Aminoramos la marcha sin detenernos para disfrutar de la brisa que se colaba entre aquel bosque de dunas. Infinitos granos de arena acumulados en montañas que emigraban a lomos del viento, posándose en cualquier lado formando pequeñas montañas. Arena en continuo movimiento, tan volátil, que hasta el recuerdo de las huellas, se olvida enseguida. Piedras hechas añicos, trituradas y tostadas al sol, transformando el suelo, en una alfombra infinita donde jamás nacerá la vida. Residencia de la calor, que expulsa sin reparo, a todo aquel que quiere vivir allí. Altas temperaturas que piden a gritos un agua que ellas mismas evaporan y que tan solo existe en oasis imaginados, sueños de necesidad que jamás se harán realidad. La soledad del infinito, caminando entre lenguas de arena, y calores extremos, que busca refrescarse en un mar tan deseado, como la calor en el polo…