preferimos tener mascotas para suplir las carencias afectivas que nos producen esta desconexión humana. Hemos retrocedido tanto en nuestra evolución, que nos preocupamos más de perros y gatos, que del vecino. Ahora duermen en nuestras camas, se tumban en nuestro sofá, y los cuidamos como a nuestros hijos. Les damos el papel de humanos, mientras deshumanizamos a la personas. Les damos todas las atenciones. Todas las que no damos a la gente que nos rodean. No, no es que no me gusten los animales, pero me gustan y me preocupan más las personas. Ahora que un estudio revela que en los hogares españoles se tienen más mascotas que hijos, quizás sería el momento de hacernos reflexionar, si de verdad hemos evolucionado…

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La caja de zapatos

No me dan miedo las alturas. Por eso subí seguro a la escalera para limpiar los altillos del armario y las cajas que reposan sobre él. La capa de polvo que descansaba sobre ellas, no era proporcional al tiempo que llevaba sin limpiarlas, porque no hacía tanto que la había limpiado, creo… Tal vez lo proporcional es el olvido y las pocas ganas de hacer algunas cosas. Y entre polvo, alturas y olvido, la encontré. Una caja de zapatos, sin zapatos. No recuerdo cuándo la puse ahí, pero estaba, con mi diario por bandera, aquel que comencé a escribir cuando la madurez parecía que jamás llegaría. Nombres de chicas por doquier asaltando mis días. Ya era un enamoradizo sin remedio. Los días contados por mi puño y letra para que no se perdieran, quizás el germen de lo que hago ahora, tal vez por entonces con menos idea pero con la misma pasión. Y junto al diario, cartas, de las de sobre y sello, de aquellas que esperábamos con impaciencia, que leíamos, y olíamos, porque olían a la colonia que poníamos junto a las palabras. Cartas lejanas, o cercanas, de novias y amigas. Confesiones de noches sin dormir, junto a postales y fotos. Declaraciones de amor escondidas bajo la máscara de la amistad y amores confesos de novias que dejaron se serlo. La vida y los recuerdos de un adolescente que alcanzó aquella madurez que veía tan lejana. Y todo guardado en esa caja de zapatos. Que poco ocupa la vida…

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