En el momento justo

No hubo pádel, a pesar de ir mentalizado. Pala al hombro y preparado para los golpes que habríamos de dar, pero el verdadero golpe, el de felicidad, me lo llevé yo. Usasteis el futbolín como parapeto, y asomasteis de la nada cuando entré. Mi incredulidad duró sólo unos segundos, lo que tardé en darme cuenta de la encerrona y de la sorpresa que me habíais preparado. Sonaba el “cumpleaños feliz” mientras aun no terminaba de creérmelo. Todos unidos y compinchados, para hacerme la mejor fiesta de mi vida. Abrazos, sonrisas, besos. Un aluvión de felicidad rebosando por mi cara. Entre cerveza y cerveza, el destripe de toda la fiesta. Partidas a ese futbolín que sirvió de escondite con un delantero que no se estaba quieto. Tapas para saciar el hambre, y regalos para no olvidar. Y en el culmen, una felicitación en forma de vídeos que todos enviasteis. Unos y otros, felicitando a este maduro que rejuvenece por momentos (al menos eso cree él); arrancando unas lágrimas y una emoción, que perduraran en mi corazón para siempre. Continuó todo como siempre lo hace. Chupitos y copas, música y baile. Y aunque la noche cayó y el frio nos alcanzó, aguantamos estoicos, hasta que el cansancio nos pudo. Me mecí entonces en brazos del sueño, sonrisa en boca, dando gracias a la vida, por haberme hecho nacer en ese momento, justo en ese momento, en el pude coincidir y conocer, a toda la gente que tengo a mi alrededor.

PD: Gracias por la fiesta de ayer, por los regalos, por la compañía, y sobre todo, por hacerme sentir, la persona más rica y afortunada del mundo.

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Cable a tierra

Año par y seguro que sobrevivimos, como todos los años. Queda poco para muchas cosas. Principios de los finales que llegaran en este año. Quizás olvide las “puñaladas traperas” que me dieron ya hace tanto y que aun escuecen. Lo mismo consigo desembarazarme de mi parte más rencorosa, aunque sin ella, quizás “no seré yo”. Así que le rezaré a “la Virgen de Humanidad” para que me ayude a ser un poquito mejor, doler menos a los demás y tratar hacer todo lo imposible por no apagar este “corazón de lava”, que arde y mantiene encendida mi alma. Viajaré, desde “Finisterre” hasta “el Imperio de Sol”, disfrutando de todos los momentos que me regaléis, porque quiero hacer este viaje con vosotros. Y a vosotros que os quedasteis, y a los que os fuisteis, gracias. Nadie tiene que estar, dónde no quiere estar. Por eso ahora sólo quedan, los que de verdad lo desean. Y aunque tenga poco, siempre lo compartiré, os doy mi palabra, porque “palabra es lo único que tengo”.

Dejamos atrás la imparidad, pero sólo por un año, que el siguiente vuelve sin más remedio. Quedan marcadis en “la diana”, los siguientes objetivos, planes a los que no fallaremos. Diversión a raudales, obligaciones sin remedio, y constantes ilusiones. Un año para nada aburrido, por muy par que sea. Llevaré conmigo el botiquín, ya sabes, por “si te quiebras” en algún momento y necesitas recomponerte. Ahí me tendrás, siempre “al final de la escapada”, y al principio, que coño. Que cuando empecemos juntos, acabemos juntos. Porque fuisteis, sois y seréis, mi “Cable a tierra”…

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Corazón de lava

Vestías gafas más grandes que tú, y ya caminábamos juntos. No fue sólo la niñez lo que nos unió, sino la vida que llevamos compartida. Mil historias a nuestras espaldas, unas contadas y otras que seguirán en nuestra lista de secretos hasta el final. Recuerdos con aroma de felicidad que despiertan sonrisas, momentos inolvidables que arrancan sentimientos, la mayoría buenos, aunque alguno malo se cuela, porque hemos tenido tiempo para todos. Y en todos, hemos estado juntos. Desahogos vestidos de confesiones, llamadas madrugadoras para recordarnos que siempre estamos ahí. Consejos para hacer lo que nos de la gana, aunque sabemos que siempre nos hacemos caso. En fin, la verdadera amistad.
Has sido niño, adolescente, como todos nosotros. Ahora eres padre, marido, hijo, hermano, jefe. Eres claro, sincero, duro cuando toca, e intenso, (más que yo). Pero eres sobre todo, generoso y bueno. Y a la vista está a la gente que consigues reunir cumpleaños tras cumpleaños. Ya vas por 45, y yo te sigo viendo con aquellas gafas. No has perdido las ganas de vivir, esa fortaleza que consigue que las noches interminables no te derroten, que el sueño no te venza, y que alargues los días como nadie lo hace. Arde en tu interior un alma de fiesta y un corazón de lava que prende todo cuánto toca, llenando de felicidad a los que estamos cerca de ti. Puedes sentirte orgulloso de lo que has conseguido, aunque el verdadero orgullo, es tenerte a nuestro lado.
Felicidades, hermanico.
Por toda una vida juntos.

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Para toda la vida

Es la hora perfecta para hablar de amigos, y enemigos, porqué no.

Cuando niños, tal vez era el sentimiento más fuerte que teníamos hacía alguien, (la amistad) después de la familia, claro. Incluso lo anteponemos a esa familia, en ciertos momentos de euforia amiguil llegados a la pubertad. El refugio que fueron nuestros padres, lo cambiamos por los amigos, que se convierten entonces en confidentes y compinches. Todo el tiempo es poco para estar con ellos y creemos que esa amistad, será eterna. Pasan los años, crecemos y muchos de esos amigos, se van quedando en el camino. Desaparecen como nuestra juventud, manteniéndose a nuestro lado sólo unos pocos. Nos damos cuenta de nuevo con la madurez, del verdadero valor de la familia. Serán ellos los que siempre estarán ahí, junto a esos pocos amigos que aguantaron la embestidas del tiempo y sus problemas. Aparecerán nuevas personas en nuestro camino, conocidos con los que relacionarnos, pero muy pocos nos calaran. Para eso se necesita preocupación mutua, y no está la gente por preocuparse por los demás, mucho menos dar, y aún menos, estar.

Ha pasado por mi vida mucha gente. De todas las formas, de diferente calaña. Con la boca llena de promesas, mentiras a la larga; de grandes sonrisas y grandes discursos, escudos donde se escondían; seres cambiantes y amoldables con tal de conseguir su felicidad a costa de los demás, mentirosos y manipuladores. Todos quedaron atrás. Amores pasados, compañeros de trabajo y amigos finitos. Quizás fui yo el que defraudó. Quien sabe…

 Fuera como fuera, lo cierto es que ahora sólo quedan los de siempre, los que estuvieron y los que estarán para toda la vida.

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Los chicos del Jager

Así fue, mejor de lo que habíamos imaginado, a pesar del frío, que quiso helar el festival pero que no lo consiguió. Gorros, guantes, plumones y Jager, mucho Jager, para calentarnos, e ilusión y todas las ganas del mundo para divertirnos y disfrutar de un Granada Sound que llegó con un año de retraso. No hubo tregua. Desde el primero al último, cabalgamos de escenario a escenario, viendo a los artistas que se vaciaron y quisieron dejar su huella después de tanto tiempo. Empezamos con luz, de tarde, con Sienna y Siloé, los más pequeños de la clase aunque pronto crecerán, porque tienen la clase y “El poder” para hacerlo. La potencia de unos artistas al servicio de los pocos que abrimos el festival. Con el atardecer y la caída del sol, emergieron Full, entre piernas cruzadas, faltas de equilibrio y sonrisas infinitas, felicidad en estado puro, que nos recordaron “Quiénes somos realmente” y la suerte que tenemos de tenernos a nuestro lado. Nos atrapó la noche heladora y en la oscuridad brillaron “Viva Suecia”, ayudándonos a entender, que gracias a momentos como esos, “Hemos ganado tiempo”, mientras Shinova dejaba libre de nuevo al “Mirlo blanco”, batiendo sus alas y llevándose con ellas todos nuestros miedos. La habitación roja, Xoel López, Veintiuno y su “Dopamina” para darnos algo de fuerza antes de los más grandes, que comenzaron y acabaron con nuestros “Días raros”, un círculo perfecto en el que encajaron sus himnos de siempre, junto a las canciones que compondrán su nuevo disco. Mientras nosotros, amalgama de sentimientos y emoción, de saltos y gritos, de disfrute y alguna que otra lágrima, nos volvimos a sentir como antes, libres de mascarillas y de miedos, seguros de tenernos al lado, y deseosos de volver a pisar unos conciertos y festivales, que tanto hemos echado de menos…

PD: Para vosotros, que siempre estáis. A los de siempre y a los nuevos.

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Cielos y estrellas

La vuelta a casa, cada tarde, rutina semanal como la rueda que no deja de girar. Un viaje de regreso con los bolsillos llenos de cansancio. Música de fondo y a través de la luna del coche, el cielo. Llevaba varios días escondido tras las nubes. Nubes negras, espesas, amenazadoras, egoístas tratando de tapar al sol que al caer cada tarde, luchaba por lanzar sus últimos rayos antes de sucumbir ante la noche. Nubes donde los rayos y truenos seguían con su eterna lucha, de quién es más rápido, dejando por el camino, un reguero de luz y sonido, que iluminaba el cielo a mi paso. Se escondía el frio tras ellas, dejándose ver cuando decidieron irse.

Luce ahora el cielo limpio, cristalino, helado. Nos observa sin pudor, avisándonos de lo que nos espera estos días. Será receptor de nuestros gritos, mientras bailamos sin cesar. Será casi invierno este año, el Granada Sound, pero haremos vibrar hasta las estrellas. El cielo sonará a frio y el ambiente olerá a música, mientras el firmamento mirará con envidia, las estrellas que allí sonarán…

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La espera

Lunes. Otro más. El kárate de mi hijo, y su ilusión por venir y no faltar, me hacen traerlo. Un barrio de la capital no muy alejado de nuestro pueblo, pero tan diferente a lo que vivimos a diario. Entra al gimnasio durante una hora, y esa hora, es mi momento de relax.

 A veces lo ocupo saliendo a correr. Entonces me acoge la Vega. La surco enfundado en zapatillas, observando la tierra aún sin edificar, sintiendo el viento en mi cara, que se lleva el estrés, el cansancio, y a veces, hasta los pensamientos. Los sentimientos ya es más complicado arrancarlos con aire, por eso van conmigo allá donde vaya.

 Otras veces, me siento en un bar, libro en mano, tomando un café a la vez que tejo la historia que leo, sacando ideas para mis propios escritos, y simplemente, maravillándome con el relato que se despliega ante mi. No es raro que no baste un solo café, igual que no es suficiente esa hora, para terminar de leer.

Y otras me siento en el coche, cerca del parque, viendo pasar a la gente e intentando imaginar sus vidas. Los escucho hablar, pasear, patinar, jugar con sus perros, o simplemente sentarse en los bancos a relajarse como yo hago. Ellos no tienen hijos en el kárate, o sí, vete tú a saber. Porque aun no he conseguido averiguar nada de sus vidas y ya ha pasado media hora de esta espera…

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Y ocurrió así…

No era un concierto más. Traía consigo el regreso de muchas cosas. La casi normalidad, los aforos completos, escuchar música de pie, las ganas de saltar, de volver a vibrar, de desenfrenar las ganas, y como no, volver a verlos después de la última vez, que por caprichos del destino, fue justo aquí mismo, en La Industrial Copera, hace más de año y medio. Con León Benavente nos confinaron y con León Benavente, regresamos. Por eso no era un concierto más, ni lo fue.

Bajo la atenta mirada del reloj parado aquel día, arrancaron con Cuatro Monos, carta de presentación de ellos mismos y declaración de intenciones de lo que había por venir. Ritmo lento-medio para abrir boca, arropado por la guitarra casi punk y una batería sosteniendo todo el espectáculo. Repasaron casi al completo su último trabajo, y casi nos volvimos locos, intercalando temas de sus anteriores trabajos, encajando todo, con certera maestría. No eran canciones sueltas elegidas al azar, fue una historia narrada entre canciones que todos conocíamos, y que tarareamos animados por una banda que creó un espectáculo de luces y sonido, dónde primaron los sentimientos de aquellos que tocaron y los que tuvimos la suerte de verlos. Una comunión perfecta con un denominador común: las ganas.

Sobre el escenario, Abraham lo dio todo. Con sus poses calculadas y su característica voz cantó, narró y recitó, las letras de unas canciones, a las que arrancó todo su significado. “Mano de santo”, “Gloria”, “La piedra que flota” “Niño futuro”… un recorrido que fue in crescendo, culminando con “Ser brigada”, himno, y salto y seña de la banda y sus seguidores. Aquello fue un homenaje a la música y sus artistas. Y aunque el reloj siguió parado, nuestro corazón, volvió a latir…

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Cuatro monos

Era inevitable.

Regresar al pasado en el presente y retomar la vida, tal y como la conocimos. Cruzar la frontera de los confinamientos y abrazar la calle y sus gentes. Volver a cantar porque sí, sin más pretensiones que agradecer a la vida que aún nos tenga entre sus brazos, que no es poco, y disfrutar del sonido en directo, de manos de sus creadores. Por eso, era inevitable que volvieran los conciertos y festivales a tomar las ciudades, a fusionar música, luces e ilusiones, en un momento fugaz, en una actuación inolvidable, en una felicidad indescriptible.

Y era inevitable, que empezáramos dónde acabamos. Mismo sitio, mismo concierto, casi la misma gente. Con León Benavente nos encerraron, y con ellos, volvemos a la libertad. Cambiamos sábado por viernes esta vez, pero haremos el mismo recorrido: Camping y Copera. Volveremos a ver a estos Cuatro Monos “que saben rugir”, alentando a sus fieles para que no dejen de saltar. No habrá lugar para el recuerdo, mientras coreamos sus letras, menos aún para la tristeza, y entre cerveza y cerveza, volveremos a sentir la fortuna de estar allí, acompañados de nosotros. Y ahora que pasamos lo que pasamos, estos, algo más de cuatro monos, están dispuestos a disfrutar de la vida como se merece. Por si las moscas…

PD: No hubo silencio que acallara la música, ni confinamiento que apagara nuestras ganas. Tan sólo fue un inciso, un descanso obligado del que hemos sacado partido. Volvamos a disfrutar como merecemos.

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Es(tuvimos) allí

Pasado un año, volvimos a repetir. Se sumaron aquellos que no pudieron la primera vez, haciendo más grande al grupo, uniendo con más costuras un Cúllar Vega Sound, que ha crecido con el paso del tiempo. Una idea, que quien sabe si no pasará a la historia en un futuro, transformándose en un sueño.

Cerraron los ojos las ventanas, oscureciendo una sala para que todo se viera mejor. Flotaba la música entre luces y sombras, un arcoíris de sonido al que nos subimos para no dejar de bailar hasta que no pudimos más. Por medio, risas, abrazos, felicidad; todo aquello que se presumía y que ocurrió tal y como lo habíamos planeado. Fotos de todos con todos, dejando la huella del recuerdo, para que no se pierda por el camino. Amistad en estado puro. Lazos que no dejan de estrecharse y que ojalá nunca se rompan. Y aunque el telón cayó antes de tiempo para algunos, puedo decir con orgullo, que yo también estuve allí…

PD: Gracias a todos por un día inolvidable. Queda un día menos, para el siguiente…

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