Los resucitados

Todo comienza con la Luna, la primera Luna llena de primavera. Tras ella, una cuenta atrás que acabará en estruendo. Estruendo de rabia contenida durante tantos años, por lo que deseábamos hacer y lo que nos permitían. Pero este año, el Niño vuelve a las calles. Vuelve a llenar de vida la casa del mayordomo, que será refugio de todos los fieles que queremos ver a la Madre y su hijo. Vuelve a iluminarse la noche del sábado, preludio de la mañana de domingo. Bengalas  alumbrando el trayecto de vuelta, luz artificial para que no se pierda y den vida a una noche cómplice del traslado. Estallarán los castillos a su paso, entre vítores y lágrimas, y romperán a llorar los corazones después de tanto tiempo esperando ese momento. Arderá de nuevo el traidor, siempre el mismo, siempre Judas, pero esta vez deseoso de hacerlo, porque hasta para él, este tiempo ha sido largo. Amanecerá sin remedio, y sin lluvia;  con ganas, con pañuelos, con petardos entre las manos. Repicaran las campanas, resonaran los gritos, estallará el suelo y salpicaran los chinos. Reventaremos de ilusión hasta el último de los petardos entre sonrisas y lágrimas, mientras el Niño y su madre, vuelven a reverenciarse. Porque a pesar del tiempo, no hemos olvidado la tradición. Al contrario, ha crecido en nosotros cómo una llama incesante, esperando el momento de volver a prenderla, acumulando toda la pasión y condensándola en este próximo Domingo. Ya resuenan a los lejos la ilusión de todos los que hemos estado callados este tiempo, y que ahora podemos volver a la vida, como hace nuestro Niño, año tras año…

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No hemos aprendido nada

Vamos dejando atrás una pandemia que nos obligó a cambiar nuestra forma de vida, por un tiempo, porque pasada ella, olvidadas todas aquellas cosas que dijimos que íbamos a hacer y que ya no haremos. El mundo se desangra, herido por nuestros abusos y pocos cuidados. El mundo se apaga, por nuestro elevado consumo de energía, chupando recursos como una garrapata chupa la sangre de aquellos a los que se agarra. Consumimos más alimento del que necesitamos, y desperdiciamos tirando a la basura otro tanto, que podría salvar a aquellos que no tienen. Porque esa es otra, el reparto. Unos tantos y otros tan nada. El planeta se asfixia, producto de nuestros gases, y hemos cambiado el clima, para mal, llevando lentamente, y si no ponemos remedio, al fin de este nuestro mundo. El virus nos metió miedo y nos hizo recapacitar, pero ha durado lo que el miedo tarda en desaparecer. Y sí, antes o después nos iremos con él. Seremos verdugos y víctimas de nosotros mismos, porque no sabemos cuidar lo que tenemos, no queremos cuidar lo que tenemos, y lejos de arreglar nada, nos abocamos sin remedio, a nuestra propia desaparición. No vemos más allá de nuestro presente, y mira que ya de por si es malo, menos aun queremos ver el futuro. Ese futuro que dejamos a nuestros hijos y nietos, pero nuestro egoísmo nos impide hacer nada al respecto. Ya lo arreglaran ellos, pensamos. Y mira que nos avisan. El cambio climático, guerras, volcanes, cambios económicos. Cuánto aguantaremos? A saber… Pero lo cierto es, que no hemos aprendido nada, ni aprenderemos…

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El regreso

Yacía desparramado en la cama, ajeno al tiempo, que ausente de reloj avanzaba imparable, como siempre hace; yacía ajeno al frío que al amanecer, la exigua noche exhalaba como último aliento. Bajo las sábanas de coralina dormía agarrado a mi mismo, esclavo de mis sueños e inerte de conciencia, olvidando distinguir, entre deseo y necesidad. Todo era calma, todo era descanso. No había prisas, ni siquiera por saber si las había.

El tiempo seguía su curso, y yo ajeno a él dormitaba en sueños, o soñaba mientras dormía, sigo sin tenerlo claro, pero tenía claro que el despertador aun no había sonado, y eso me daba “tiempo extra” antes de levantarme. Pero las necesidades siempre aparecen en el momento más inoportuno. Y aprietan. Hay veces que se camuflan entre sueños, colándose en nuestras mentes, en un camino directo desde la realidad. Y así disfrazadas, martillean tu mente, y tu vejiga, obligándote a levantarte cuando más a gusto estás.

Apenas entraba luz por el balcón, reflejo quebrado de un amanecer que despertaba. Mis pies inestables me llevaron al baño, arrastrando el sueño medio despierto y un cuerpo casi moribundo. Me senté, sin encender la luz, palpando todo a mi alrededor, con la seguridad del que se conoce de memoria allí donde habita. Mis ojos seguían cerrados mientras expulsaba mi necesidad. Ya casi se podían escuchar los pájaros despertar. Ya casi se podía oler el café que desayunaría, pero mientras seguía allí sentado, sólo podía pensar en como sería el regreso a la cama…

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Un fantasma

Hoy el frío duele.

Se desató lo impensable y todos las peores posibles, ocurrieron. La noche se ilumina al son de los misiles que destruyen cuanto tocan. La vida huye de todos los que quieren abandonar la ciudad que hasta ayer, era su hogar. En realidad sigue siendo su hogar, pero el miedo a morir los empuja a dejar atrás esa vida, un tesoro que tenían y que le están arrebatando sin saber porqué. Las calles llenas de escombros, son testigos de los pocos que quedan, valientes que decidieron defender lo suyo y no abandonar a pesar de todo. Escaramuzas en las esquinas en pos de la defensa de su patria, mientras un ejército sin piedad, avanza irremisiblemente. Refugios improvisados cuando rugen las alarmas avisando del próximo ataque, que cada vez es más seguido, cada vez más inhumano. Cristales hechos añicos, edificios desnudos, parques desiertos. La vida huye de tanto espanto, y en el centro de todo, la caravanas de refugiados, cabalgando entre la desesperación por mantenerse vivos y la esperanza de que todo acabe pronto para poder regresar. Los trenes van y vienen, cargados de lágrimas, del dolor de personas como tú y como yo, que hasta hace una semana, tenían una vida como la tuya y como la mía. Imperfecta, dura, pero maravillosa. Hoy no tienen nada, y viajan a la frontera de países vecinos, para poder dormir tranquilos, sólo eso, dormir tranquilos una noche. Mañana ya verán que hacer.

Hoy el frío hiere. Más aun, a la intemperie. Más todavía, lejos de casa. Peor, porque nieva. Pero ni la nieve puede borrar las huellas de la huida, ni helar unos corazones que crecieron entre el frío. Ni la nieve consigue detener los ataques, ni las muertes, ni la irracionalidad de lo que está ocurriendo.

Nieva en Kiev, mientras la ciudad se desangra. Nieva en Kiev mientras la ciudad se vacía. Nieva en Kiev, cubriéndola con un fino manto blanco, convirtiéndola en un fantasma…

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El mejor regalo

Fueron cayendo las primaveras, una tras otra, y sin darnos cuenta, llegaron hasta 16. Aquel renacuajo, pequeño e indefenso, le pudo a la muerte, y mejor aún, a la enfermedad, a la que dieron por eterna y tú le pusiste un fin. Año tras año, hiciste lo imposible, posible, dejando atrás todos los problemas para no ser feliz, y demostraste a todos, como se crece madurando, como se madura con humildad, como se es humilde con la inteligencia, y como se es inteligente con tesón. Eres fuerza de voluntad en estado puro. Eres ganas de mejorar en todo. Tienes ese “hambre invisible” que hace querer más, ser más. Eres alumno y aprendiz de maestro. Eres todo aquello que deseé que serías, pero que jamás te he impuesto. Porque eres sobre todo, personalidad. Adquirida y no copiada, aunque algunas veces nos parezcamos tanto. Pero eres tú, no necesitas que nadie te diga como debes ser. Has aprendido lo que está bien y lo que está mal, conformándote con lo que hay cuando toca, pero aspirando a más siempre que se pueda. Eres tierno, cariñoso, fuerte, friki y constante. La “pequeña gran revolución” dejo de ser pequeña, ya no recuerdo cuando, pero desde el día que llegaste, pasando por estos 16 años, y hasta el día que yo me vaya, serás el mejor regalo que jamás me hicieron…
PD: Ojalá no desaparezcan tus hoyuelos, mucho menos tu bondad. Y ojalá llegues a querer, como te queremos.
DE TUS PADRES, orgullosos del hijo que tenemos y de la persona en la que te has convertido.

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El día de los enamorados (la otra parte)

Mensaje saliente: “ven”.

Mi marido se fue pronto a trabajar. Era lunes, y como cada lunes, llegaría bien entrada la noche, por eso elegí los lunes para ser infiel. Aunque este lunes era especial, y seguro que llegaría antes para darme una sorpresa de enamorados, porque hoy era el día, y aun así, había tiempo de sobra y yo no sentía ningún remordimiento, o no más, que los de cualquier otro lunes. Lo que si sentía era ese cosquilleo que nacía en lo más profundo, provocado por el morbo de saber que no hacía lo correcto y que esto a la vez, despertaba aun más ganas en mi. Lo sé, egoísmo puro y duro. Amaba a mi marido, aunque no lo parezca, pero tenía la maldita necesidad de sentirme deseada y saciar estas ganas con otras personas que no fueran mi esposo.

Ya estaba más que excitada después de mandarle aquel mensaje. Una palabra de tres letras, tan simple, tan concisa, tan abierta a imaginar, tan desesperante, tan excitante y morbosa, que el sólo hecho, de imaginar lo que él imaginaba, arrancaba de mí, la parte más desvergonzada y sucia que latía en mi interior. Me calcé mis tacones más altos, me puse la lencería más lujuriosa y menos elegante que tenía, sintiéndome la más marrana de todas las mujeres. Me miré en el espejo. Mis pechos querían escapar de aquel sujetador, y mi culo, duro, estilizado fruto de los tacones, me hicieron sentirme bien con lo que veía, y aquel modelo tan banal, me hizo sentir una verdadera z…

Sonreí, sólo de pensar lo que le haría, lo que le dejaría hacer, y lo que no. No porque yo no quisiera, o no me gustase, porque me gustaba todo, y cuando digo todo, es todo, sino por castigarlo de alguna forma, cortando algunos de sus deseos. El morbo, siempre el morbo. Pensé en cómo me comería. Imaginé su lengua por mi clítoris, por mis labios, rebuscando el placer en cada pliegue. Ahí sería la primera vez que me correría, en su boca, preludio de todas las veces que luego vendrían. Fantaseé con su erección, en mi boca primero, aunque yo no lo dejaría correrse en ella, por el momento. Primer sufrimiento para él. Luego la imaginé entre mis pechos. Ya los habría sacado del sujetador y me los habría comido antes de meterla entre ellos. Tampoco lo dejaría terminar ahí. Barajaba tantos lugares dónde me gustaría que se terminara, pero tenía claro dónde quería realmente que lo hiciera…

Lo ataría, me ataría. Me mordería, lo arañaría, gemiríamos, gritaríamos, sudaríamos. El placer caería rendido a nuestros pies, y sucumbiríamos a nuestros deseos. Estaba mojada sólo de pensar en todo lo que nos esperaba. Mis dedos se deslizaron bajo el tanga, y noté la calor que desprendía y cómo excitada estaba. Y cuándo mis dedos estaban a punto de entrar, sonó el timbre. Había llegado el momento de dejar de imaginar…

Como había supuesto, mi marido llegó antes de tiempo. Puse cara de sorpresa, como sino lo hubiera visto venir, como si de verdad me hubiera sorprendido. Lo miré con cara de enamorada, porque realmente estoy enamorada de él, y a la vez, no dejaba de pensar en lo que había vuelto a hacer. Pobre de él si supiera la verdad…

Busqué un jarrón vacío, lo llené de agua, y metí el ramo de flores que me había regalado…

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El día de los enamorados

Mensaje entrante: “Ven”.

Sonrisa nerviosa y latidos acelerados. No estaba seguro de si podrían verse en un día como hoy, y es que los 14 de febreros, seguían siendo, además de comerciales, día del amor, estuvieras o no enamorado. Día extraordinario para hacer lo que se debería hacer a diario, y que apenas nadie hace. Mejor esforzarse un día, que 365. Total, esto es para siempre, casi siempre. Pero allí estaba el mensaje, “ven”, una llamada monosílaba al sexo que me encendió, activando mi deseo, mi imaginación y mi líbido. Imaginé que después de haber dejado a los niños en el colegio, habría vuelto a casa, despojándose del chándal y deportivas, y se habría enfundado aquel conjunto que le regalé hacía unas semanas. Corsé negro, con algunos encajes rematando algunas costuras, que realzaba sus pechos, grandes y duros, y definía aun más sus curvas, esas en las que me perdía sin remedio, cada vez que la miraba.

 Apenas quedaba media hora para poder salir, y esos 30 minutos, ya se me estaban haciendo eternos. Más aun, cuando recibí otro mensaje. Su foto, y ahí estaba, con el corsé, acompañado de aquellas medias y sus ligueros, y aupada en unos tacones que no había visto. Eran nuevos, comprados para ese día. Altos, de aguja, y con todo puesto, estaba más… apetitosa que nunca. Pareciera que el tiempo se había parado, y no llegaba el momento de ir en su busca. Un cosquilleo me atravesaba el cuerpo, preso de la impaciencia y desesperación. El deseo hacía de las suyas, y no me permitía dejar de mirar aquella foto. Iba de ella al monosílabo, en un movimiento cadente de ojos. Cuánto más miraba y leía, más me excitaba. Mi imaginación volaba, tratando de ver la película que habría de venir, imaginando cada detalle, cada embestida, cada mordisco, cada arañazo, cada gemido… rondaban por mi mente palabras sucias, insultos recurrentes, todo tipo de artimañas que alimentaban mi deseo.

Y llegó la hora. Salí con la prisa pausada del que esconde algo, y cree que lo van a descubrir. Fiché y fui en su busca. Y todo sucedió tal y como lo había imaginado. Tal vez mejor, no sabría decirlo, pero inolvidable, seguro. Acabamos, sin decirnos “te quiero”. No era el día para ello. Ella volvió a ponerse el chándal. Tenía que recoger a sus hijos y preparar la comida para su marido, y me recordó que a la vuelta, le comprara flores a mi mujer, que hoy era el día de los enamorados…

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Melacolic

Nos entretuvimos entre cervezas y charlas, y el tiempo voló a lomo de recuerdos y proyectos futuros. Pasó tan rápido que cuando nos quisimos dar cuenta, ya íbamos tarde, y cigarrillo en boca, cruzamos la calle siguiendo la brújula de la música. Sonaban ya los primeros acordes cuando traspasamos las puertas, y bajamos de planta con paso rápido, para no perdernos más. La gente ya bailaba y tarareaba sus canciones, mientras su voz , clara y concisa, embaucaba a todo aquel que la escuchaba. No había nadie que no se supiera sus letras, nadie que no bailara. Y sin pedir permiso nos unimos a todos los que allí estaban. No había canción que no mereciera ser grabada. Acordes aderezados con las palabras certeras para crear mensajes, descifrables y descriptibles, de esos que te llegan porque los entiendes, porque los sientes, aliñado todo con sonidos pegadizos, bailables, muy bailables, y potentes, nacidos de una garganta prodigiosa y envueltos en la personalidad que le infunde Sienna. Carne de su carne, creaciones de su cabeza, corazón y sentimientos. Estados de ánimo hechos canciones. Y fue corto, muy corto, o eso nos pareció. Supongo que es lo que tienen los buenos conciertos, que te resultan insuficientes y siempre quieres más. Anoche vimos un verdadero espectáculo, Melancolic incluido, y esta vez, no pasó frío…

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Gatos

Tarde, y ya es noche cerrada. Cubro el cuello con una braga, la cabeza con un gorro, y el cuerpo con mallas y camiseta térmica. Ajusto el frontal que ha de guiar mis pasos y alumbrar mi camino, y pongo en marcha mi cronómetro. Es hora de correr.

Empiezo despacito para calentar y coger ritmo, sacudiéndome el frío a cada zancada que doy. Y como en la vida, me siento más cómodo a medida que avanzo. Recorro el parque de un extremo a otro, y voy buscando la Vega, inhóspita, solitaria y fría en invierno, transitada, concurrida y refrescante en verano. Mi respiración coge ritmo, velocidad de crucero, marcando el paso de mis zancadas, un baile entre piernas y pulmones que me han de llevar y soportar varios kilómetros. Abandono el asfalto y toco tierra. Uno, uno, dos. Uno, uno, dos. Ritmo constante, y el sonido de mis pisadas sobre la tierra del campo. A mi izquierda, la parlanchina e iluminada autovía, que me acompaña con el murmullo constate de los coches que la pisan, e ilumina algunos rincones por los que corro. A mí derecha, la silenciosa y oscura Vega. Inmensos campos que alimentan mi tranquilidad y esa paz que encuentro cuando salgo a correr. Sobre mí, un cielo inmenso, infinito, oscuro sin luna, radiante con ella, seco sin nubes, húmedo con ellas.

Transpiro, pero ni el frío convierte ya mi sudor en más frío. Mi cuerpo se calienta, exhalando un vaho que me envuelve. Una pequeña pendiente me indica que en breve habré de girar a la derecha. Y vuelta al asfalto. Un camino a la vera del río, mitad acera y mitad carretera. Abandonado desde hace mucho, la carretera es un enjambre de baches, hondonadas provocadas por los mordiscos que el agua ha ido dando al asfalto, con el paso de los años. A mi izquierda ahora queda el río, silencioso, casi seco. Sólo el escucha el triste decrepitar de un pequeño hilo de agua, que sobrevive a duras penas.

En aquella oscuridad, mi frontal es mi faro, que me descubre dos pasos antes, lo que encontraré, dos pasos después. Se mueve al son de mi cabeza, alumbrando sólo lo necesario. Me cruzo con matorrales, que esquivo sin problema, y alumbro a lo lejos, más allá de los siguientes dos pasos, y entre la oscuridad, diamantes, pares de luces inertes, que se hacen más grandes a medida que me acerco. Algunas desaparecen, otras seguirán allí cuando llegue. Son gatos, valientes felinos que retan a la noche, al frío y la soledad, quizás esperando cazar algo, tal vez espiando a todo aquel que pase por allí. O a lo mejor aguardando el momento de saludarme, pero cuando no los vea…

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Melifluo

Poca gente y muchas ganas. Varados junto a la barra, mirábamos impacientes a un escenario vacío y tan repleto a la vez. Un escenario pequeño que sobrevivió al fuego, quién lo diría, y que sigue presidiendo la Planta Baja de aquel garito. Cerveza en mano, deseábamos que comenzara el concierto, y en la espera, fotos a media luz, dónde salieron casi todos, emergiendo un arcoíris de contrastes entre otra vez más, y otra primera vez.

Cinco, de blanco todos, resaltando sobre el rojo de los focos, rojo que derivó en mil colores conforme avanzaba el espectáculo. Porque, aunque íntimo y reducido, lo que allí vimos, fue un espectáculo. Comenzaron lentos, desperezándose, despertando de buena noche, trazando a golpe de guitarra y batería , las claves de lo que quieren ser, tras lo que fueron. Sobrevivientes del naufragio, que empiezan de nuevo, tratando de alcanzar de nuevo las estrellas, desde aquí abajo. Y el nuevo proyecto suena muy bien. Sus temas tomaron forma, y mentiría si no dijera, que por momentos me recordaron a Supersubamarina, en la forma, en el sonido, hasta en la voz, aunque otras, la sombra de Nixon apareció por allí. Pero lo cierto es que tienen vida propia, sonido reconocible, que sabe a ellos, dulce, melódico pero potente. Nos regalaron temas nuevos, estrenando allí mismo lo que está por llegar, y como buen grupo, dejaron para el final toda la fuerza. Saltos, estribillos para acompañar, y las luces que seguían camuflándolos. Aplausos merecidos y ganas de más, como resumen a una gran noche.

Mientras los pocos allí reunidos se fueron marchando, a ellos les tocó recoger y empaquetar, como a toda banda que empieza. Nos pusieron la miel en los labios y nos dejaron saborearla, y mientras esperábamos para inmortalizar aquella noche, descubrimos que en las maletas dónde duermen los instrumentos, descansa un nombre que ya no olvidaremos, Melifluo…

Sábado, 15 de enero de 2022. Sala Planta Baja, Granada.

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