La primera mentira

Todos decimos la verdad, casi siempre. Es el miedo, o la inseguridad, o ambos, junto al conformismo, o el inconformismo. Vete tú a saber la verdadera razón. Quizás, no querer dañar al otro, cuando en realidad no queremos hacernos daño a nosotros mismos. Pero no se nace sabiendo mentir, se aprende con los años. Conforme crecemos y vamos dejando de lado la ingenuidad de creer que la vida es perfecta, descubrimos que para sobrevivir y vivir de manera más cómoda, es más fácil no decir la verdad, en algunas ocasiones. Porque si lo haces por defecto, si vives en la mentira constante, corres el riesgo de perder la noción de la realidad. Recuerdas la primera vez? Éramos sólo unos niños, que al llegar a la adolescencia, nos convertimos en maestros de esto que llaman mentir. Y con los años, lo incorporamos a nuestras vidas como algo natural. Ahora andamos urdiendo a diario, para hacer más creíble y real  nuestro día a día, y la de los demás, con mentiras piadosas que humanizan decentemente la estancia en nuestro mundo, y acallando nuestra conciencia, para tratar de creer nuestras propias mentiras, y ser más felices en el intento, o por lo menos, tratar de serlo. Se esconden tras ellas las decisiones que tomamos o las que no, y nos convencemos de que es lo correcto, aun sabiendo que no es así. Conciencias blanqueadas para tratar de dormir tranquilos, una noche más, intentando huir de lo que no es, para volver a una realidad en donde habite la felicidad. Nadie nos dijo jamás, lo verdad que había, tras la primera mentira…

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Las capas del olvido

Somos nuestros recuerdos, y nuestras decisiones. Ese resultado inexacto, y a veces inconexo, entre lo que deseábamos y sentíamos, y lo que al final hicimos. Porque quiénes fuimos, se parece tan poco a lo que somos, que a veces, tanta similitud entre nuestros yoes , resulta increíble. Así que atesoramos vida con el paso del tiempo, y dolores, que enterramos bajo capas de olvido, sustratos dónde escondemos lo que dejamos atrás, tratando de evitar que su recuerdo, nos remueva sentimientos que no queremos volver a sentir. Confundimos entonces muerte con olvido, cómo si aquello que ya no está, desapareciera para siempre. Aparecen entonces los fantasmas, recuerdos insertados entre tanta capa de olvido, arrancando sentimientos que creías olvidados, que digo, extinguidos, poniendo en duda la naturaleza de tus decisiones y sus consecuencias. Y brota de nuevo la duda, angustia continua por miedo a equivocarse, a no saber si lo que hiciste estuvo bien o mal. Echas de nuevo una capa más, de tierra, de olvido, de huida, para intentar dejar atrás, aquello que siempre te alcanzará…

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El hombre invisible

Amanece frío, bajo los cartones que hacen de mantas y techo a la vez. Nunca fue buen lecho el suelo helado, tal vez por eso, se quejan tanto mis huesos, que duelen cada vez más de desamparo y abandono. Otro día más en la esquina de siempre, fortín desarmado, a la vista de todos, pero que nadie ve. Pido supervivencia y comida, porque sé, que el calor y el cariño está fuera de mi alcance, pero pocos se atreven a cruzar la frontera y dejar unas monedas que acallen su conciencia. Yo era uno de ellos, antes de volverme invisible, pero la vida y sus emboscadas, me arrastró fuera, expulsándome del paraíso, como a un Adán cualquiera. No cometí pecados, creo, si acaso, los que todos podemos cometer, pero me faltó la suerte que otros tienen, y se me negó el perdón. Ahora me hayo en la calle, mi hogar, a cielo abierto, sin techo pero con suelo, buscando la forma de volver, tratando de ser uno de ellos de nuevo. Pero el frío me trae una duda: seguir siendo el hombre invisible de manos heladas, o ser como ellos, calientes y sin corazón…

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Comenzamos

Ha llegado el nuevo año adherido al frío, seña inequívoca del Invierno y de su gélida personalidad. Ansiábamos con impaciencia, y con la estúpida esperanza del iluso, que con la caída del pasado año, todo desaparecería y volvería una extrañada normalidad, que sigue sin llegar. Cenamos pendientes del reloj, para tomar las uvas y no defraudar a la tradición, y poniendo de nuevo las esperanzas en el año que estaba por llegar, y para no exceder los límites de tiempo en casas ajenas. Y como Cenicientas, debíamos regresar antes de que el toque de queda, transformara nuestro carruaje en calabaza. Así que concentramos las ganas, las ilusiones, y demás anhelos estancados, en unas cuántas horas, a la espera de que se cumpla todo. Y empezamos, igual que terminamos, recortados, impacientes, y esperanzados. Pero ya tenemos horizonte, un puerto al que llegar; ya vemos un final, una meta que alcanzar; y porque de fondo, escuchamos todo el sonido del cariño que perdimos el año anterior, besos y abrazos robados, que enmudecieron, y poco a poco, vuelven a sonar, abarcando y marcando mejillas. Empezamos, a pesar del frío, a pesar de que parezca lo mismo. Pero no lo es, nunca lo ha sido, ni vamos a permitir que lo sea. Empecemos bien, para terminar mejor…

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Los amigos que (nunca) perdí








Aún retumban en el barrio nuestras voces, girando a lomos de un trompo que mirábamos con la esperanza de que nunca se detuviera; embocábamos las ilusiones en aquellos hoyos, tras el matute, claro, abiertos con nuestras propias manos, que quedarían amarillas por siempre jamás. Siempre quisimos tener el pie más pequeño, para poder ganas las canicas de los demás. Pusimos porterías a la calle, y nadie sabrá jamás, cuántas estrellas nacieron sobre el asfalto. Mirabas por aquel entonces a través de unas gafas más grandes que tu ingenuidad, aunque fuiste perdiendo ambas, con el paso de los años. Se fue evaporando la niñez y seguíamos juntos, y tras las bicis y las locuras que hacíamos con ellas, llegaron las motos, y nuevas locuras. Llegó la pubertad y sus excesos. Menos mal que teníamos los After Eight a mano, para poder echarles la culpa. Y seguimos juntos, año tras año, retando al tiempo y sus rutinas, a la vida cambiante de los años, demostrándoles que la amistad lo puede todo cuando es verdadera. Porque a pesar de mis desapariciones, siempre has estado ahí, esperándome, cuidándome en la sombra, por si el trompo paraba, y había que volver a lanzarlo. Tal vez no fuimos los que ganamos más canicas, pero si nos llevamos las mejores, y tu amistad, es el mejor premio. Estamos casi en el ecuador, y aunque ya no haya Californias amarillas, seguimos cometiendo alguna que otra locura, continuamos viviendo, que de eso se trata, y lo más importante, juntos, como buenos hermanos…
PD: A Pablo, a ese amigo que nunca perdí. Te lo repito como tantas otras veces, Te quiero, hermanico.

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Un hogar








Abandonar tu casa, buscando un futuro mejor, no es rendirse. No cesa el mar de escupir personas, gentes que huyen de la guerra, de la pobreza, de la esclavitud, o de algún dictador bastante maduro, que esconde tras la bandera de su país, la putrefacción que desprende. Gentes que dejan atrás unas raíces, una familia, una historia, y se embarcan con lo poco que tienen, a lomos de la suerte, bajo el manto de la incertidumbre, de si sobrevivirán otro día más, y tratando de averiguar si las promesas, como los sueños, se cumplen. Unos más legales que otros, con o sin papeles, pero todos, personas que necesitan ayuda para sobrevivir. Se enredan entonces los gobiernos en discusiones estériles, tratando de medir la ayuda que deben prestar, como si esta fuera una opción. Comienzan entonces las comparaciones, entre los de aquí y los de allá, entre prestar ayuda antes a los “paisanos» que a los extranjeros, en pensar que si no tenemos para nosotros, como vamos a darles a ellos. Hay una respuesta simple para todo esto. Se ayuda a quién lo necesita. Lo demás, se llama egoísmo. Y si te da por pensar que no ayudas porque no tienes, ponte en su lugar, e intenta imaginar, porque alguien abandona su tierra, y lo deja todo atrás, poniendo en peligro su vida y la de los suyos. No es un capricho, sólo tratan de sobrevivir, y de buscar un hogar.
A todos los que ayudan en silencio. Gracias a vosotros, muchos viven.

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Dolor y miedo








Regalos de la enfermedad. Porque no son sólo tumores, quistes adheridos a cualquier parte de tu cuerpo. Esas manchas negras que asoman en tus entrañas, y que se dejan ver, cuando ya es demasiado tarde. No hay síntomas, ni avisos, tan solo silencio a traición, porque cuando asoman, es que ya están ahí. Llegan para transformar tu vida, para llenarla de incertidumbre, de miedos, de dolor. Llegan para recordar que el tiempo ahora resta más rápido, que tu final se ha acercado tanto, que te darás de bruces con él, cuando menos lo esperes. Llegan para demostrar, que el remedio suele ser peor que la enfermedad, y que de todas formas, pocos escapan de sus garras. Y aun así, hay quiénes se aferran a la vida, entre quimio y radio, vomitando sus esperanzas, mientras su cabello desaparece. Todo para conseguir, un poquito más de tiempo, un rato más de vida. Suele pasar que el ánimo decae, producto de la medicación y del miedo, y se unen el sufrimiento físico con la pena del dolor de los que te quieren, al ver como te apagas. Y es ese miedo, el que termina matando, más, que la propia enfermedad. Algunos se aferran a sus ganas de vivir, y van más allá de los límites que les dieron. Otros desaparecen antes de tiempo, porque se rindieron antes de que la lucha comenzara. Duele, sí, pero vale la pena intentar saber, que ocurrirá, otro día más…
17/11/2020 Día internacional del cáncer de pulmón.
Para que nadie se rinda.

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El secreto








Regresaste al hogar, de nuevo, otro recomienzo a la vida. Dejas atrás otro intento, y abordas un piso, ahora vacío, para ayudarlo a arrancarle la soledad de sus paredes, y a ti del alma. El silencio acompaña a la deseada tranquilidad, pero agobia si te da por pensar, confundiendo rutina con añoranza. Nadie está seguro de sus decisiones, tomadas o no, pero el tiempo te dará las respuestas. Sólo hay que tener paciencia y no tener miedo. Ahora estás entre tu gente, el sitio que te vio nacer, y aunque parezca una tontería, al abrigo de todos, las cosas se llevan mejor. Te diré que no hay secretos, que basta con ser como uno es. Ya no tenemos edad para ir escondiéndonos tras mentiras, ni nos queda tiempo para dar rodeos. El cariño, el respeto, la educación, y algunas otras cosas que ya te contaré, son el secreto que tanto buscas, nada que nadie, no sea capaz de dar. Ponerle chispa a la vida, ilusionarse, ver el futuro con esperanza, son la clave, para que vuelvas a ser feliz. Cuando te quieras dar cuenta, tendrás los besos acechando detrás del deseo en cada rincón de tu casa, y pedirás sexo a quemarropa, para luego despedir, sin un beso. Volverás a tener de todo y más, pero dale cuartelillo a la paciencia.
Bienvenida a otra nueva etapa, ahora sí, muy cerquita de los tuyos. Ellos son, el verdadero secreto…

A Inma, y a su nuevo comienzo. Bienvenida de nuevo

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«Te debo una canción»








Suenan las primeras notas y reviven los recuerdos. Es el juego de las asociaciones. Viajamos con los oídos abiertos al pasado, a un lugar, junto a una persona. Emergen sentimientos que nos transportan a lo que fue, y se eriza la piel, y nacen nudos en el estómago, atando historias conclusas y personas, ya casi olvidadas, unas, omnipresentes, otras. Siguen “errando” los Niños Mutantes, buscando ese camino perdido, que jamás encontraran. Lo mismo que “El astronauta que vio a Elvis», a la caza y captura de nuestros fallos. Resultó ser verdad, que lo más raro que tenías, era yo. Supongo que Love of Lesbian, lo vieron antes que nosotros. Y a pesar de todo, hay “Mil razones» para ser feliz. Porque El miedo no es nadie sin Luis Brea. Joder, me “me encanta esta parte». Esa parte en la que las notas embaucan, en la que la imaginación restaura y equilibra, dando por buena toda decisión tomada, aunque trate de hacerlo, jugando a las tres esquinitas contigo, acompañando con música toda una vida. No podría expresarlo mejor que lo hacen las canciones, espías silenciosos, que me clavan sus garras para recordarme con extraordinaria belleza, los adioses más sonados. Y pasarán los años, y yo, seguiré diciendo, “Te debo una canción»

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Marrón








Y llegó sin avisar, sin transición y saltándose todos los puentes. Se enfrió el sol, más por su oblicuidad que por lejanía, porque en realidad, está más cerca, y ha traído con él, aires de cambio, incluida la lluvia, que convierte el suelo en espejos, y arranca las ya débiles hojas de los árboles, cubriendo ese cristal de agua, para que no podamos romperlo. Tarea inútil, porque nuestros pasos convierten los reflejos en finitos, para una estación que tiñe de declive un estío ya extinto. Llega el turno de los días grises y ventosos, que arrastran con ellos la pesadez y su adherida tristeza, pintando melancolías en nuestros ojos, mientras tratan de buscar respuestas tardías, a decisiones consumadas. Nunca fue tan tarde como hoy. Todo se vuelve eco, envuelto en nubes constantes, que acortan nuestro cielo y amortiguan el sonido y la felicidad. Como si ser feliz no tuviera cabida en esta estación. Por eso sufren los poetas y por eso se rasgan el alma. Tratan de iluminar con palabras y de colorear con sus letras, el aburrido marrón del Otoño.

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